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Macchiavelo y Pantagruel, huéspedes en Londres La SI 17/07/33 p. 1-3

(sobre la idea de Macchiavello y la política y diplomacia  moderna ver artículo “La mujer, la astucia y Macchiavello. Divagaciones alrededor del problema “Eva, Embajador” en La SI  24/07/33 p. 6-7)

            La Conferencia Económica de Londres ha fallecido. En esta semana la han enterrado, bajo una fórmula generosa: “queda aplazada por quince días, después de los cuales reiniciará sus  labores, prometiéndose para entonces soluciones definitivas”.
            Es la ilusión del tísico, que imagina grandes cosas a hacer en la vigilia de su muerte. Las fuerzas se le han reconcentrado, en final empuje de defensa. La mente se le aclara, la sangre le aviva, el corazón le late, los miembros recobran vigor, y los pájaros de la ilusión comienzan a revolotear tejiendo un mundo maravilloso de cosas azules; se proyecta lo que se va a hacer –las grandes y lindas cosas que se va a hacer- dentro de ocho días, cuando salga el sol y las fuerzas sean recuperadas. Finiquitado el plan, dobla el enfermo la cabeza y se va...
            No será extraña a nuestros lectores esa muerte por inanición. Al reunirse la Conferencia, la poníamos piadosamente en capilla. El Lunes pasado le escribíamos el “Requiescat in  Pace”.
            No podía ser menos.
            Largamente hablará la crítica de esa degenerada reunión, que se ha llevado la palma en cuanto a impotencia. Tendremos que volver nosotros sobre su cadáver, cuando se decidan, por fin, a darle piadosa sepultura. Sin embargo, será interesante reflexionar hoy sobre dos aspectos de ella, paseando por los entretelones que, por parte de muchos, hay en interés en hacer pasar inadvertidos.
            Si quisiéramos dar rótulo sugestivo a esas reflexiones, las titularíamos así: “Macchiavello y Pantagruel presiden la Conferencia”.

            a) El inmoral tratadista de cosas internacionales, que siglos atrás dio en su libro “El Príncipe” la norma de la política felina, ha estado presente a las reuniones de esa reunión infeliz. Si alguien quisiera resumir en una sola frase todos los escritos del maestro de la moderna diplomacia, podría hacerlo así: “se necesita ser tigre y zorra”.  Y al resumir a ese hombre con esas palabras no haríamos más que copiar frases suyas al pie de la letra. Se necesita ser tigre, cruel, incompasivo, ávido e insaciable. El león de la fábula, que parte calmosamente la presa, y se queda todas las partes para sí. Ese es el fin. En cuanto a los medios, hay que ser zorra, es decir, astuto, desleal, insincero y mentiroso. Cruel y acaparador en el fin. Astuto en los medios. Ese el el doble ideal maquiaveliano del político modelo.
             Un episodio interesante puede servirnos de ejemplo para comprender las maneras y zorrerías de vulpeja de la diplomacia hoy actuante en Londres y sus alrededores.
            Los telegramas de estos días nos hablaban de una campaña furibunda que el diario de Eduardo Herriot. “L’Ere Nouvelle”, está haciendo contra Mr. Roosevelt y la política del gobierno norteamericano. Se trata –es opinión de ese gran político francés- de “una inaceptable coacción, de un verdadero despojo con el cual Estados Unidos quiere beneficiarse a costa desleal de los demás países. Y hay que declarar a esos fines y a esos métodos, guerra a ultranza”.
            Quien habla así no es un indocumentado. Es el mismo delegado que Francia mandó a Washington, hace solo dos meses, en las vigilias mismas de la Conferencia Mundial, y lo mandaba allá precisamente para que se echaran “de común acuerdo” las bases de la Conferencia. Hay que recalcar esto, para que se pueda reflexionar lógicamente sobre ese hecho.
            Herriot llegaba a Washington en la mejor situación. Precisamente si podía haber una persona grata a la Casa Blanca, era ese eminente jefe del partido radical-socialista, que ha defendido siempre que Francia ha de pagar sus deudas a Estados Unidos, sean cuales sean las condiciones desventajosas del erario nacional. Llega a Norte América y celebra media docena de largas e íntimas reuniones con Mr. Roosevelt. Demasiado íntimas. Porque ambos personajes, que son partidarios acérrimos de la diplomacia abierta  -cuando los diplomáticos no son ellos- se encerraron en el más absoluto mutismo en cuanto a explicación de lo tratado. Se dio, sin embargo,