Galicia 39 07 29

La dulce Galicia La SI 29/07/39 p. 7

            En esta fecha, 25 de Julio, celebra su Día, la región gallega.
            Son los celtas de España, hermanos de los portugueses, primo-hermanos de los irlandeses, los bretones y los gaélicos, y parientes de castellanos y catalanes, aunque más lejanos.
            Galicia es un rincón –un enorme rincón- de mundo donde se hallan enlazadas, en el ambiente de una naturaleza deliciosa, dos cualidades que los psicólogos de las multitudes se han empeñado por muchos años en declarar incompatibles: la suavidad y dulzura extremadas y una extrema energía y perseverancia.
            El gallego –su reflejo es su idioma milenario- es ejemplar perfecto de paz y ternura. Ya en el siglo X111 el rey Sabio prefería esa lengua flexible y armoniosa a la castellana, para expresar sus afectos en aquellas inmortales Cantigas que han quedado como dechado de espontaneidad poética. Y siempre esa raza, a través de los siglos, ha sido razonada, tranquila, cariñosa, afectiva. Sus saudades son un desdoble del corazón gallego, hecho para la vida tranquila, ni envidiosos ni envidiados, tranquilamente contentos de su suerte.
            Más, esa suavidad racial, toda celta, ha engañado a muchos, que han creído incompatible ese carácter con la dinamicidad. Sin embargo, basta echar una ojeada sobre Galicia entera, y, luego, pasearla por los anchos ámbitos de estas Américas, para comprender a qué grado de energía ha sido capaz de llegar esa raza, una de las más trabajadoras de la península.
            Galicia es un jardín. Sus flores son distintas de las del jardín valenciano o de las sonrientes vegas murcianas. Pero son flores y bien olorosas. Son aquellas que necesitan ambiente húmedo, como esos bosques galaicos, rumorosos de poesía. Las que tienen por compañía el pino marítimo, esa esbeltez perfecta que alza sus copas peinadas en las infinitas calas gallegas de ese mar único por sus rinconadas que esperan con los brazos abiertos de sus cabos.
            Pero ese jardín gallego está empapado de intensidad humana. Raza prolífica, es, igualmente, fecunda en trabajo y en dinero. La ganadería gallega es de una riqueza extraordinaria. Y sus ciudades costeras son tan activas y pobladas, que no hay región de España, salvo la también gallega Asturias, en que se presenten tan numerosas y cuajadas de habitantes. Y ¿qué podría decirse de la conservería gallega, que ha impuesto sus marcas en todos los países civilizados?
            Durante cien años, un español en América fue un “gallego”. Es que eran los hijos de esa Galicia dinámica los que emigraban más, y, también, los que, una vez ubicados en el Nuevo Mundo, sabían alzar negocios de la nada: de la nada objetiva, que no de la nada subjetiva; porque dentro de sus pechos se desarrollaban las energías más poderosas.
            Esa Habana portentosa de hoy día, en una mitad por lo menos, es hija de Galicia. Esa Argentina magnífica, más de la mitad de ella hija de españoles emigrados, es fruto de gallegos innúmeros e incansables. Y doquiera que levantemos los ojos por estos países nuevos, en todas partes vemos al gallego auténtico, que ha traído a estas tierras nuevas su suavidad y su dinamismo.
            Al celebrarse hoy el Día de Galicia, fiesta del Sant Iago, famoso, hay que recordar a esos dulces y energéticos gallegos. Calladamente, sin jamás ponderar, ellos han sido nervios en estas Américas del siglo pasado. Y en la España de mañana, cuando la paz impere, y la libertad luzca, y los idiomas no sean oprimidos bajamente, será otra vez Galicia miembro capital en esa España grande, con que soñaran Concepción Arenal, Menéndez Pelayo y Maragall, en la cual, dándose la mano sin extorsiones las razas y los idiomas, revivan aquellos tiempos en que España era primera potencia mediterránea.