Guerra 1939 40 01 27
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Guerra 1939 40 01 27
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Este año (1939) ha sido de honda sacudida La SI 27/01/40 p. 2-3
Rumania prefiere el líquido La SI 27/01/40 p. 5-6
La guerra aérea se intensifica La SI 27/01/40 p. 7-8
Cuatro discursos y los neutrales La SI 27/01/40 p. 8

Este año (1939) ha sido de honda sacudida La SI 27/01/40 p. 2-3 
             El año 1939 es capital en la historia de esta época-esquina, en que la humanidad está dando una vuelta para situarse otramente de cómo estaba, y con fisonomía nueva además.
            Que estamos en la esquina de otra época, ya lo aceptan los más ciegos. Es que la mayor parte de gente no sabía “situarse”. Les pasaba a los que no saben entrar en la médula de la historia. Se admiran ante las emigraciones históricas de los pueblos, y no saben ver que en estos instantes tienen lugar emigraciones semejantes, con las mismas características esenciales, aunque –se supone- con características circunstanciales de estos tiempos.
            Una época de transición tiene sus confusiones, originada por la misma mezcolanza de las cosas que se vienen con las cosas que se van, amortiguadas las primeras por el uso y el desgaste, y un poco vagas las últimas por su misma infantilidad. De ahí la transición lenta, aunque siempre ascendente, de lo que se va a lo que se viene.
            Decir transición es señalar una serie de acontecimientos con variaciones mínimas, cada uno de los cuales viene más caracterizado que el anterior. Y diferenciados por variedades muchas veces imperceptibles externamente, solo visibles para el que sabe penetrar con ojo perforador más adentro de la piel.
            Pero es evidente que, dentro de esa sucesión evolutiva, hay años que vienen antes y después. Sus 365 días, aparecen como dando un salto mayor que los años que vienen antes y después. En realidad, no es que se haya dado salto alguno, sino que, dentro de la maturación relativa de las cosas, esos aparecen como algo que representa el término de un proceso de madurez parcial dentro del cambio general. 
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            El 1939 es uno de esos años especialmente decisivos. Y es lástima que no hayan sabido verlo cuantos análisis críticos de él he podido ver en las mejores revistas. Cortedad de vista.
            Es que los críticos, en general hablando, son más hombres de prejuicios y de intereses que de verdades y de verdadera imparcialidad. Su lema, disfrazado de patriotismo y otras ideas respetables, pero siempre inferiores a la categoría de la verdad, podría resumirse dando una vuelta al tan conocido del latino: “Amica Veritas, sed magis amicus Plato”…
            He ahí un ejemplo de esa crítica y de cómo se nublan los ojos de tantos cerebros en ese medio impuro.
            Comenzaba el año 1939 con un pololeo, cada vez más insistente, entre los países que se llaman a sí mismos democráticos y la Rusia soviética.
            Por parte de Francia, habían sido las extremas derechas (Barthou al frente) los que habían iniciado el pololeo con el maximalismo ruso. Las izquierdas no se habían atrevido nunca a proponer siquiera una alianza. Los conservadores del extinto Frente Nacional francés son los que anhelaban esa unión, realizando mil esfuerzos para lograrla. Miman a Rusia, y precisamente en los momentos del más crudo comunismo. La llevan a Ginebra y la regalan un asiento permanente en el Consejo de la Sociedad de Naciones. Cesa todo ataque al Soviet, el cual pasa a ser, para esos conservadores, un medio interesante para rodear a Alemania de enemigos. La guerra estaba decretada. Y era necesario cerrar a Berlín la escapada por oriente, la cual podría hacer cambiar todo el panorama.
            Por parte de Gran Bretaña el pololeo era menos gritado, pero más íntimo todavía. Lo representaba Litvinoff, marido de una guapa mujer británica, y la luna de miel parecía eterna. Las relaciones de todo orden eran intensificadas con Rusia, y aún lograba Gran Bretaña, cuando la guerra española, que los rusos dejasen de auxiliar a los izquierdistas de España, sin perjuicio de seguir afirmando todo lo contrario aquellos a los cuales convenía la mentira.
            Esas relaciones entraban, a principios del año pasado, en un período de franco intento de casamiento. Gran Bretaña, Francia y Rusia estaban en conversación continua sobre las condiciones de ese matrimonio tan ansiado por París y Londres, que representaba el aislamiento alemán.