Guerra 1939 39 11 18
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1. Holanda ¿país de paso?  2. Propuesta belga-holandesa de paz. 3. Molotov habla fuerte. La SI 18/11/39 p. 1-4

1. El caso de Holanda
            El nombre de los Países Bajos, oficial de Holanda, nunca más que ahora le viene a cuenta. La prensa nos habla día a día de inundaciones. Y, en una parte pequeña del país, éstas son ya un hecho, según noticia oficial de La Haya. Y Holanda va y Holanda viene en los cablegramas, que, cuando a los beligerantes les viene en gana de nada hacer, como acontece ahora, tienen la grave misión de hinchar el perro, como se acostumbra decir cuando se quiere dar importancia a lo que, en un momento dado, no la tiene.
            Rindamos culto a la actualidad, siquiera para saber algo de ese pequeño gran país de las aguas altas. Y no será ello inútil. Porque, si bien no hay gravedad por el lado que los noticieros quieren, la hay, y mucho mayor, por otros conceptos que queremos poner en relieve.
            Demos algunas vueltas, por lo mismo, alrededor de ese país de los grandes zuecos, las coñas albas y los molinos de viento.

            a) Pequeño rincón de Europa, con más de 30 kilómetros cuadrados, todo el país cabe dentro de una sola provincia chilena, digamos Antofagasta, y queda libre más de la mitad de ella todavía. Sin embargo, Holanda tiene unos 8 millones de habitantes, siendo uno de los más poblados del mundo, cerca de 200 habitantes por kilómetro cuadrado. No llegan a 10 los de Estados Unidos y a 80 los de Francia.
            Cómo puede vivir una población tan densa  en un espacio tan reducido –y, por añadidura, en paralelos en que el sol es escaso- lo explica la subdivisión del suelo, , estrechamente ligada con la actual guerra. Una estadística reciente, que nos da los índices de productibilidad de aquel pequeño suelo, nos muestra cómo una hectárea, reduciendo a moneda chilena, produce un término medio de 24.000 por año. En Chile, un término medio de 130 pesos, es decir, 170 veces menos. De este modo, menos de media hectárea puede alimentar a una familia rural y aún rendir pequeños ahorros, que dan cantidades respetables al sumarse indefinidamente.
            Esta parcelación de la propiedad rural (que aquí llamaríamos arbitrariamente infraconveniente o triturada) exige un cuidado sumo en la explotación del suelo, así como en la parte comercial de los negocios. Los pequeños propietarios forman, sin distinción, sindicatos de cultivo, de producción, de herramientas y de venta. Poseen maquinaria perfecta. Aplican las últimas novedades de la química. Venden en cooperativa. Siembran según normas de colaboración. Y el resto viene solo: una prosperidad general desconocida en los países latinos y en América del Norte. No hay pobres. No los tolera la ley y menos la costumbre.
            Si el hogar campesino tiene que realizar constantemente un esfuerzo serio para mantenerse decentemente –porque comen bien y visten mejor- el esfuerzo colectivo ha tenido que ser enorme para defender su tierra del agua: del agua del mar y la de los grandes y pequeños ríos que surcan ese reducido suelo.
            En la plaza principal de Malinas (la bella ciudad belga, en la región baja que forma un todo con Holanda) se alza un extraño monumento. Un montón de rocas sin cortar ni pulimentar forma la casi totalidad de la obra. Arriba, una recia matrona da la mano a varias doncellas que sacan sus cuerpos húmedos de entre el montón de rocas. Es el genio de la Voluntad librando a los hombres de las aguas. Esas aguas que son, para los holandeses, su razón de ser, y que, según como las tratasen, podrían ser su razón de no-ser.
            Las tierras, generalmente, son más bajas que el mar y que los ríos que embocan en él. Dunas enormes que ocupan una anchura de tres o cuatro cuadras contienen las aguas del Atlántico, para que no invadan esas tierras bajas. Los habitantes han puesto su recia parte. A veces, reforzando esas dunas. A veces, complementándolas con obra de mano. Siempre, sembrándola con cultivos especiales, a propósito para que los vientos no se las lleven, pues sabido es que una duna “anda”. Allí los han amarado los holandeses por los siglos de los siglos con ingente y duro trabajo.