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La tradición política española y una pretendida creación británica Mundo Español  06/37 p. 16-25

“Si la mala fe y el egoísmo cediesen una mitad y la ignorancia otra mitad, en el mundo no habría conflictos ni desinteligencias. Reinarían sobre los hombres la Equidad y la Cultura expulsadas decisivamente hoy de la ciudad de los gobernantes”. Aristóteles.

1. Coronación del rey británico
            Gran Bretaña ha estado de fiesta. Un nuevo rey ha subido al trono. Dos hombres representativos de una política partidarista muerta y de una iglesia sin ambiente –Mr. Baldwin y el arzobispo de Canter Bury- echaron al rey Eduardo, bajo pretexto de que iba a casarse con una divorciada. En un país donde el divorcio es ley del reino y la iglesia fue engendrada para legitimar y defender los divorcios, en los días crasos y sebosos de Enrique Vlll.  Y, el rey Eduardo odiado, porque asustaban a los partidos sus ideas democrático-sociales y a la iglesia episcopal  su escepticismo sobre ella, un nuevo rey ha sido automáticamente proclamado.
            Jorge Vl es el polo opuesto de Eduardo, su hermano. Por tanto, es el ideal que deseaban los partidos y la iglesia. Es dócil. No tiene carácter. Tartamudea. Obedece.
            Pero el pueblo británico, al cual han escamoteado el que era un notable rey, tenía que prescindir de la persona y mirar la institución y se ha entregado lógicamente a los más altos entusiasmos. Los jueces se han colocado su dramática peluca. Los nobles –llegan a 5.000 los nobles ingleses- se han calado sus medias de seda de seiscientos años atrás y sus gorros de fantasía, con plumas de avestruz y lazos de varios colores. Las señoras –que han acaparado el buen gusto- han lucido sus mejores joyas. Los obispos y arzobispos se han revestido de sus mejores ornamentos para subir al rey que necesitaban. Y cien príncipes y quinientos diplomáticos, empingorotados y orgullosos como pavos reales, han sacado a lucir todas sus cruces, medallas, fajas, bandas, lazos y otras condecoraciones.
            Pero el buen pueblo ha sabido tomar el espectáculo como alto símbolo y como episodio pintoresco. Como alto símbolo, porque en Gran Bretaña, si los reyes, en general, han sido poca cosa, la monarquía como i9nstitución es la que ha creado la grandeza del país. No miraban los buenos ingleses la persona del rey,  sino los símbolos del poder del jefe de un pueblo grande y que en los destinos del mundo pesa mucho.
            De ahí su entusiasmo, aparte el espectáculo pintoresco. Por esto se ha lanzado a la calle, derramándose sobre las veredas, esperando vitorear a pulmones llenos al nuevo rey.
            Repican todas las campanas, truenan los cañones, álzanse arcos triunfales, caen del cielo lluvias de flores, gritan las muchedumbres, aclamando al rey, a la graciosa reina, a la gentil pequeña heredera del trono.
            Y, pasado el rey, señalan todos a los grandes hombres del Imperio:
            Este es Mackenzie King, el presidente del gobierno del Canadá, liberal.
            Aquel es el jefe del gobierno de Australia, agrario.
            El de más allá es el jefe del gobierno de Nueva Zelanda, laborista.
            Allá va el jefe del gobierno de Sud África, conservador…
            Y sienten los ingleses un orgullo muy legítimo: no sólo de que tengan un Imperio, sino de que cada miembros del Imperio tenga su gobierno propio y su jefe de gobierno.

2. Hablan el rey y el “Manchester Guardian”
            En la ocasión más solemne de la ceremonia, Jorge Vl, dirigiéndose a los jefes de los gobiernos de los países que forman el Imperio, habló así:
            De ahí en adelante serán más graves vuestras responsabilidades. Por vosotros ha sido modificada la fórmula del juramento que voy a hacer. Ya no se habla en ella de vuestros países como de colonias y ni aún de pueblos asimilados a Gran Bretaña. Sois, en adelante, libres e independientes de Gran Bretaña. Y yo seré consagrado rey de cada uno de vuestros países, en igualdad de condiciones que en Inglaterra.