México 37
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México encuentra su camino La SI 06/03/37 p. 1-3
La SI México y la mujer La SI 22/05/37 p. 14
Voto femenino en México La SI 02/10/37 p. 4

En Méjico están pasando cosas ante las cuales los que no se ciegan ante sucesos que a lo mejor les perjudican no pueden menos que exclamar:
-Naturalmente.
Porque lo que ha estado pasando en Méjico desde el año 1911 es tan natural y lógico como sacar de un teorema matemático un corolario evidente.
Meses atrás cuando hubo suficientes datos para juzgar al Presidente, general Cárdenas, anunciábamos en estas columnas que la paz religiosa volvía a Méjico, pese a cuantos síntomas delataban lo contrario. Y ahí está la paz. Porque esa invasión popular de templos y la actitud correcta del Presidente, con el decreto que la ha seguido, es –nada menos- que la paz.
¡Cuánto tiempo se ha necesitado para llegar a ella! Y, todavía ¿cuántos azares tendrá que sortear antes de que esté bien asentada? Porque haber llegado a la paz, no quiere decir que esté solidada. Hay cosas que llegan. Y que se vuelven, si no hallan ambiente adecuado para vivir. Y la paz es una dama muy exigente, que no se tuerce ni siente contemplaciones ante las torpezas de los hombres.
¿Historiemos la trayectoria de esos 25 años mejicanos, aunque no sea más que recordar vulgaridades y aunque a alguien pueda dolerle este recordatorio?
a) Méjico vivía en el mejor de los mundos con Porfirio Díaz En el mejor de los mundos para una minoría abusadora, que mantenía en verdadera esclavitud a 15 millones de almas vivas. Díaz era el prototipo del gobernante liberal clásico, que representaba a un millar de familias de la nación, dueñas de algo grueso, y que, en nombre de la sacrosanta y adorada Libertad (con mayúscula) mantenía envilecidas a las muchedumbres.
Se han hecho estudios sobre el Méjico feliz de aquellos años y uno no creería si no viese en tantos otros países –Rusia, por ejemplo- exactamente lo mismo, guardan las diferencias de lugar y raza. La mayor parte de los mejicanos carecía de cualquier propiedad (el 99,5 por ciento) viviendo como animales del 5% restante. La palabra “animales” le viene ancha a aquel estado social. Porque el latifundista cuidaba a sus burros y bueyes con tiento, porque sabía que, muertos o enfermos, debía comprar otros, aflojando el bolsillo. Mientras que al enfermarse o inutilizarse un hombre, no hacía más que botarlo a la calle y tomar otro.
Detallar las penurias de esas millonadas de esclavos sería cosa de un libro. Notemos tres detalles. El hacendado se tomaba la justicia por sus manos, y colgaba prácticamente de un árbol al que lo estorbaba. Por esto el juez era nombrado por él. Las hijas del campesino estaban obligadas a “servir” al patrón y a sus hijos, ejerciendo el derecho medieval de pernada, todos los inquilinos         -todas las inquilinas-  convertidas en harén patronal. El 97 % de campesinos morían sin asistencia médica.
Basta esto, parece, para indicar a qué grado de envilecimiento había llegado aquella masa, para la cual las duras jornadas de la Colonia eran un paraíso perdido. Esta era la democracia liberal, ejercida por patrones masones y cristianos, que eran los dos campos en que se dividía el patronaje.
            Hemos nombrado dos palabras: masones y cristianos. Y hemos, a propósito, de abrir una llaga que en otras ocasiones aquí ha sido ya abierta. Pero tales son los deberes ejemplarizadores de un crítico, que muchas veces ha de entretenerse buceando en el interior de los tejidos más o menos descompuestos.
            Ese estado social era silenciado por el clero. La Iglesia había dado sus normas, especialmente desde que León Xlll había lanzado aquella manguera de fuego de la “Rerum Novarum”. Para el clero mejicano, León Xlll predicaba para qué mundo fantástico, dentro del cual Méjico no estaba catalogado. No sólo silenciaba. Ese patrón anticristiano y pagano era el amigo del sacerdote y era el que alargaba una limosna para culto y clero. Y se veía –porque la historia es historia- en centenares de iglesias, en la primera fila de la Misa Mayor Dominical, recostados en sendos reclinatorios separadores, a soso señores de horca y cuchillo rezando unos, haciendo como que rezaban, otros, ante el altar. Y en las homilías, si esto podían llamarse, dominicales ¿no sanaban más los nombres de esos bienhechores del culto que los anatemas que León Xlll había arrojado sobre ellos?