sociedad 39 07 a 12
Índice del Artículo
sociedad 39 07 a 12
Página 2
Página 3
Página 4
La televisión y la policía La SI 08/07/39 p. 7
Para la juventud que estudia. Decíamos ayer (12 de Octubre 1924): Los malos hombres y los malos sistemas La SI 15/07/39 p. 7
Cartas… inquietas La SI 02/09/39 p. 7

La televisión y la policía
La SI 08/07/39 p. 7


    A la emisora de televisión de Berlín le cupo participación (y es la primera vez que sucede algo semejante) en la labor de la policía para aclarar el misterio de un crimen cometido en la persona de un modesto chofer de taxi, ocurrido en los alrededores de la ciudad.
    En el sitio del suceso se encontró un abrigo impermeable, perteneciente al malhechor, único elemento capaz de proporcionar alguna pista.
    Fue necesario pedir la cooperación del público para la identificación del autor; y, como recurso, no cabía otra cosa que propagar las características de la prensa mencionada.
    Un detective se dirige al trasmisor de Berlín y se presenta ante la cámara y micrófono. En sus manos tiene la prensa de vestir. En forma clara y precisa explica todos los detalles que pudieran conducir a la identificación del autor. Expone el abrigo a la cámara, indicando especialmente el cartel con la marca de fábrica y una rotura muy bien reparada, únicas características que permitían esperar una identificación los receptores de televisión, reproducen claramente la escena captada en la Casa de la Televisión de Berlín-Charlottenburgo: el detective enseñando detalladamente el objeto capaz de dar los únicos indicios para una pista.
    Bien pudiera ser que algunos de los espectadores del programa diario pudiera reconocer el abrigo impermeable o dar alguna información valiosa relacionada con el hecho.

Para la juventud que estudia
Decíamos ayer (12 de Octubre 1924): Los malos hombres y los malos sistemas
La SI 15/07/39 p. 7


1
    Desde los alrededores de 1830 –un siglo atrás- cuando comenzaron a manifestarse los esenciales defectos de los regímenes políticos, hijos de la Revolución Francesa, los pensadores iniciaron una investigación sobre las causas de aquellos defectos, dividiéndose entres escuelas diferentes.
    Todos concordaban en reconocer los males; y, mientras que los otros los veían con profunda extrañeza, todos convenían la existencia de los defectos y en la necesidad urgente de ponerles medicina.
    Cuando los hombres de la Revolución –franceses y no franceses-hicieron tabla rasa de todo el sistema anterior, reemplazándolo por el parlamentarismo unitario, y suprimieron, igualmente, los hombres del anterior régimen, cercenando el pescuezo a varios miles y botando a otros tantos más allá de las patrias fronteras, el mayor de los optimismos se apoderó de ellos, augurando una era de felicidad absoluta a los humanos. Se había arramblado con los malos métodos. Se habían “suprimido” los malos políticos. La felicidad estaba llamando a las puertas mismas de las naciones.
    La equivocación fue tremenda y absoluta. No habían pasado 20 años, y los males antiguos habían sido reemplazados por otros de peor poder nocivo. La podre gubernamental lo tornó a invadir todo. Las clases explotadas se movían nerviosas. Las naciones se miraban de reojo, azuzando sus discordias, desde la sombra, intereses privados de ínfima calidad. Y se llegó a las hecatombes actuales en lo internacional, la guerra a muerte de 1914-18; en lo social, las terribles cuestiones de clase, en las cuales el 90% de los humanos exige su puesto en el banquete de la vida; en lo político, la corrupción más desenfrenada, llagando los mismos centros vitales de la gobernación; en lo moral, una subversión de todos los valores.
    Cuando se iniciaba esa avalancha de desgracias, unos atribuyeron su causa a la maldad absoluta de los nuevos sistemas políticos; los mejores hombres, según ellos, eran impotentes para hacer el bien por medio de instrumentos inadecuados. Otros opinaban distintamente: creían que los sistemas eran buenos, pero que la maldad de los políticos que los aplicaban los torcían y esterilizaban. Otros, finalmente, confesaban de plano que todo era malo: los sistemas nuevos y los hombres nuevos.
    No estamos en el principio de la catástrofe, en 1830, sino en su cenit, cuando las llagas lo han invadido todo y el mundo está a dos dedos de su descomposición. Convertir ese cenit del