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La segunda derrota de la ONU La SI 13/04/46 p. 3-4

            En estos momentos acaban de dar sepultura al cadáver, ya momificado de meses, de la famosa Sociedad de Naciones de Ginebra. Que en paz descanse. Habíamos anunciado su muerte meses atrás, sin que lograrse enterarse los más altos funcionarios ginebrinos, que seguían cobrando sus hermosos pingües sueldos como si tal cosa. Ahora acaban de recibir la tarjeta de defunción, aunque, en su inmensa mayoría, con nuevos puestos (y sus corolarios monetarios) en la nueva Sociedad de Naciones Unidas por mal nombre, la ONU.
            Esa famosa Liga ginebrina tenía numerosos defectos. Uno de ellos, muy grave, su inconsciencia: creía ingenuamente que hacía grandes cosas, por más que las realidades habían de decirle lo contrario: un fracaso universal y seguro.
            En alas de ese “criterio” se daba el gusto de enjoyarse con famosos triunfos a cada uno de sus fracasos. Y no sólo lo creía ella, tal vez de buena fe, sino peor: llamaba el bien rentado secretario a los corresponsales de la prensa libre; y, ejerciendo de pachá oriental y los corresponsales de libertad e independencia, les dictaba sus órdenes, fielmente acatadas:
            Telegrafíen ustedes nuestro último éxito. Acabamos de declarar el boicot a Mussolini respecto a Etiopía. No han de decir ustedes  que le venderemos cuanto petróleo necesite: esto es sagrado. Tampoco hay que decir que la Comisión de No Intervención que acabamos de nombrar, es para marginar la intervención italiana para Franco. Eso son minucias sin importancia y deben callarlas. Lo que debe ser ruidosamente propalado es nuestra victoria sobre Mussolini y la labor efectiva, y el triunfo completo, de la Sociedad de Naciones.
            Y los libres corresponsales de la prensa libre anotaban. Y obedientemente lanzaban a los cuatro vientos los triunfos últimos de la Liga.
            Y así fueron todos, sin excepción, en cuanto a política internacional. Una pequeña gran broma.
            Es necesario este pequeño prólogo, no sólo para recordar que hay entierro en Ginebra, sino también para mostrar las  semejanzas (se compara un huevo con otro huevo) entre Ginebra y la nueva Sociedad de Naciones, cuyo nombre parece ser ONU, o algo semejante.
            Hace tiempo que había en Persia un problema planteado entre Rusia ocupante y el país representado por su actual gobierno Quisling aliado. Rusia y el Soviet estaban empeñados en realizar en Persia lo mismo que realizan en Persia y en los demás países Gran Bretaña y Estados Unidos: tener al país bajo sus órdenes y agarrar la totalidad del petróleo iranés. Además, segregar del Irán las zonas kurdas, armenias y asirias.
            Notemos que esto último es la costumbre inglesa y aún la costumbre norteamericana. Gran Breña, después de la otra guerra, separaba de la Arabia  Adén, Hadramaunt y el sultanato de Kuwait. Y agarraba esas tierras, y sometía a la esclavitud imperialista a sus habitantes. Separa de Grecia la isla de Chipre, y a fuerza de armas la somete a sus despotismo. Y así del resto. Norte América separaba trozos de Cuba y se los digería con el nombre de Bases Perpetuas. Ha agarrado recientemente la Eritrea, parte de Etiopía independiente, y allí se ha quedado. Y también así del resto. Tío Sam y Tío Tom se parecen en todo, menos en una cosa: en que, para el Tío Tom ha de dominar el imperialismo inglés, mientras que para Tío Sam, ha de dominar el imperialismo yanqui.
            Rusia quiere terciar en la contienda. Por la razón o por la fuerza. Y he aquí el caso iranés, enojadas las cancillerías de raza inglesa por querer Rusia realizar lo mismo que ellas están realizando en Persia y fuera de Persia.
            El desarrollo de este problema, de una sencillez pasmosa, es como sigue: durante la guerra, los aliados atropellaban la soberanía persa, invadiendo el país y apoderándose de sus productos. Como Rusia era necesaria por estar sacando para los aliados las castañas del fuego, se repartían el país democráticamente y ponían en él un gobierno títere-democrático: los rusos se quedaban con el norte y los ingleses el sud de la parte oriental, es decir, de la rica en petróleo. Los norteamericanos se limitaron a poner algunas tropas en el resto del país, munidas de varios ingenieros, que estaban husmeando nuevos suelos petroleros. Un Tratado firmaban todos con el gobierno títere por el cual se comprometían a abandonar el país una vez terminada la guerra.