sector internacional 33 04
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El Japón se separa de la Sociedad de Naciones La SI 10/04/33 p. 1
Las tonterías de los cuatro grandes La SI 10/04/33 p. 1-2
Preámbulo a una nueva tentativa de Desarme La SI 17/04/33 p. 2
La Diplomacia abierta, característica de la Post Guerra. La cerrazón de la Diplomacia abierta La SI 17/04/33 p. 3
Una desesperada Junta de médicos: la Pre-Conferencia de Washington ofrece un nuevo espejismo a la credulidad mundial La SI  24/04/33 p. 1-3, 5

            Gime la tierra de dolor en medio de una crisis tan compleja, abarcadora de todos los órdenes de actividades. Los problemas se anillan formando cadena. Y cada día trae su propio afán, que aumenta trágicamente el haz de los afanes anteriores.
            En el Extremo Oriente la guerra chino japonesa ha engendrado ahora una cuestión nueva. La Sociedad de Naciones ha dicho sobre la internación del Japón en la Manchuria una opinión condenatoria. Y el Japón, apelando a los derechos que le da el art. 1 del Pacto, ha anunciado oficialmente esta semana que se retiraba de la sociedad.
            Ello habría tenido una importancia siempre grande; ; pero esa importancia ahora ha llegado a ser extrema, por plantear este retiro la cuestión  de las Colonias Alemanas que el Tratado de Versalles entregó al Japón en calidad de mandato.
            a) El Japón había formado en la Liga desde los días de su formación misma. Tenía en el seno del Consejo un representante permanente, considerado aquel país como una de las grandes potencias que realizaron la guerra.
            Se ha escrito mucho contra la Sociedad de las Naciones, con harta razón demasiadas veces. Se le ha criticado en todos los tonos. Merecidamente, en infinitas ocasiones. Pero una cosa reconocerá quien serenamente piense: que ella, cuando menos, era una amenaza para los grandes países avezados a realizar su voluntad contra viento y marea.
            Cuando el Senado norteamericano condenaba las ideas de Wilson, y se negaba a que Estados Unidos entrase en la Sociedad de Naciones, se habló mucho en el Parlamento de varias razones que impelían a la gran República del Norte a no ser miembro de la sociedad ginebrina. La prensa mundial –por medio de sus ligeros críticos y de alegres corresponsales- repetía a la saciedad esas “razones”. Nosotros tuvimos, ya entonces, que discordar, como tantas otras veces hemos tenido que hacerlo. Estados Unidos tenían una sola razón para no ingresar en la Liga: el poder operar libremente en el mundo, en especial en el mar Caribe, sin tener que comparecer a juicio ante representantes de pequeños países, que, a lo mejor, se levantaban a pedir explicaciones. Estados Unidos querían manos libres en su política internacional. Ni pactos, ni ligaduras, ni críticas, ni condenaciones. Por eso no entró en la Liga de Ginebra.
            El Japón -los Estados Unidos de Extremo Oriente- entró en la Sociedad ginebrina, como entraron otros grandes países, para poder pescar colonias alemanas y otras finalidades parejas. Y al estar dentro, se colocaba en una reunión en la cual cada uno, según Convenio, podía criticar las andanzas internacionales de los demás.
            Esto era mucho. ¿Cuántos disparates dejan de cometer los hombres por miedo a la crítica justa del vecino aceptado como juez? La “última ratio” de los grandes pueblos es –ha sido siempre- el “me conviene”, subrayado por la fuerza bruta. ¿No quedaba un poco limitado ese imperialismo de la fuerza por el hecho de formar en una sociedad en el cual el atropellado era miembro, parte, acusador y juez?
            Toda gran potencia que se retira de la Sociedad de Naciones constituye un nuevo inminente peligro. Se halla con las manos más sueltas. Y ¡qué manos y qué soltura!
            De ahí la importancia –desfavorable- del retiro del Japón. Tendrá ella su causa o su pretexto. Es esta una cuestión aparte. Independientemente de ella, el retiro mismo tiene una capital preponderancia. El Japón, hambriento y falto de suelo, operaba a manos sueltas por esos andurriales manchurianos. Operará, ahora, con las manos afanosas de pegar y de agarrar.
            Pero, el verdadero gran problema planteado es el que surge de las colonias que tiene en Mandato de la Sociedad de Naciones, según la parte lV del Tratado de Versallles.
            Los países vencedores tienen un afán extremo en comerse las colonias alemanas, que la actividad del Imperio había colocado en un pie especialmente interesante. Australia miraba afanosamente hacia el norte, donde la Nueva Guinea le ofrendaba los senos ubérrimos de un suelo tropical. Sud-Africa y Gran Bretaña guiñaban el ojo ávido hacia la doble Africa oriental y occidental alemana. Y el Japón, cateador de nuevos suelos como hay pocos, tenía su corazón puesto, no ya los ojos, en las colonias alemanas de la Micronesia. Allí están las Marianas y las