Bolivia 40
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Bolivia tiene un nuevo Presidente La SI 16/03/40 6-7
El nuevo Presidente de Bolivia y la nueva era boliviana La SI 20/04/40 p. 5

            El general Peñaranda ha sido elegido Presidente de Bolivia, por una gran mayoría de votos  si se tiene en cuenta sus contrincantes –el izquierdista Arce y el general Bilbao- aunque pocos en relación con el número de habitantes del país, cuyos electores, hombres y mujeres, deberían pasar del medio millón.
            Bolivia, con este paso ¿recobraría el equilibrio perdido desde la guerra del Chaco, como lo ha perdido –mayormente todavía, el Paraguay? Nos contentaríamos con que encontrase el camino que lleva a ese equilibrio. Porque las evoluciones populares no se logran en días. Los pueblos cambian sus tejidos con facilidad pasmosa. Pero cuando se trata de equilibrarse y hallar una postura, ello exige muchos años, porque las mutaciones del tejido nervioso son muy lentas.
            El general Peñaranda ha triunfado a base de partidos que, dígase lo que se quiera en cuanto al nombre, responden a la antigua manera del Partido Liberal, que debe ser juzgada según época y circunstancias.
            Discutiendo con el general Montes, Presidente hacia 1918, sobre el especial liberalismo de su Gobierno, consistente en fabricar un parlamento ad hoc , con elementos ciertamente sobresalientes, y desterrar a los jefes contrarios, me preguntaba si yo veía otra manera de gobernar Bolivia. Y añadía: ¿acaso los opositores no realizarían exactamente lo mismo?
            Lo cual era demasiado pesimista. Acertaba, seguramente, en cuanto a que la oposición realizaría lo mismo que en él condenaba. No acertaba desde el punto de vista de considerar a su pueblo como inferior, incapaz de gobernarse a base de métodos más adecuados, no solo a los tiempos, sino también a las íntimas necesidades bolivianas.
            Si alguien, en aquellos años, hubiese podido dudar sobre la posibilidad de métodos mejores en la gobernación, salido el pueblo boliviano de la sombra de un período anárquico e irresponsable, en estos instantes no cabría la menor duda. Han pasado veinte años. Los tiempos son otros. La guerra rebautiza a los pueblos, acelerando en ellos el proceso evolucionador. Bolivia es capaz de mejores métodos, y, especialmente, de un mejor enfocamiento de las necesidades nacionales.
            Cuando un pueblo sale de una larga guerra, siempre, sin excepción posible, muere una época y comienza otra nueva. El cambio es fundamental en la mentalidad popular, entendiendo por esta última palabra todo, y no solo la clase baja. Siente mejor las verdaderas necesidades. El oído se le ha afinado a base de sufrimientos, y percibe mejor el ritmo interior y sus anormalidades. Sobre todo: el pueblo palpa, que es él el que ha derramado la sangre, y está muy a punto de no tolerar mediadores y procuradores que lo gobiernen como menor de edad, aunque algunos se empeñen en hacer la felicidad del país “malgré lui”.
            El error fundamental de la política boliviana desde lejos ha sido (y ante él se podrían olvidar todos los demás errores) el pensar que los indios no forman parte de la nación apta, y caer en la aberración de querer castellanizarlos. Es una fuerza bravía, de enorme potencialidad que, por querer encauzarla por medio de cauces antinaturales, se ha estado perdiendo constantemente, salvo cuando se la ha mandado a la guerra. De este modo puede darse el caso de un país con enormes fuerzas, y no sabe aprovecharlas; de una nación que cuenta con tres millones de habitantes, y su Presidente sale “con mayoría” con menos de 50.000 votos. Es la decapitación del país, persistiendo en los viejos errores enciclopedistas que vinculaban la aptitud en una sola raza, y creían en una jerarquía absurda de idiomas, debiendo los llamados inferiores (palabra repugnante y analfabeta además, porque delata ignorancia del significado hondamente psicológico de las lenguas) sucumbir en aras de los llamados superiores.
            Bolivia tiene a resolver mil problemas, como casi todos los países, y, entre ellos, los fundamentales, también como todos los países. Pero hay uno, de que carecen otros países, y que constituye en él la médula áxica de cuanto ha de venir detrás, sin cuya adecuada solución no hay cimiento firme para nada: el problema indio.
            Y lo interesante es esto: que, siendo de fácil solución, lo convierten en un imposible los que lo consideran bajo el punto de “desindiar al indio”. ¿Cómo no ha de ser largo, difícil y absurdo querer dar cabezazos contra la naturaleza y ser tan bobo que uno crea poder  vencer a la realidad étnica? El problema del indio se basa en dejar que el indio lo sea, como la base de toda