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Otro cero: los cancilleres se reúnen otra vez La SI 20/07/46 p. 1-2

a) Los dictadores aliados se han reunido otra vez la prensa aliadófila opina que no se ha llegado a conclusión alguna. El canciller norteamericano, uno de los reunidos, cree que ha tenido éxito. Pero las opiniones tienen escasa importancia ante los hechos. Examinemos, por tanto, los sucesos acaecidos.

Acerca de esas y semejantes Conferencias se ha dicho en estas columnas bastantes cosas. Ellas, unidas al recto opinar de nuestros lectores, son suficientes para pensar sobre esa reunión de una manera adecuada. Porque lo positivo, y lo único decente, no es opinar, sino saber opinar según los hechos objetivos.
El fin que se buscaba (y hacía un año que se debatía el mismo asunto entre los cancilleres) era presentar un Tratado de “paz” a los países invadidos por el Eje durante la guerra, y especialmente a Alemania.
            Ante todo, hay que notar nuevamente un hecho: que la espada de Breno ha reaparecido nuevamente , después de dos mil años de habernos pasado tratando de bárbaro a ese histórico personaje.
            Parece que un Tratado (distinto de una Imposición) incluye, en derecho estricto, dualidad. Un Tratado podía ser una imposición hace unos miles de años, los hombres andaban desnudos por las selvas y no se había oído aún el nombre de Cristo y ni aún el de Justiniano. Estamos en esa época, o, para mejor decir, los políticos de la democracia y de la civilización  andan, por esos torneos conferencísticos, en paños menores morales. Están sus respectivos países llenos (dicen que están llenos) de Universidades. Parece que ni uno solo de ellos ha cursado, no Derecho nuevo, pero ni siquiera derecho antiguo.
            Para ellos (viven de espaldas a la ciencia jurídica) un Tratado es una Imposición unilateral. En la cual ordenan a los demás hacer lo que ellos se negarían a hacer, y no hacer lo que ellos hacen en cada instante. Una especie de Mundo al Revés, en el cual andan los que dignamente dirigen al mundo patas para arriba.

            Ellos –ahora y en este conflicto- no sólo hablan de democracia, sino que se yerguen tontamente teniéndose como caudillos de la democracia. Y, como  tales, se reúnen en cónclave más o menos bailable, para escribir Tratados. Y esos Tratados los escriben ellos solos. Se avienen, supongamos que los dictadores se avengan. Los presentan a la parte contraria para que los firme, sin siquiera pedirles la opinión. Y eso, según su sabio criterio, es Democracia y Autodeterminación.

            El obispo católico de Westminster, hablando del caso italiano y de Trieste, ha clamado para que los habitantes de la región  sean consultados. ¿Por qué no ha de haber un plebiscito, para saber si los habitantes quieren estar en Italia o en Yugoslavia? ¿Qué es –dice- sino esto, la democracia y la libre determinación de los pueblos.
            El ilustre prelado tiene razón, pero no la tiene. Y no afirmamos una contradicción, sino una contradicción del que con tal recta intención habla. Tiene razón en cuanto deberían ser consultados los habitantes de la zona disputada. A ellos les interesa la cuestión, y no a los demás. Pero no tiene razón cuando nada dice y pasa, por que la Alemania queda disgregada sin pedir la opinión de sus habitantes y el gobierno inglés haga y deshaga en otras comarcas de Europa.
            La justicia tiene muy poco de subjetivo, al menos según la moral católica. Las normas básicas son algo objetivo, aunque Mr. Attlee opine lo contrario. Y esa objetividad no dice que, en todo caso, es necesario, para ser justos, que los habitantes deben ser consultados. El que acepta, activa o pasivamente, que no sean consultados en una comarca, no puede protestar de que no sean consultados los de otra comarca. Los que no pueden imponerse Tratados a unos, han de opinar que no pueden imponerse a nadie, so vicio de suma contradicción.
            Está, pues, esta reunión cancilleresca, desde luego, viciada desde su misma base. La victoria, dicen en América (aunque muchos americanos de allá arriba lo olviden) no da ciertos derechos. Y menos el derecho de imponer a quien quiera lo que a cuatro caballeros se les antoje.
            Estamos, por tanto, en abierta y clara antidemocracia. Y es lástima que los que dicen que son sus representantes, la manoseen con tanta desenvoltura.