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La Conferencia de Londres ha muerto. R.I.P.  La SI 10/07/33 p. 1-3 

Si el azar no nos proporciona para la próxima crónica sucesos mayores, esperamos ahondar en esa ocasión sobre las causas de ese fracaso, que será histórico. Hoy día, nos limitaremos a constatar el hecho del fracaso y a recordar  que estaba ya prevista desde estas columnas.  (p. 1 col. 1)

Ciertamente, que cuanto se ha oído en esa Conferencia no traspasa todo lo que hubieran podido decir los doctos académicos de una flamante Academia de alguna ínsula de Barataria. Cosas trasnochadas, teorías rancias, aquellos bizantinismos de antaño sobre una economía recalentada. Adocenamiento, vulgaridad, ausencia absoluta de una sola idea nueva o de una solución luminosa.
Así ha muerto esa reunión, cuyo cadáver continúa expuesto en Londres... (p. 1 col. 5)

b) No seremos nosotros los extrañados. Había que ser torpe observador para alentar una esperanza sincera.
Cuando se abrió la reunión, decíamos aquí: si hemos de juzgar de los resultados futuros por los hechos pasados, el fracaso será ineludible, inevitable.  (p. 1 col. 5)

Es interesante ver quién ha estado en esta Conferencia. Y sería de un interés primordial que la lista de esos conferenciantes fuese cotejada con otras dos listas: la de los que formaron la Conferencia Económica de 1929 y la de los que, en sus respectivos países, no han sabido conjurar siquiera un cacho de crisis mundial. (p. 1 col. 5; 2 col. 1)
Repasando los nombres de los conferenciantes, de los cuales los cables nos han nombrado no menos de dos centenares, se ve la coincidencia entre esas tres listas. Sobre todo al concretarnos en “los grandes”... queda evidenciado que se trata de las mismas personalidades...
Ya aquí, ante esa identificación... era fácil al crítico deducir previamente algún juicio. A cualquiera que hubiese hecho funcionar el sentido común, se le acude que, fracasado un doctor, no es posible corregir la anterior torpeza mediante un nuevo tratamiento recetado por el doctor mismo...   ¿Podían dar con el remedio los cerebros incrustados en una economía  que pasó a la historia habiendo dejado un reguero de guerras y catástrofes, o los improvisados caudillos de los grupos políticos, generales en estrategia electoral, pero ayunos de soluciones que solo pueden brotar de un cerebro que sepa auscultar integralmente, delicadamente, calladamente, el pulso mundial? (p. 2 col. 1).

c) La mayor parte  de corresponsales, aún los norteamericanos, registran el hecho de achacar todos -la inmensa mayoría cuando menos de críticos- el fracaso de la Conferencia al presidente Roosevelt.  Aconsejaríamos al lector andar con parsimonia a este respecto... (p. 2 col. 2-3)
... hay que andar con parsimonia en cuanto a la responsabilidad de ese fracaso, que no creemos esté  en la conducta o en las ideas de Mr. Roosevelt...  (p. 2 col. 3)
... La causa concreta del fracaso  de la Conferencia es compleja...  (p. 2 col. 4).

d) Paralela a esa escasa esperanza que habíamos avanzado acerca del éxito –del fracaso- de la Conferencia, estaba otra insinuación, que hay que recordar aquí: no nos parece desalentador ese fracaso, sino buen signo de próximos mejores tiempos.  (p. 2 col. 4)
En el proceso de avance de las sociedades, se da siempre un procedimiento que ha de infundir buenas esperanzas. Es éste: las evoluciones que determinan un fin de época –y, por lo mismo, un comienzo auroral de una nueva edad- han registrado siempre esa incapacidad solucionadora.
Piénsese en la caída del Imperio Romano...  ¿No inventaron los romanos precisamente        -pueblo de gran sentido común- una sentencia famosa a este respecto? “El quos Jupiter vult perdere prius dementat” es un aforismo que entraña una estupenda sabiduría, especialmente en el sentido de