Ecuador 40 20 01
Índice del Artículo
Ecuador 40 20 01
Página 2
Página 3

Ecuador no ha encontrado todavía la paz La SI 20/01/40 p. 3-4

            Nueva elección presidencial en el Ecuador. Nuevo conato revolucionario. ¿Primitivismo? ¿Anarquía? Nada de esto.
            Para comprender la Cuestión ecuatoriana –porque hay Cuestión- bastaría que reprodujésemos  cuanto hemos dicho sobre este país en el transcurso de veinte años. No habríamos de añadir una sola palabra más. En la imposibilidad de hacerlo, vamos a reproducir lo que publicábamos en estas columnas dos meses atrás, con ocasión del fallecimiento del Presidente Mosquera, y marginar los acontecimientos de estos últimos días con pocas frases. No son necesarias muchas, para comprender el caso de un pueblo digno de mejor suerte.
            “El Presidente de la República ecuatoriana acaba de morir, dejando a su sucesor interino, el Dr. Carlos Arroyo del Río, una herencia difícil.
            Ese país hermano era gobernado durante décadas por el Partido Liberal Radical, cuya democracia consistía en quitar el voto al 90% de los ciudadanos, y solidar sobre los derechos económicos comunes a una minoría reducida.
            Ello no podía durar, especialmente después de la sacudida de la guerra europea y del despertar de las masas trabajadoras. Surgieron extremistas en la República. El Ejército presionado por diversas circunstancias, se sumaba a los descontentos. Y durante años se han sucedido en el sillón presidencial numerosos ciudadanos, con o sin espada, cuyo significado no era otro que éste: diversas posturas para hallar, al fin, el comienzo de una ruta nueva.
            Con el Presidente fallecido vuelven al poder los representantes de aquellos mismos partidos históricos que no habían logrado conocer el carácter social de la política mundial. Ello quería decir, por tanto, el cierre de ese largo paréntesis de inseguridades y tanteos y la vuelta a la situación anterior. Lo cual significaría la venida inevitable de un segundo período de tanteos revolucionarios, que son seguros cuando el poder público no sabe interpretar las ansias del momento.
            Sin embargo, hay que hacer, respecto del Ecuador, una reserva. Doble.
            En primer lugar, la de que la experiencia habrá enseñado a ese núcleo libero-radical que vuelve a la Presidencia que hay que atender a la Cuestión Social y por manera rápida y eficaz. La experiencia muestra que los partidos históricos son impenetrables a las necesidades del mundo nuevo. Pero ¿por qué no ha de darse una excepción, y ser precisamente ésta el Ecuador en estos instantes?
            En segundo lugar, la persona que ha sucedido interinamente al Dr. Mosquera, Carlos Arroyo Del Río es uno de los cerebros más ágiles del actual momento ecuatoriano. Escritor eminente, poeta, jurisconsulto, hombre de negocios. Y él seguramente sabrá sobreponerse a los intereses mismos que defiende su estudio de abogado,  en el cual los representantes de las grandes firmas concurren constantemente, para oponerse al advenimiento de una era de novedades sociales que las masas ecuatorianas esperan justamente. Así, concluiríamos que el momento actual ecuatoriano es difícil, si no fuese el Dr. Arroyo Del Río el que, por buen azar de la suerte, debe encarrilar interinamente el carro nacional”.
            Bastaría esta reproducción de esta pequeña crónica para comprender. Añadamos algunas líneas, para colocar dentro de lo dicho los sucesos de la última semana.
            Después del gobierno, de más de cuarenta años, de los radicales-liberales, permanecía el Ecuador en el atraso más absoluto en cuanto a lo material y mucho más en cuanto a elevación del pueblo y cuestiones sociales. Un solo ferrocarril y malo. Extranjero además. Falta absoluta de caminos. Agricultura de veinte siglos atrás. Una masa enorme de pueblo sumida en la miseria más espantosas: imperceptible por los gobernantes, porque era miseria callada. Imperceptible, aún, por parte de los mismos indios, por ser ya costumbre secular y haber formado carne propia la miseria.
            La guerra influía en la marcha de los acontecimientos, en el sentido de que tres fuerzas se sumaron contra esa oligarquía mínima, constituida por escasos individuos, dueños de la tierra: los conservadores, los obreros y campesinos y los militares. Eran tres fuerzas enormes, tal vez dispares y divergentes en cuanto a médula, pero que necesitaban de una mutua colaboración para liberarse de la lapa política que se había pegado a los órganos nacionales para sacar de