Paraguay 40 02 24
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Paraguay 40 02 24
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En el Paraguay continúa la comedia La SI 24/02/40 p. 6-7

            En Agosto pasado, cuando el general Estigarribia asumía el mando, publicábamos una corta crítica que titulábamos “Por mal camino. Paraguay en peligro”. Se hubiera tratado de un país poderoso, habríamos escrito esa crónica larga e implacablemente: tales eran las noticias que teníamos de cosas que no pasaban a la superficie y que, muchas veces, no puede el cronista siquiera nombrar, por no haber manera alguna de comprobar su veracidad fuera de la inaceptable de descubrir al secreto informante. Efectivamente, Paraguay marchaba por mal camino, pese a todas las apariencias. Y el peligro que vislumbrábamos ya no es peligro, sino realidad en estos instantes.
            Pero será bueno reproducir aquellas cortas líneas, que servirán de precedente a esta crónica:
            “El pequeño pueblo hermano ha iniciado en estos días una nueva Presidencia. El primer ciudadano del país es, desde ahora, el general Estigarribia
            Su nombre, conocido durante los años de la guerra fratricida, es respetado por cuantos recuerdan aquellas horas amargas para América, en que dos pueblos se tiraban de las greñas, con la añadidura de que había otros pueblos que estaban azuzando,  y aún respaldando, a uno de ellos.
            Estigarribia mostraba entonces  excelente disposición para el mando. Y, si bien han de medirse sus éxitos por el material y demás que recibía de la Argentina, no por esto se atrevería nadie a disminuir un adarme del mérito que se ganaba en buena lid.
            Fue una mala noticia la de que la candidatura del general iba propuesta por los viejos partidos que habían querido aquella guerra y que tan ineficazmente habían gobernado al país durante más de treinta años. Porque más del 80% del pueblo vivía al margen de las ventajas de la civilización, en pleno período colonial disfrazado de democracia.
            En la toma de posesión de la Presidencia, el general ha expuesto su programa: Democracia y Progreso. Y ha sido lamentable que ese lema, que es el mismo bajo el cual nada realizaron sus antecesores de veinte años atrás, haya sido usado ahora por el joven general, que entra a gobernar en un instante en que el Paraguay necesita gente nueva, procedimientos verdaderamente democráticos, acción decisiva.
            Porque aquel bilema sería sagrado, si no supiéramos qué cosa estaba debajo de él, por una experiencia terrible de cien años. era el lema antiguo bajo el cual no hubo ni democracia ni progreso. Esas dos palabras, en boca de quien nos las exhibe, tendrían un significado pletórico. Nada hay más hondo y necesario que una verdadera democracia. Y ¿quién se atrevería a decir que no quiere el progreso?
            Palabras vacías, manoseadas y desacreditadas en el Paraguay por largos años. y un gobierno nuevo en estas horas cruciales necesitaba no pronunciarlas, recordando siquiera que habían sido burladas durante décadas.
            Estigarribia, soldado de verdad, entenderá que el Paraguay no necesita que se le hable de democracia y progreso, sino necesita que se haga en realidad democracia y progreso”.
            Esto era todo. Y, bajo esta crítica pesimista –que contrastaba con el tradicional aludonismo de los diarios- se escondía la realidad, que solo ahora vamos a revelar.
            Como insinuábamos en ese artículo, el Paraguay había sido gobernado, durante casi medio siglo, por los libero-radicales, que asumen allá diversos nombres, ocultando una sola realidad: una minoría famélica de negociantes y profesionales que, de acuerdo con la minoría oligárquica argentina, desgobierna el país en provecho propio. Eran Gobiernos que prostituyeron los vocablos Democracia y Progreso, estableciendo la más terrible tiranía y el estancamiento más absoluto.
            La guerra, que esos políticos querían, en combinación con altos personajes argentinos, había de cambiar la mentalidad popular en relación con el ritmo de los tiempos. En ella el hombre del pueblo luchaba heroicamente por un ideal, dentro del cual no acertaba a ver “affaires”, petróleos y demás, en beneficio de una minoría insaciable. Concluía la guerra, y el pueblo se hizo presente: puesto que había luchado y él había llevado la cosa a buen término, mientras la minoría andaba por la Argentina emboscada en misiones, embajadas y otros lugares