Argentina 39
Índice del Artículo
Argentina 39
Página 2

Un argentino “llueve” sobre Buenos Aires La SI  07/01/39 p. 6-7
Aniversario Argentino La SI 27/05/39 p. 7

Un argentino “llueve” sobre Buenos Aires
La SI  07/01/39 p. 6-7

            He ahí que el ingeniero Baigorri se ha empeñado en alterar las reglas de la Gramática, en los precisos instantes en que esta pobre ciencia anda de capa caída antes las críticas de los innovadores. Ella se empeña en que “llover” es verbo impersonal, sin que haya persona capaz de realizarla. El hombre no puede llover. Llueve la naturaleza, cuando le da la real o republicana gana. Y los hombres rabian muchas veces por los caprichos de esa veleidosa Naturaleza, que no se acuerda a veces, de rociar la tierra en los más necesarios momentos en que el campo tiene sed. De allí la “mutilación natural” de esos verbos, en los cuales el yo y el tu les ha sido vedado, quedando con una solitaria tercera persona –que, todavía no es persona, sino naturaleza-  que los reduce a un tercio de la natural extensión.
            Baigorri “llueve”. Y, si el éxito del ya famoso ingeniero resulta positivo, bien pronto conjugaremos en toda su integridad esta palabra y podremos decir como el ingenuo estudiante de primer año: yo lluevo, tú llueves…
            El invento –si así resulta- del observador argentino sería de una trascendencia extraordinaria. Pero no tan revolucionaria como se figuran algunos, que se entretienen en sacar ya las consecuencias.
            Desde el momento, la lluvia voluntaria no es necesaria a los campos por más que así lo crean los ingenuos de las ciencias. Actualmente hay en la tierra muy poca extensión regada. Digamos también que hay muy poca extensión cultivada. No llegarán los cultivos a una diez milésima parte de la superficie terrestre. No llegarán los terrenos regados a una millonésima parte de la tierra. Porque las geografías no nos muestran cosas como éstas: que solo una ínfima parte del globo terrestre está cultivado. Tan ínfima que se reduciría a un pequeño punto esa parte cultivada, si representáramos la tierra por una superficie de una mesa de una extensión usual media.
            …Y sobran productos agrarios.
            El poder hacer llover favorecería a los actuales poseedores de tierras de rulo o no regadas. No favorecería a la humanidad en general. Lo que ganarían unos lo perderían otros. Y el resultado –nacional e internacional- sería el mismo. Pongamos un caso. Con la actual siembra mundial sobran productos. Si, regadas artificialmente las extensiones de secano, produjesen seis veces más que actualmente, toda esa producción sobraría. Y tendría que ser disminuida la extensión de los terrenos actualmente regados.
            La economía política clásica era tan idiota, que no concebía lo más elemental. Discurría sobre tópicos tan absurdos como éste de regar toda la tierra. Y no veía lo que un ciego ve: que, sin regar ahora los suelos, sobra de todo. Y que, una vez, con lluvia voluntaria, regados todos los terrenos aparecería el problema más formidable con que puede soñarse: que tendríamos que botar el mayor porcentaje de la producción agrícola, aunque toda la humanidad comiese a dos carrillos.
            Esto no quiere decir que no se lograsen ventajas parciales con la lluvia que hace llover ese singular vasco argentino.
            Un país que importa ciertos productos, podría producírselos abundosamente. Y no tendría que importar. Pero ello, no solo disminuiría la producción y el trabajo en el país que ahora le exporta y vende, sino que disminuiría el trabajo en los transportes marítimos y ferrocarrileros. De modo que no estaríamos en la situación igualitaria de ganar un país en trabajo y producción lo que perdería otro país, sino que se perdería trabajo en la suma mundial del actual trabajo, porque habría menos transportes de productos de un país a otro.       
            Así quedaría favorecida la situación de un país determinado, para traer consigo, como consecuencia ineludible, una mayor desocupación mundial.
            Esta consideración es de consecuencias inimaginables. Castilla, por ejemplo, lloviendo sobre la meseta cuando el Ministro de Agricultura lo ordenase, podría alimentar a millonadas de cabezas de ganado. No solo perderían Argentina y Galicia, que las venden ahora a Madrid y Barcelona, sino que se paralizarían los buques y trenes que van a esas dos grandes ciudades desde América y Galicia. Iquique y Antofagasta se convertirían en su enorme extensión norteña (Portugal, Holanda, Bélgica, Dinamarca juntas) en un jardín florido en el mismo instante en que