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Para la juventud que estudia. El trabajo obligatorio entre los antiguos indios del Perú Pastor Valencia Cabrera La SI 01/07/39 p. 8

Para la juventud que estudia
El trabajo obligatorio entre los antiguos indios del Perú
Pastor Valencia Cabrera
La SI 01/07/39 p. 8

 

            Durante varios números hemos hablado del Trabajo como Servicio  Obligatorio (a). Problema magno de nuestras horas.
            Complemento magnífico a lo expuesto, este hermoso artículo del ágil escritor boliviano, Pastor Valencia, que ofrecemos a nuestra juventud con doble objetivo: de lección que enseña y de optimismo americano, conociendo un pasado que nos inclina a creer y fiar en nosotros.
(a) Verlos en estudiosbardina.org  En JVG “Artículos” “Antología de textos de Bardina  sobre educación económica”.

            1.- Los incas, en virtud de la revelación universal, conocieron tres principios máximos de la Civilización cristiana
            La implantación del trabajo obligatorio para los ciudadanos de un país, como signo inequívoco de la existencia de un estado socialista (que hoy está de modo el establecerlo de grado o por la fuerza), nos lleva, naturalmente, a pensar en la rígida organización social de los Incas,  y, sobre todo, nos mueve a poner un poquito más de atención y de aguda curiosidad intelectual acerca del desenvolvimiento de la institución más admirable de orden, de disciplina, de previsión y de economía, propiamente sociales, que se hubiere conocido a lo largo de la historia de América, y, particularmente, de la historia del antiguo Perú: la institución fundada sobre la ancha base de un comunismo agrario llamado el aillu, esto es, la familia o la gran serie de familias organizadas a través de las ubérrimas tierras del Imperio del Tahuantinsuyo.

            2.- El trabajo obligatorio en la legislación de Manco Kápac
            En efecto, desde que el noble Manco Cápac consignó en su código político, que se destaca por una concisión de lenguaje verazmente inigualable, estos tres principios básicos, casi cristianos o cristianos de hecho, en virtud de su altísimo contenido ético: ama sua, ama Ilulia, ama jhella –cuando propúsose elevar el estado de civilización de quechuas y aimaras esparcidos a orillas del Titicaca milenario- el magnífico carro administrativo del Imperio incaico principió a moverse con una precisión, exactitud y orden moral a todas luces sorprendente: nadie robaba, ni mentía, ni era perezoso en el vasto imperio, so pena de la vida. Esto pasaba por lo menos en la deslumbradora exposición de la teoría, que se hace entusiastamente de la vida incásica; aunque muy poco sabemos concretamente hablando de lo que acontecía en la realidad interna del país. ¡Hay tantas cosas que dejan siempre cierta duda inquietante en el espíritu! Desde luego es muy lógico y natural que uno se pregunte, siquiera a guisa de hombre algo pensador ¿prohibiría Manco Cápac el robo, la mentira y la ociosidad porque quería preservar a sus súbditos de tales vicios detestables, con grande coeficiente para la causa de la moralidad pública, o es que, por el contrario, promulgó dicha severa legislación porque se veía forzado a constreñirlos mediante el temor al castigo que entrañaba la pérdida irremediable de la vida, ya que serían, se supone apriorísticamente, demasiados dados a ellos? Sea como fuere, la verdad intrínseca es que, a pesar del tiempo transcurrido, no conocemos más que un lado –quizás el menos insospechado- de las cosas.
            Sin embargo era harto noble, bello y significativo el saludo tradicional incásico: ¡ama sua, ama llulia, ama jhella: kampis noka jinallatec que, traducido a nuestro idioma castellano, diría más o menos: no robes, no mientas, trabaja; tu también lo mismo que yo!. Este era tal vez el único caso en que brotaba del alma y del pecho de los quichuas un rozagante yo filosófico, de altísima trascendencia en el campo de la moralidad pública y tan revelador de su dormida personalidad independiente.
            Más ¡cuán hermosa y, al mismo tiempo, cuán triste moralidad por su falta invisible de plena libertad espiritual, surgía de ese saludo cruzado aún al azar, entre los que prestaban ciega obediencia al Inca y consentían en vivir y morir allí donde le gustara ordenar al señor absoluto