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La agonía de las deudas internacionales La SI 25/12/33 p. 4-5

            Una de las tragedias más dolorosas de estos tiempos, nos viene de los días sangrientos de la guerra, con el nombre de Deudas Internacionales, o, también, aunque la frase no es muy exacta, Deudas de Guerra.

            Voy a probar de resumir un problema que ha dañado tan hondamente la economía mundial, así como las relaciones políticas entre los diversos pueblos.

            a) Durante la guerra, los pueblos aliados, con toda su juventud al frente de batalla, no tenían elementos humanos para la producción de todo el material de guerra necesario. Tampoco tenían suficiente dinero para ello.
            Estados Unidos estaban en distinta situación. Durante la primera mitad de la guerra (1914-16) Norte América no tomó parte en la contienda. Y sus millones de trabajadores trabajaban intensivamente para los beligerantes de Europa.
            (Hagamos un paréntesis. De ahí arranca, precisamente, la enorme riqueza norteamericana, especialmente de sus poseedores de negocios. Norte América al comenzarse la guerra en 1914, no nadaba ciertamente en dinero. Tenía una deuda bien seria. Sus exportaciones no eran muy voluminosas. Su producción distaba mucho de ser gigantesca. Comenzó a serlo con la guerra. Fabricaba vertiginosamente. Todo era comprado apenas producido. Aumentaba su producción, multiplicaba sus talleres, sembraba miles de hectáreas. Todo lo absorbían el enorme vientre de 10 millones de combatientes y también las apocalípticas ofensivas, en las cuales, en 8 días de infierno bélico, se gastaba lo que habían fabricado en tres meses veinte millones de trabajadores).

            El productor norteamericano, ningún productor, deja de aprovecharse de las circunstancias cuando se presentan favorables. A la ocasión la pintan calva. Así es como aquel pueblo, no solo fabricaba en sus talleres millonadas de cosas, y producía en sus campos millonadas de toneladas de productos, sino que también cargaba la mano dura en los precios. Oferta y demanda simple y desnuda: todos querían comprar. Estados Unidos, él solo, ofrecía en grande. Precios de guerra.

            El sistema de compra-venta, ofreció infinitas variaciones. Pero, en general hablando, funcionaba así: Francia, Gran Bretaña, otros pueblos compraban, es decir, que el comprador era un gobierno; no, particulares. Compraban a los particulares norteamericanos, por medio del gobierno norteamericano, el cual pagaba las compras y quedaba como acreedor de los gobiernos compradores.
            ¿A cuánto subieron esas deudas de gobierno a gobierno? Baste una cifra, que es fantástica: más allá de 150 mil millones de dólares: un 15 seguido de diez ceros astronómicos.

            b) Apenas acababa la guerra, se entablaban dos procesos tan cómicos como interesantes. Cómicos, por la ingenuidad con que hombres que saben que existe S.M. el Lápiz y su Corte de Cifras, edifican soberbios castillos en el aire.
            El primer proceso fue aquel tan conocido cuento de la lechera aplicado a Alemania. ¡Cómo estarían de ciegos, cuando hasta ese lince de Clemenceau y esotro hombre cuerdo  que es Poincaré, cayeron de bruces sobre el problema! Las cuentas galanas se desarrollaban así: los países vencedores deben a Estados Unidos una racha de miles de millones, pero los pagará Alemania. Y Alemania, además pagará la reconstrucción de las regiones devastadas y las pensiones de guerra de todos los mutilados durante el gran conflicto.
            M. Clemenceau escribía así al jefe de una oficina ministerial: “es necesario rápidamente sumar cuanto han de pagar los vencidos. No perdonéis un sueldo –el famoso “sou” parisién, 5 centavos-. Apuntad todo.  Hay que conocer las cifras para obligar al vencido a una rendición de cuentas inmediatas y completas”.