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El veto de los incapaces dos “grandes” La Si 02/11/46 p. 1

(tema vuelto a tratar en “Los “amos” y el veto”  en La SI 23/11/46 p. 5

            a) Hase inaugurado en Nueva York la asamblea de la nueva Sociedad de Naciones. Y, como en todas ellas, ha llegado allá –lo confiesan los cables- la primera ola de “asambleístas”: 4.670 personas.
            En la asamblea se tienen marcados previamente varios fines. Los fines y objetivos que se marcan en una nómina de asuntos, no tiene importancia alguna. Se escriben en un “menú” intelectual, elegante y fino, para los satélites, que van atados al carro imperialista éste o aquél. Los verdaderos objetivos se callan, aunque los conocemos todos los que hemos vivaqueado interiormente en alguna sesión internacional, siempre en el fondo iguales todas.

            Entre los objetivos buscados, uno de ellos es contra la desocupación: que algo noble había de tener una asamblea, por averiada que esté ya de antemano. Estados Unidos (tenemos preparados datos para una crónica preliminar) está, no ya amenazada, sino afectada por el principio de desocupación. Pues, hete aquí que llegan 4.670 en la vanguardia, y llegarán 4.670 más luego, para dar algún trabajo en los hoteles y pasar algún oro de los bolsillos escuálidos de los asistentes, a los bolsillos rellenos de los norteamericanos.

            Unos 9.000 asistentes extranjeros gastan (es el término medio que ha dado la “Organización de Hoteles” de San Francisco) unos 110 dólares diarios por cabeza. Diríamos un millón de dólares por día. De ahí hasta fin de año, unos 60 millones de dólares (unos dos mil millones de pesos chilenos). Otro tanto gastan los cabecillas de delegación, y, al menos, diez veces con lo que adquirirán para llevarse los delegados, tenemos la cifra, estamos ya acostumbrados a lo astronómico –de... ¿quiere poner la cifra con que se refocilarán los hoteles de Nueva York, los joyeros y los manufactureros de toda laya?
            Mientras se divertirá la gente, y se preocuparán en los cabarets políticos y sociales de la gran ciudad, envolverán su “veraneo” con varias tiradas d celofán “vejatorio”. Porque ese enredo del Veto ha de servir, en la contaduría asambleísta, como legitimador de muchos días, y lo que muchos días se llevan en las cuentas finales.
            Un delegado amigo –y que habla poco, aunque substanciosamente- ha ya alzado la voz sobre ese despilfarro de gastos. Es decir, sobre ese despilfarro de cobros; porque los gastos son cobros según el lado por el que se los mire. Y ha lamentado que naciones pobres, en las cuales los humildes se mueren de hambre y anemia, estén obligados a botar su dinero inútilmente en casa ajena.
            Lo cual quiere decir que Estados Unidos deben oír extrañados tales quejas. ¿Cómo puede quejarse de gastos inútiles ese delgado, cuando los escuálidos hoteles neoyorkinos llenarán muchos vacíos con ellos? ¿Cuándo se dará de comer a muchos hambrientos del país que, para poder comer (como ha sido ahora la solución de una huelga) han de ganar 2 dólares por hora y cobrar, por lo mismo, diez dólares diarios, dígase cuántos pesos chilenos?
            No hay mal que por bien no venga, sostienen en Estados Unidos. Y el mundo ha llegado a una tal solidaridad de todos los humanos, que bien está que los pobres sostengan a los ricos hambrientos, pasando por ello santas hambres.

            b) El celofán con que disimularán ese objetivo ( y diez más de la misma laya) serán los asuntos serios, especialmente ese Veto del cual van a hablar seriamente –con apariencias de seriedad- cuatro caballeros que no deben tener nada qué hacer.
            El Veto. ¿Por ventura no fue aprobado, no sé cuando, por las mismas naciones ahora reunidas? No sabían ellos –claro que lo sabían, y aún lo decían- que el Veto representaba para el mundo la esclavitud y el imperialismo de dos pueblos sobre los esclavos? Pero los asambleístas de entonces (que eran los asambleístas de ahora) lo aprobaron alegremente, remachando la esclavitud más clara en nombre de la libertad y la democracia.
            Los dos pueblos imperialistas -Estados Unidos y Rusia- dijeron claramente que ellos debían ser  los amos del mundo, y que los debían obedecer. Y los demás, convencidos por tanta