sector internacional 38
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La degeneración de criterio en los dirigentes, ¿es maldad o es signo de cambio de edad? La SI 25/06/38 p.1-2  (prosigue en los tres ejemplares siguientes)

1.-
            En diversas ocasiones -más propiamente, constantemente-  aludimos en estas crónicas sencillas a cosas, orientaciones, maneras de ver, que están en pugna con el general sentir de las gentes, y aun -a la vista está- con el general sentir de los críticos.
            Al decir críticos, no aludimos ciertamente, a la clase periodística propiamente hablando, sino a los críticos internacionales que poseen cierta técnica y que, por razón de cultura, oficio y cerebración, marginan con su pluma los sucesos actuales. Los periodistas en general, incluso los editorialistas, son asalariados al servicio del patrón. Y sabido es que la peor censura periodística no es aquella que viene de los gobiernos, sino aquella que el espíritu marxista de los dueños acaudalados de diarios  imponen al “servum pecus” de sus incondicionales servidores.
            Quien hojee las revistas más caracterizadas en sus diversas lenguas, así como los mejores diarios, en que espíritus independientes y técnicos manifiestan su parecer, habrá notado esto: que, aun en este caso, suele “La Semana Internacional” andar de espaldas a ellos. Pongamos por caso a Duhamel, a Nitti, a Caillaux, a Cambó, a Eden, a Mann, a tantos otros como manejan la pluma con independencia exterior, aunque no con independencia interior, pegados como ostras a la roca prehistórica de prejuicios de educación, de época, de circunstancias mil que tuercen el curso, a veces, de majestuosos ríos, formando pantanos sin desagüe ni acción fertilizadora.
            Recientemente leíamos un largo artículo de un intelectual judío alemán(a), cuyo nombre es disputado por las editoriales de todo el mundo. ¡Qué crasos errores! ¡Qué elementales confusiones! ¡Qué torpe manera de comprender la historia! ¡Qué ejemplo más patente de cómo el acartonamiento científico y la rutina progresista son la peor de las rutinas, inferior a la fe del carbonero! ¿No es la médula de su tesis –médula sin médula- el que los cambios actuales en la sociedad político-social no son más que altibajos y cambios accidentales que nos ofrece la historia, especialmente desde el punto de vista económico, en todas las decenas de años? ¿No llega a decir que, -él, que se las pinta de demócrata y filodemo radical- que la época liberal anterior a 1914, ( con la enorme miseria de las masas, ocultada bajo la capa dorada de la riqueza y explotación del 1% de la sociedad sobre la inmensa mayoría) era el ideal, y que desearía volver a él?
            Hay una desorganización intelectual fantásticamente idiota. Que la sociedad ande en términos de desorganización, es, no sólo aceptable, sino absolutamente necesario. Toda descomposición es cutáneamente desorganización, como que los órganos se deshacen y las moléculas están en pleno proceso de desintegración. Estamos en un cambio de Edad histórica y cambio es esto: desorganización del “statu quo”, para pasar a una integración de nuevo tipo. Es decir, una desorganización periférica, con una honda trama organizadora anterior, donde la semilla de una Edad está germinando misteriosamente. Por tanto, no puede extrañarse de que el vulgo -el 99% de escritores son literatos, es decir, vulgo- no vea más que el proceso a la vista, desconociendo aquella vital fuerza interior renovadora, que sólo vista mental puede observar. Pero, ¿no es raro caso que caigan en la misma incomprensión total del fenómeno plumas expertas, que parecían acostumbradas a hundir el bisturí en las entrañas?
            Sin embargo, aunque en cierta manera incomprensible, el fenómeno obedece a una especie de ley histórica, que no deja de llamar la atención. Comparemos, por ejemplo, en la Edad antigua, a Tácito con Agustín de Hipona.
            Tácito, el historiador implacable de la decadencia romana, se ha inmortalizado por la pintura objetiva que nos hace de la sociedad romana de sus tiempos. Su pluma es un acero que se mete en la carne viva y que muestra las llagas con cierta habilidad. Y algunas de sus frases al pintar esa decadencia de Roma han devenido sentencias. Sin embargo, además de no acertar a pintar esa corrupción en toda su hediondez, tal como aparecía, por ejemplo, en las novelas de la época y en los versos sucios de los más grandes líricos, carece Tácito de visión biológica, y los secretos de la evolución histórica le permanecen ocultos. No adivina que aquella época –en su doble faz de corrupción total en los tejidos sociales, y de dictadura repugnante, porque era a base de