Panamá 41 42
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Panamá 41 42
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Panamá, Estados Unidos y la neutralidad La SI 18/10/41 p. 8
Panamá se arrodilla La SI 25/10/41 p. 6-8
Panamá expulsa a los japoneses La SI 15/11/41 p. 3-4
Habla Waldo Frank. Cómo los EE.UU. se “hizo” de Panamá La SI 19/09/42  p. 21

Panamá, Estados Unidos y la neutralidad
La SI 18/10/41 p. 8

            Los sucesos de Panamá son de una rara fisonomía. Ellos hacen recordar la triste historia de los acorazados norteamericanos con que el primer Roosevelt, en nombre de la democracia, se interponía entre los derechos de Colombia y las ansias de posesión de una lengua de tierra que era conquistada por los enemigos del derecho de conquista cuando son otros los conquistadores.
            El acontecimiento de Panamá está a la vista de toda persona de sano criterio. Estados Unidos no armaba sus buques comerciales por algún motivo. Cual éste sea, no interesa. Basta añadir que, si ese motivo era suficiente para sí mismos, habían de considerarlo suficiente para los demás.  Querer obligar a otros a que realicen lo que a mí no me acomoda, es cosa rara. Pero si ese otro es una persona –física o jurídica- débil y a nuestras órdenes, ya no se trata de rareza, sino de aquella distinción y aristocracia que distingue a lo que los británicos llaman juego limpio.
            El Presidente Arias estaba con las leyes internacionales, con la Constitución de su país, con su derecho presidencial. A las pocas horas de sentirse gallo y plantar cara al extranjero que juega con el nombre de uno, un avión lo llevaba a La Habana y un político condescendía al juego deseado. El acto de ese político ha sido rubricado ahora por el Parlamento y la Suprema Corte panameña. Rarezas de esos pueblos del Caribe, que no parecen reñidos con la democracia. Democráticamente han aceptado esas cosas raras, en beneficio de un pueblo extranjero. Nada habría, pues, que reparar desde este punto de vista, desde el cual se ve claramente que no es el suplantador de Arias, sino la generalidad del pueblo panameño el que acepta ese temperamento y sus resultados.
            Más este acto hay que relacionarlo con otros semejantes. Citemos dos más, de muy diversas fases de esa evolución por la cual han pasado el Presidente norteamericano y su Gobierno.
Al principio de la guerra, a las pocas horas de haber firmado las conclusiones de la Conferencia de La Habana, el mismo Mr. Hull actuaba contra ellas, sin consultar a los gobiernos amigos decisiones que él tomaba por su propia cuenta. En estas columnas fue analizada en su tiempo esta conducta rara. Conducta rara que no era compartida por los demás.
            Los astilleros norteamericanos están llenos de buques de guerra británicos en reparaciones. El derecho internacional está, decididamente, contra esto. Estados Unidos ha violado con ello la zona neutral americana delimitada en la Conferencia de Panamá. No ha consultado a los gobiernos amigos con los cuales se comprometió doblemente a no realizar nada sin común acuerdo: en Panamá, como zona complementaria del derecho internacional vigente; en La Habana, como deber de consultar a todos.
            América extendía la zona neutra para ambos beligerantes. Estados Unidos la viola a favor de uno, la alarga más contra otro, al apoderarse –en nombre de la defensa del continente- de Groenlandia e Islandia. Ningún Gobierno americano era consultado. Decidía Washington la extensión de esas fronteras.
            Los sucesos de Panamá son más transparentes todavía. Un día, por un procedimiento semejante al de ahora, Mr. Wilson trabajaba el derrocamiento de un de un gobierno centroamericano para colocar en él a un acólito de la Wall Street. Se repite ahora la maniobra, exactamente pareja.
            No hay que olvidar que eso del armamento de los buques norteamericanos bajo banderas extranjeras no ha sido la única causa. Arias no cedía bases navales que pedían de nuevo los norteamericanos. No aceptaba los precios irrisorios que querían pagar los norteamericanos por nuevos terrenos de ensanchamiento de las bases aéreas ya existentes en tierra netamente panameña.
            América ha de vivir vigilante. Estamos seguros de que vive ya vigilante.