sector internacional 33 06 12
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Hoy día se alza el telón para el 28º acto de la Tragicomedia Mundial. Apertura de la Conferencia Económica (de Londres) La SI  12/06/33 p. 3-4
Documentación lX  Los 14 “Principios” del Presidente Wilson La SI 12/06/33 p. 9

Hoy, doce de Junio, se reunirán, solo para conocimiento personal mutuo, las delegaciones a la Conferencia Económica de Londres. Y mañana, 13, se abrirá formalmente una reunión que, al decir de tantos, ha de tener una trascendencia decisiva en la solución de la crisis mundial.
(...)
Notemos para abrir una crítica a esas deliberaciones, algunos aspectos de esas Conferencia, famosa antes de ser iniciada, seguramente más famosa que cuando el comienzo ponga en evidencia la efectividad de su labor.
El programa que los iniciadores de la Conferencia se han trazado hace prever un fracaso probable de la reunión.
Antes de detallar ese programa, entraron en comunicación los distintos gobiernos. Inútil es decir, que, salvo numerosos lugares comunes (que, precisamente, por ser comunes, no necesitan conversaciones ni Conferencias), han sido bien escasas las  concordancias. Cada país creía que habían de tratarse distintas materias, y cada uno miraba esa Conferencia, no como una posibilidad de general arreglo, sino como un camino para continuar haciendo prevalecer sus propios intereses.
Constituye una aberración a primera vista ya, que las deudas de guerra no formen parte del programa. Cierto que ellas constituyen otro problema vis a vis de la lucha aduanera; pero esto nadie lo niega. Es otro problema, pero que está condicionando las bases mismas de la cuestión.
Entra en el programa la cuestión aduanera. Con libertad de comercio la economía mundial marchaba mal. Establecida la restricción y cercenada la libertad, la economía ha continuado por la pendiente que había iniciado antes. Ahora bien, esas altas barreras fueron establecidas precisamente porque los pueblos deudores –Alemania especialmente- vendía a mal precio sus productos y barría los productos británicos y norteamericanos en sus propios países.
No es porque no lo hubiésemos notado, en el mismo instante en que se obligó a Alemania a pagar ingentes sumas que establecieron las Conferencias posteriores al Tratado de Versalles. Francia y otros países se entretenían azotando el aire con grandes cañas, considerando el aspecto concerniente a si esas deudas  eran o no eran legítimas y justas. No supieron ser realistas, ateniéndose a los hechos y a las consecuencias que de ellos habían de resultar. No supieron comprender la relación última –fuera del todo de la zona de la justicia- entre un país que ha de pagar en oro en el exterior y las exportaciones, único camino para que el oro pudiese ser habido y las deudas pagadas. De ahí nuestra insistencia (en la cual convenía últimamente el ministro de relaciones norteamericano, Hull) en el dilema terriblemente trágico: o los deudores baten en los mercados a los acreedores y con ese oro les pagan; o se aísla a los deudores mediante altos aranceles y entonces no tienen oro ni pueden pagar (3)
            Esa nuestra insistencia procedía de la zona de la evidencia. Ni en esa zona alcanzan a ver los miopes grandes economistas de estas horas.
            Pasó lo que había de pasar. Mientras Alemania pudo barrer a los demás de los mercados mediante un dumping de precios a que la forzaban los acreedores mismos, ella pagaba las deudas. Desde el momento en que no pudo barrerlos a causa de las aduanas cerradas, Alemania no pagó las deudas. El dilema había sido satisfecho enteramente.
            En la Conferencia actual está como punto primario un principio de “open door”, abatiendo las altas murallas aduaneras que obstaculizan el comercio mundial. ¿Es esto algo nuevo? No. Es, simplemente, retornar a las condiciones anteriores a 1927 y 1922. ¿Pueden abatirse esas barreras sin que los deudores empuñen otra vez el látigo del dumping –de un dumping inconfesado- y barran nuevamente de los mercados mundiales a los acreedores?
            No. La cuestión aduanera no puede tratarse siquiera sin relacionarla estrechamente –mejor, sin reconocer la relación estrecha que existe- entre las deudas internacionales y el comercio exterior. Y solo cuando concreto y humano se haya determinado sobre deudas,