Guerra 1939 40 01 13
Índice del Artículo
Guerra 1939 40 01 13
Página 2
Página 3
Página 4
Página 5
Página 6
Página 7
Página 8
Página 9
Página 10
Página 11
Página 12
Página 13
Página 14
Página 15
Página 16
Página 17

Las entrañas de la guerra. Revelaciones que serán cumplidas: la ola popular estaba por irrumpir.  La SI 13/01/40 p. 1-9

(Este título ya se usó en La SI 11/11/39 p. 1-6) (Relacionar esta crónica con “El advenimiento al poder del “Cuarto Estado” en  La SI 24/01/48 p. 1-4)

1. Una reunión sospechosa veinte siglos ha
            Eran los días romanos de la República en agonía, cuando, destruidas por riquezas mal ganadas las virtudes de los hogares patricios, la corrupción rezumaba por todas las rendijas de sus palacios y de sus cuerpos satisfechos.
            La organización romana había sido digna de respeto mientras la minoría que era su sustentáculo se comportó digna y fieramente. Los pueblos –es un hecho que en vano se podría negar- miran primariamente, no a qué clase pertenece el régimen vigente en un instante determinado, sino a lo más concreto y práctico. ¿Qué tal se porta el gobernante? ¿Puedo yo comer?
            Los teóricos de la política y los filósofos del Estado, tienen sus teorías. Y ciertamente, que no inútiles ni desprovistas de interés. “La República” de Platón, el “De Regímene Principum”  de Tomás de Aquino, las elucubraciones de Montesquieu, sobre el régimen parlamentario, el Estado Corporativo de Duguit, aún dentro de mutua contradicción, son libros luminosos, las teorías estatales. Pero los que echan chorros de luz sobre pueblos son más modestos y más lógicos. Cuando un médico cura al enfermo –o lo echa al cementerio- la buena vieja no especula silogismos sobre el sistema empleado para infiltrar salud a su hijo o botarlo al cementerio. Cuando un pueblo come bien y no es entrabado en sus gustos, jamás pregunta si esa felicidad le advierte mediante éste o aquél régimen, de los cuáles ignora aún los nombres. Simplemente “gobierna bien Fulano” o gobierna mal. Es todo lo que en realidad le interesa.
            La oligarquía romana que gobernó siempre el país fue respetada perfectamente mientras su administración, aunque parcial y de clase, fue relativamente decente. Cuando la misma oligarquía, ahíta de despojos e infartada de riquezas mal ganadas, se corrompió convirtiéndose en zángano social, el pueblo romano, ahora con un motivo, mañana con otro motivo, se echó a la calle en actitud de rebeldía. El pueblo mira el bienestar y el malestar. Cierto. Pero mira más, todavía, el honor y la virtud, la corrupción y el vicio. Y, si, a veces, se resigna a vivir pobremente, rara veces permanece inerte ante una atmósfera corrompida por un foco de venenos que son efecto de la prostitución social.
            En los dos últimos siglos de la República romana la putrefacción de la minoría dirigente avanza a pasos acelerados. Paralelamente avanza la ira popular. Con ella, los grupos, los partidos, las facciones. Choques de intereses. A pesar de contar los de arriba con hombres como Cicerón, hijo del pueblo vendido a sus enemigos, las masas se imponen cada día más. En el Senado, Catalina se queda solo y el gran tribuno puede reprochárselo. Fuera del Senado el pueblo aclama a Catalina. Y toda la red de intereses inmorales se resquebraja cada hora más. Y las combinaciones partidarias son cada vez más numerosas y más absurdas.
            Cuando el calor de ese ambiente popular contra la minoría desmoralizada de arriba, se forma el tercer Triunvirato, no entendiéndose tampoco entre sí los que lo constituían, tenía lugar una reunión de que no nos han hablado los historiadores propiamente dichos, ni siquiera el de la decadencia romana, Tácito, pero que, no por esto, ha quedado perdida en el mar del olvido de las cosas sin meollo.
            Una tarde de Junio, cuando las familias más orgullosas dirigíanse a los lagos del norte de la península, y otros –en mayor cantidad- hacia la bahía secularmente luminosa de Nápoles, varios silenciosos personajes se daban cita, a través de la histórica vía Appia, en una vieja mansión sorrentina. Por lo poco que ella duraba más debía ser la última de una serie que una verdadera confabulación iniciada. Y fue allí donde, a la intermitente luz de las llamaradas del Vesubio, moría la República y nacía el Imperio.
            Los que estudian historia en los manuales usuales, se figuran quien sabe qué distinciones entre República e Imperio, como si los romanos hubiesen realizado algo más que un paso cortical y de forma, estando al frente del país un rey en vez de dos cónsules. Y precisamente no había de esto nada, o casi. En cambio, había mucho en el fondo, en la médula.