Canadá 39 05

Los monarcas británicos visitan Canadá y Estados Unidos La SI 27/05/39 p. 1

Los monarcas británicos visitan Canadá y Estados Unidos
La SI 27/05/39 p. 1

            Acompañados de un séquito menos que mediocre, desligados de toda pompa real y en un buque moderno, cuyas habitaciones semejan las de unos burgueses bien puestos, los Reyes Jorge V e Isabel han atravesado por vez primera el Atlántico con rumboa a la América del norte.
            El viaje tiene sus secretos, y en la crítica internacional, que va en páginas interiores, procuramos ponerlos a la vista, al menos algunos de ellos (Ver “Para la juventud que estudia. Cosa rara: Canadá, monarquía americana del siglo XX” p. 9. Incluido en JBC Educación en “La Semana Internacional”. JVG)
            La travesía es breve. Menos de cinco días. Porque aquella parte del Océano es de distancias cortas comparada con la travesía a Sud América, tres veces más larga. De este modo, apenas puesto el pie en el buque y sin tiempo de aclimatar en él el cuerpo y el alma –período necesario para un viaje delicioso- ya la sirena toca descenso, llegados al punto apetecido.
            Los Reyes británicos –que aquí han de ser llamados con otro nombre –los Reyes del Canadá- han sido recibidos en las grandes ciudades del San Lorenzo -Quebec, Montreal. Ottawa-  con entusiasmo delirante. Y el contacto directo entre soberanos y ciudadanos ha podido, de este modo, comenzar de la manera mejor.
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            Canadá es un país maravilloso. Dentro de él cabe toda la Europa. Sus límites septentrionales se pierden en los témpanos polares. Hace unos pocos años que no tenía más que 2 millones de habitantes y no producía siquiera para su sustento. Tiene ahora más de 10 millones y produce trigo (para no nombrar más que ese grano) para 80 millones de habitantes.
            Hemos dicho trigo. Esta palabra es una de las que mejor delata el dinamismo de ese pueblo, poblados mixtamente por franceses y británicos. Años atrás -¿pongamos 25?- la tierra helada del Canadá no era capaz de producir un solo grano de trigo, cebada y gracias todavía. ¿Desmayaron los canadienses? No desmayaron. La Naturaleza no había de vencerlos. Ellos habían de vencer a la naturaleza.
            Comenzaron sus experimentos. Recientemente, sabiamente. A los seis años habían creado una variedad nueva de trigo que resistía los anhelos canadienses. A los doce años vendían trigo por docenas de millones de dólares. Hoy es el Canadá, con Argentina y Australia, el granero del mundo…
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            El canadiense es un hombre feliz. Tan feliz que, como el hombre feliz del cuento, nadie, ni él mismo, habla de él. No había para qué. Porque no hay para qué hablar de las cosas –de los pueblos- que discurren su vida placentera, natural, satisfechamente.
            Canadá no tenía para qué su Rey se preocupase de él. Sabía resolver por sí mismo sus propios problemas. El cariño entre la dinastía y el pueblo era evidente. Pero no necesita de externas aparatosidades para mostrarse. Nada hay más timorato y amigo del silencio que el cariño.
            Pero han llegado circunstancias extraordinarias. Y el Rey de Gran Bretaña, que lo es también del Canadá, ha creído interesante montar en un buque y hacer una visita cariñosa a los súbditos que viven su vida, tan intensa como callada, en esas tierras enormemente grandes, vecinas de los misterios polares.
            Es el primer Rey británico que pisa tierras americanas. Y la primera vez que la Corona ha querido sellar personalmente su amistad con sus súbditos americanos.
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            No es extraño, por lo mismo, que haya sido desbordante el entusiasmo. Se unen, para que lo sea, el cariño y la rareza. Y no todo será externo entusiasmo. Esas Jornadas Reales tendrán su eficacia en el campo de la política internacional.
            Pero el buen pueblo no verá nada de esto. Se contentará con desbordar sinceramente su corazón. Aclamar a sus Reyes. Echar a vuelo todas las campanas de sus campanarios y de sus corazones. Disparar ramilletes de fuegos artificiales y de frases entusiastas. Y mostrar al mundo que eso que se llama Imperio Británico, que no está establecido en ninguna ley ni Tratado, ni está afirmado por rúbrica alguna, es algo firme y con el cual hay que contar.