Cuba 33 08
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El complejo caso del alzamiento nacional en Cuba La SI 14/08/33 p. 1-4
Autopsia de la Revolución Cubana. La revolución cubana por dentro La SI 21/08/33  p. 1-3

            ¿Qué esta pasando en Cuba?  Es difícil saberlo. Sabemos, solo, que Cuba arde. Pero, cuando un pueblo está ardiendo, se presenta un caso muy complejo. No es igual arder un bosque –así dure tres meses la tempestad de fuego- que arder corporal y espiritualmente un pueblo.
            No podríamos fácilmente salir del paso hablando aquí por manera de salirnos del problema con cierto garbo. Si estuviésemos en el sector democratoide, hablaríamos de la tiranía de Machado, hiena de hienas, y traeríamos a cuento las innobles hazañas de una policía que actúa con saña y pica. Si formáramos en el sector de la autoridad a toda costa, hablaríamos de la descomposición de los partidos cubanos, de los comunistas, de los marxistas, de una pila de cosas que podrían llenar páginas y que, además, son pintorescas. Todo esto sería verdad, cierto. Aún siendo verdad, no haríamos más que rascar la piel del gran problema cubano, sino –mutatis, mutandi- problema mundial
            Sigamos, por lo mismo, otros caminos. Estamos delante de un doble ataque histérico: el de la autoridad plena y el de un pueblo saturado de miseria y de autoritarismo. Y hay que remontarse, o, para hablar mejor, descender a las raíces.
            Eso es lo que intentamos hacer.

            a) La República de Cuba fue colonia de España hasta 1898, gobernada por hombres ajenos a su país; mal gobernada, además vino lo irremediable, que también hubiera venido por razón de maturación natural del pueblo: las ansias de independencia. Desde mitad del XlX, las guerras y revoluciones menudearon. La última tuvo éxito, por razón de un hecho que está en estos instantes manando todavía consecuencias.
            Era entonces el período álgido de las intervenciones económicas de Estados Unidos en este continente. El instante álgido del primer período. La Wall Street necesitaba alargar sus influencias sobre la hermosa isla atlántica. La situación estratégica, los ingenios de azúcar, el tabaco constituían una triple causa capaz de entusiasmar al más indiferente.
            La intervención de Estados Unidos en la guerra cubana, contra España y a favor de Cuba, tenía sus finalidades. Esas finalidades eran netamente económicas e imperialistas. Y no era de extrañar, por lo demás. Desde los días gloriosos de Roma y Cartago, en que se peleaba por la hegemonía del Mediterráneo y el dominio del mar, un pueblo ha sucedido al otro en cuanto a ejercer esas ínfulas hegemónicas. No ha habido un instante en que ese pueblo dominador no haya existido: Roma, Imperio medieval, España, Francia, Gran Bretaña. La intervención de Norte América en aquella guerra no significaba más que la continuación de una política que ha sido tal, desde los tiempos más remotos.
            Eso tendría escasa importancia si las consecuencias no hubiesen pesado, lógicamente, sobre Cuba. En el Tratado de París se comprometían los norteamericanos a dejar a Cuba libre e independiente. No fue así, por el momento. Pasaron cuatro años, durante los cuales gobernó, legisló y administró Norte América en la nueva Cuba. Fueron –lo comprende el que conoce las tretas de la política a través de la historia- los cuatro años necesarios para que, a la sombra de ese poder exterior, la mayor parte de ingenios azucareros pudiesen ser adquiridos por ciudadanos norteamericanos; para que, mamando cultura en alguna Universidad norteamericana, una legión de jóvenes se preparasen para gobernar la isla a guisa de técnicos únicos capaces; para que todo pudiese ser suficientemente influenciado para arraigar día a día la amistad del pueblo cuyas armas habían sacado las castañas cubanas del fuego de la guerra.
            Cuando ese período preliminar hubo transcurrido, la independencia era concedida a Cuba por voto del Senado norteamericano. En puro derecho, esa votación senatorial era nula e innecesaria. Cuba tenía derecho natural y escrito –Tratado de París- a la independencia. Pero, en el terreno de la realidad simpática o antipática, pero realidad innegable, esa determinación camaral era necesaria, pues Estados Unidos actuaba en la isla como metrópoli y protectora.

            El gobierno presentó a la consideración del Senado un borrador del Tratado. El Senado no estuvo conforme. El Gobierno, en ese borrador de Tratado, había indicado, por manera indirecta,