Uruguay 40 11 12
Índice del Artículo
Uruguay 40 11 12
Página 2
Página 3
Página 4
Página 5
Página 6
Página 7
Página 8
Página 9
Página 10
Página 11
Página 12
Página 13

¿EE.UU. en el Plata? La SI 23/11/40 p. 1-6
Entrevista Roca-Guani. Entrevista Melo-Guani La SI 07/12/40 p. 6

            Con rebozo de neblina, como  cuan do en la penumbra ataca alguien por la espalda, nos vienen noticias de primera fuerza. Aun neblinosas, hay margen para adentrase en ellas.  Y todo hace adivinar que se acercan días cruciales, con una abultada matriz hinchada de imprevistos.
            Todo parece indicarnos que América, en alguna zona, está caminando por tierras bajas y fangosas, en que aún los ideales hunden sus alas en el barro. Y no sería de despiertos mirar con ojos bovinos un fenómeno cuyas proyecciones podrían llegar a ser una Panamenización del Continente.
            Problema de interés extraordinario, que ha de ser grato a todo paladar delicado: que esto tienen esos nuestros tiempos bienaventurados: que están empedrados de verdaderos problemas donde poder solazarse ampliamente el hombre que ama el juego divino de los acontecimientos en que interviene esa pequeña oruga que es el hombre; pero oruga que lleva aunque solo sea en un anillo del vientre, una pequeña luz a modo de obscura y torpe luciérnaga.

1. El  Hecho
            Un día –en estas columnas largamente estudiado, tal vez las únicas en que ha sido largamente estudiado- aparecían en Montevideo (allá por las lejanías del 1933) embajadas norteamericanas, que predicaban la Buena Nueva. América se hallaba reunida en Conferencia Panamericana (sesiones siempre navegantes entre los escollos de la Pequeña Malicia y de la enorme Esterilidad), y ante ella comparecían densas comisiones procedentes de Norte América para explicar que, arrepentidos y confesos, estaban decididos los norteamericanos a caminar por nuevas rutas, menos imperialistas y más nobles.
            En la Comisión venían ya los nombres hoy día sobre el tapete de la discusión internacional: Cordell Hull, Summer Wells y Compañía. Su voz era tierna y humilde, sus miradas contritas, y la alforja de las buenas intenciones cargaba muy abultada sobre sus pecadoras espaldas.
            ¿A qué iban esos hombres extraordinarios, empapados de buenas palabras, a postrarse ante la Conferencia de Montevideo? ¿Iban a devolver las anchas y feraces provincias que sus ilustres predecesores, los hombres de garra de antaño, habían democráticamente escamoteado a Francia, a Méjico, a Colombia, al primer pasante que tuviese cara de tonto o que anduviese atribulado en acontecimientos que no les permitían la defensa? ¡Oh, la bondad humana, que llega a veces a las heroicas alturas de la restitución de lo que ha agarrado por la espalda, blandiendo la dictadura internacional envuelta sigilosamente en doradas envolturas democráticas!
            Pero no se avance la ingenua crítica. Ciertamente que suceden cosas que pasman a los hombres por tratarse de actos eminentes y virtuosos. Pero en este caso no era así. En Montevideo acudían Mr. Cordell Hull y sus agregados cordialmente dispuestos a dos cosas: a abominar y condenar y anatematizar los actos de rapiña internacional de sus predecesores; y a quedarse ellos con el fruto jugoso de esas rapiñas. Que la buena intención no ha de ser óbice para que la avidez ande suelta, siquiera sea para dar razón a Horacio cuando nos contaba la esencia de la humana naturaleza humana consistente en “ver lo mejor y probarlo…pero realizando lo peor”.
            Mr Hull y los suyos llegaban a Montevideo con ceniza en la frente y el sayal de penitente sobre sus carnes bien apacentadas. Pero eso era un pequeño disfraz. Allí se comenzaba a poner sobre la mesa un problema que había de tratarse constantemente: obtener las suculencias apetitosas del comercio americano; y, siempre tras el dólar el cañón, obtener también bases navales y aéreas…para que esos demonios de alemanes y japoneses no se apoderasen de América.
            Quedaban creados el Ideal y el Pretexto. Le faltaba a este el nombre acertado. Los norteamericanos son pobres en gramática y semántica. No han encontrado todavía nombre propio para su país. Pero, allá lejos, un navarro de imaginación, envuelto en la pólvora de la