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¡Madre mía! La antiespañolidad racial de los españoles condicionales Mundo Español  07/37 p. 19-25

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            Acabamos de ser cogidos, atenaceados, empapados de una gran tristeza. La tristeza patriótica. Y es por esto: hemos tomado una naranjada en un café español, muy lejos de Chile. En una bella ciudad colombiana, donde hay pocos españoles y mal avenidos además, como siempre. Pero esto es lógico, natural y corriente: España es así. Lo que no es lógico, lo que no es ¡vive Dios! de caballero ni de hombre decente, es decir esto:
            - Yo, si ganan los izquierdistas, me borro como español, me hago colombiano y aborrezco a España.
            Y esto es lo que ha dicho el descastado dueño del café. Afirmación tan desconcertante y malvada, como esa otra, su hermana, que leía yo en los ojos de otro español de color subido, aunque este se callaba la blasfemia:
            - Yo, de ganar las derechas, me borro de España; me desnacionalizo.

                                                                       2
            Conozco un gallardo joven que ha tenido una desgracia honda: su madre es una tal por cual. Tiene la cabeza llena de cascabeles, la faz linda y agraciada, una plenitud de juventud florida, las canas que le vibran pidiendo algo, un corazón vacío pero grande, una sirvengüencería perfecta y un batallón de hombres que recorren, a su turno, el mapa complicado de su cuerpo y de su alma.
            Barragana a la vista, reída de medio mundo, pelada por otro medio mundo, ludibrio de todos, trapo y guiñapo, llega a su casa ese gallardo joven, con los ojos muy tristes y el corazón sangrando, y llenándola de besos le grita:
            ¡Madre mía! ¡Cuánto te quiero!

                                                                       3
            He ahí un hombre.
            He ahí un hijo.
            Adora a su madre. Está empapado de amor a su madre. Mira por los ojos de su madre. Labora duro para dar gusto a su madre. Tiene la suprema elegancia moral de no ver la maldad de su madre. Mordería a matar a quien le pronunciase el nombre de su madre.  Quiere, por encima de todo, sin condiciones ni exigencias, puramente, angelicalmente, a su madre.
            Gallardo joven. Gallardo de espíritu, lo que es tan difícil. De él puede decirse, con inicial mayúscula:
            - Es un Hijo.  
                                                                       4
            A un gran artista griego le encargaron que esculpiera la estatua del Amor.  Del amor filial, del amor maternal, del amor sexual, del amor espiritual, del amor idealístico, del amor de la amistad, del amor a sistemas y credos: del Amor.
            El artista se retiró una semana a una playa olvidada, donde los pájaros sencillos se arrullaban, las flores se abrían al beso del sol y toda la naturaleza latía suavemente.
            Y, meditando que estaba noche y día, no concibió cómo había de expresar la gentil figura del Amor.
            Cuando ya iba a retirarse vencido –en un “week end” helénico de veinte siglos atrás- ve acudir a esta misma playa lejana, deshabitada y solitaria, un par de amantes. El artista se esconde. ¿Quién será él? Porque ¡ella si que sabe quien es! Ella es una manoseada. Se sientan los jóvenes al pie de un árbol gigante. Graban sus iniciales en el tronco. Y él, envolviendo a ella con una ancha mirada de amor, murmura:
            - ¡Cuánto te amo!
            Y el artista arranca inspirado. La Idea surgió. Ya sabía cómo debía ser expresado el Amor: