Bolivia 39 01 a 06
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Bolivia 39 01 a 06
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Bolivia silenciosa La SI 21/01/39 p. 8
Bolivia y su mediterraneidad La SI 04/02/39 p. 7
Bolivia mediterránea Problemas latentes realmente peligrosos La SI 11/02/39 p. 5
Ha muerto Bautista Saavedra La SI 11/03/39 p. 7
Novedades en Bolivia La SI 29/04/39 p. 5
Un Congreso en Bolivia sobre el problema del indígena La SI 13/05/39 p. 6
Bolivia y su oro La SI 17/06/39 p. 7

Bolivia silenciosa
La SI 21/01/39 p. 8

            La pesadilla del Chaco se ha alejado. Paraguay .detrás de él, un vecino poderoso- ha tenido que ceder a la razón de numerosas influencias internacionales. Bolivia ha tenido la suerte –porque hay suerte en medio mismo de las desgracias, dada la relatividad de los acontecimientos- de haber tenido en la suprema dirección de los negocios a quienes entendieron que, muchas veces, la transacción peor aventaja al mejor pleito ganado. Y la paz se ha cernido sobre una trágica región que, por sí misma, no valía la pena de tanta sangre.
            La frase “por sí misma” no es aquí vacía e inútil. Porque podía darse el caso de que, no habiendo razón de pelea y de exigencia del propio derecho por el Chaco mismo, la hubiese fuera del Chaco pero forzosamente concretada en tierras del Chaco.
            Ha sido suerte, desde luego, que, en los días grises de la solución de este secular problema,  se encontrasen frente a los destinos del país militares y diplomáticos de carrera, es decir, apolíticos, que, por lo mismo, no veían razones partidaristas para ir perpetuando un problema internacional a cuya sombra unificar al pueblo alrededor del Gobierno, como se hacía en la parte contraria.
            Hemos notado en otras ocasiones, con motivo de los problemas europeos, el hecho, a primera vista raro, de que sean los militares los que más claramente entiendan las razones para una paz y una transacción. Recientemente se ha repetido el fenómeno en Checoslovaquia. Lo que no entendía Benes, hombre de derecho –reconocer la razón de los alemanes a no permanecer subyugados a otra raza, cercenados de su propio tronco- lo entendía Sivory, militar.
            - Es que, replican algunos, esos militares tienen la fuerza, y pueden imponer al pueblo sus soluciones.
            Y no es esto. Porque precisamente por tener la fuerza a mano, y además se supone que la voluntad del pueblo en pro de la guerra, no había para qué cerrar pleitos y no recurrir a la guerra.
            La razón está en la palabra “apolítico” y en una mayor comprensión de la tragedia que es la guerra y lo mirado que hay que ir en echar mano de ella. Los políticos necesitan problemas internacionales alrededor de los cuales agrupar a los pueblos a favor del Gobierno. No necesita esto el militar. Los políticos ordenan la guerra pero no la hacen ni ven sus horrores. Pasa lo contrario con el hombre de armas.
            Bolivia ha decidido la paz –una paz dura- porque en la dirección suprema de sus destinos había militares, y precisamente los que, en su hora, habían sido en la guerra los mejores y más recios. El militar es estratega por esencia. Y sabe calcular hasta donde  las ventajas y los inconvenientes deben pesarse y aceptarse, y hasta donde los dolores no valen la pena de ser heroicamente sufridos. Porque también el heroísmo tiene sus condicionantes, y el primero de ellos es que valga las pena de hacer sufrir sus dolores a un pueblo entero.
            Sucede lo mismo en lo respecto a la diplomacia. Advenedizos políticos que se han infiltrado en la diplomacia representan en ella a sus partidos y sus exigencias.  A veces éstas quieren problemas, y no soluciones. Mientras que un diplomático de médula y fuste, que haya hecho de la diplomacia eje de su vida, puede medir las cosas fuera del interés estrecho de círculos y llegar, en instantes dolorosos, a aceptar una paz que sea en el fondo una injusticia.
            Así podría decirse que la paz en Bolivia no ha sido fruto del agotamiento –es inagotable, bien manejado, un pueblo de la reciedad boliviana e inagotable también sus recursos naturales- sino de haber tenido en la dirección de sus negocios a comprensivos militares del fuste de Busch y a diplomáticos de carrera del tenor de Diez de Medina. Que de este modo los mayores acontecimientos van ligados casi siempre a grupos y a personas determinadas.
            Se necesitaba calidad para presidir como canciller un instante nacional en el cual el sacrificio se veía evidente. Napoleón, a lo largo de tres años de guerra en España, veía segura la derrota final. Lo había confesado. Al ofrecerle la paz –retirándose de España- el español, el orgullo del emperador le hacía pronunciar una frase que parece patriótica y es de calidad inferior:
            - El Emperador no cede más que sucumbiendo.