diplomáticas 40 11 y 12
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Diplomáticas. Nueva Diplomacia La SI 02/11/40 p. 16
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Diplomáticas. Nueva Diplomacia La SI 28/12/40 p. 9
Diplomáticas. Una mala medida La SI 21/12/40 p. 15
Diplomáticas. Tres clases de emigrados La SI 21/12/40 p. 15

                                                           V111
            Al intentar perfilar las líneas esenciales de una Nueva Diplomacia, hay que insistir en uno de los cimientos del problema: la diplomacia no es un instrumento para hacer salir a flote cualquier causa, buena o mala, sino un instrumento para hacer salir a flote soluciones honradas y hallar fórmulas honestas y saber imponerlas hábilmente. No se trata de un abogado capaz de defender al cliente tenga o no razón, sino un médico capaz de entender la razón y de saber imponerla limpiamente.
            De ahí surge, inmediatamente, una doble línea directriz: una, de fondo, otra de forma. Una que responde a la interrogación “¿Qué debemos proponer?” y otra que responda a “¿Cómo debemos hacerla triunfar?”  Una que nos posibilite hallar la fórmula. Otra, que nos haga hábiles para hacerla viable.
            Quisiera insistir en este doble objetivo de la Nueva Diplomacia, porque está en desacuerdo absoluto con la Vieja. Hemos pronunciado la palabra “abogado”; y será bueno explicarla para, paralelamente, poder aclarar lo que entiendo por doble objetivo.
            Un libro del famoso político español Ángel Osorio y Gallardo –ahora completado por aportes hechos por él mismo en Conferencias das en América- examina el problema de la moral “abogacial” y tira derecha e implacablemente contra el jurista que, en sus manos una clientela determinada, se cree en la obligación de hacer triunfar los intereses, cualesquiera que sea su calidad moral, de los problemas que debe resolver.
            Ha entrado en la misma médula de la profesión abogacial –y de ahí la causa máxima de su decadencia- el que la tesis del cliente propio debe ser defendida por encima de todo. no importa que en la conciencia del abogado haya la convicción de que su cliente no lleva razón. Hay que defenderlo. Entonces, se entabla una lucha, en el fuero interior del abogado, entre “lo que cree justo” (la tesis contraria a su cliente) y lo que “entiende debe defender” (la tesis de su cliente). Y comienza la batalla, en orden de combate todas las mañosidades, todas las falacias, todas las figuras lógicas o ilógicas, para lograr que, en el interior del criterio del abogado, la mala fe venza a la moral y el derecho.
            Estamos, en este caso -en el 99 por ciento de casos- situados, no en el terreno de la Moral, del “suum cuique”, de la limpieza de conciencia, sino en la zona del sofisma, en la estrategia del engaño, en el acomodamiento moral –o inmoral- en plena Simulación de Derecho. El abogado se torna, entonces, por muchos que sean sus cartones universitarios, Tinterillo. Y la Escuela de Derecho, deviene Escuela de los sofistas.
            Un abogado que se precie habría de rechazar siempre, salvo en el ramo criminal, una causa injusta, consistiendo todo su deber en hacer resplandecer esta justicia ante la conciencia del juez. Los filósofos helénicos que se preciaban de defender igualmente lo justo y lo injusto, podían ser alabados de prácticos y hasta de hábiles. Más, estaba muy lejos de ellos la filosofía.
            La vieja Diplomacia había caído secularmente en el mismo vicio. Un Gobierno se proponía una finalidad determinada, justa o injusta, esencialmente moral o claramente inmoral. No importaba ese dualismo calitativo. El político y el diplomático debían hacer triunfar la tesis, sea mediante una argumentación sofística, sea mediante amenazas orales, sea –en último extremo- mediante el uso de la fuerza.
            La Nueva Diplomacia está abriendo cauces completamente distintos.

Diplomáticas
Nueva Diplomacia
09/11/40 p. 12

                                                           1X
            Quien conozca la historia contemporánea sabe bien que la Vieja Diplomacia, como decíamos, estaba obligada a defender cualquier tesis, cualquier solución, sin tener en cuenta esas