sector internacional 36 01 11
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En las maniguas de la selva humana. Homo homini lupus (conclusión) La SI 11/01/36 p.1-2, 12 
España en llamas. La guerra social ha explotado en España, envolviéndola en una doble llamarada de llamas materiales y de odios. Es el siglo XlX que se hunde(17) La SI 05/12/36 (17) p. 10-11
España en llamas. La guerra social ha explotado en España, envolviéndola en una doble llamarada de llamas materiales y de odios. Es el siglo XlX que se hunde(20) La SI 26/12/36  p. 5-6

 desocupados que perciben ayuda financiera del gobierno y que no quieren trabajar o atender a las necesidades de sus respectivas familias, agregando que el nivel moral de éstas  no podías ser levantado con “educar” al hombre solamente.
            En consecuencia, las familias cuya moralidad deje que desear serán enviadas a esos campamentos por el término de un año, y después de cinco meses de permanencia en ellos se les concederán ciertos favores como recompensa por su buena conducta. Si la educación da frutos, las familias serán devueltas a la vida común, pero en el caso contrario se les considerará “socialmente inaptas por herencia”, tratándoselas entonces de acuerdo con su nivel moral.
            Podríamos menudear textos semejantes.
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            Pero es en la educación de la juventud donde cada grupo lleva su vanidad a convertirse en un Papa laico e infalible, dispuesto a educar por la fuerza bruta a los pequeños según las idea del gobierno.
            Confesemos que esto tiene sus antecedentes en los partidos liberoprogresistas del bullado siglo XlX. Se decían estos democráticos. Tenían una especial mentalidad para compaginar esta base democrática con esta otra: el gobierno educa a los niños como les da la gana. El liberalismo tenía ansias de formar a la niñez a su imagen y semejanza. Y así entendía que era la democracia. Defecto mental evidente, del que estamos libres, los que operamos sobre cimientos indestructiblemente democráticos.
            Es, ahora, este ideal una especie de Furor sacro, de Tempestad arrolladora. Todo gobierno realiza mil esfuerzos y se contradice, sí, necesario es, diez mil veces, a condición de poder formar a la juventud según su propia imagen.
            El soviético ruso no tolera una escuela que no se confiese en comunista, sea Lenin en la fachada  y el beato Karl Marx en el corazón. El hitlerista forma sus escuelas moldes y echa en ellos la materia prima alemana. El libre pensador democrático francés entrega los niños al molde socialista aburguesado. El fascismo italiano comienza el “encuñamiento humano” desde la mamadera. Todos los gobiernos capitalistas se apresuran a suprimir las escuelas comunistas y socialistas, y viceversa los gobiernos de izquierda social.
            Los maestros y profesores contrarios a los gobiernos son radicalmente eliminados. Y en los niños son ya perseguidas y odiadas las opiniones. El 31 de Diciembre pasado eran arrestados en una ciudad austríaca 6 estudiantes secundarios, jovencitos de 13 años, por hablar en elogio de los nazis, siendo desterrados como leprosos.
            Ridículos deseos de unificación humana, que ya serían absurdos, si no llevasen a la consecuencia  de la ferocidad y el odio. Inhábiles deseos de “tipo único”, standarizado, mecanizado,  ajeno a la naturaleza humana que, siendo inteligente y libre, tiene en su misma base la diversidad, la plurificación idealística, la distinción: que no en vano la sabiduría popular llama “distinción”, es decir, selección, elegancia, nobilidad, a lo vario, a lo distinto. Dios ha entregado el mundo a las disputas de los hombres. Cuanto se haga para eliminar esa discrepancia, no sólo es vana cosa, sino también, extrahumana.
            Por lo demás, de finalidad caótica y anárquica. Porque, si, en cada país el tipo dominante creyese necesario unificar todo para imponerse al mundo, tampoco se lograría llegar a esa meta dominadora. Porque los tipos nacionales unificados serían varios y antitéticos -el comunista ruso, el fascista italiano, el católico austríaco, el ateo mejicano, etc.- y no parece posible al sentido común que, entre cien, todos ocupen el primer puesto y pongan el pie sobre la cerviz de los demás.
           
3 S.M. el Miedo