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Italia ante la Sociedad de Naciones La SI 18/12/33 p. 4

            Benito Mussolini ha renovado un problema que, diez años atrás, planteó Argentina, cuando los supremos destinos de esa República los llevaba en sus manos férreas el presidente Irigoyen.
            Teníamos, desde el número pasado, una crítica hecha a esa propuesta mussoliniana. No coincidíamos, ni podríamos coincidir, con lo que los corresponsales “decían que dijo” Mussolini. Implacable crítico de la institución ginebrina he sido siempre. Siempre, empero, bajo esa base: que una Sociedad de Naciones –más concretamente: que esa Sociedad de Naciones- es, no sólo interesante, sino absolutamente necesaria.
            Férvidos defensores de una reforma básica de la Sociedad ginebrina, no creemos que una reforma deba destruir lo reformable. Y equivalía a destruir la institución de Ginebra el proyecto de Mussolini: el proyecto que los corresponsales ponían en boca de Mussolini.
            Tenemos, ahora, no solo sospechas, sino la convicción clara de que la propuesta mussoliniana no es lo que han atribuido al Duce los corresponsales. Tenemos por seguro de que se repite el caso –tantas veces notado en estas crónicas- de que los corresponsales hayan tomado el rábano por las hojas, desnaturalizando con la mejor intención la esencia del plan mussoliniano.
            Esperamos, pues, noticias exactas, que no han de tardar en llegar, lamentando una vez más no poder contar siempre con corresponsales capaces de no confundir la esencia de las cosas con la fraseología envolvente o los derivados estratégicos, que miran al público, pero no a las cosas mismas.