Asia 39 07 01
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Ante China ¿Derecho o egoísmo? El caso chino La SI 01/07/39 p. 1-2

Ante China ¿Derecho o egoísmo? El caso chino
La SI 01/07/39 p. 1-2

            a) Tenía que suceder. Y eran romos de nariz espiritual los que esperaban lo contrario: Gran Bretaña y Japón están a punto de llegar a un acuerdo en ese incidente –estudiado y voluntariamente generado- de Tiensin por el cual las grandes potencias reconocen con condiciones la desmembración de la China del norte y la legitimidad de la guerra japonesa.
            Los que esperaban una guerra –ingenuos espíritus que no han entrado en el intríngulis internacional ni han captado, todavía, el acuerdo perfecto que existe entre las potencias bajo la forma de desacuerdos- tendrán un nuevo desengaño…o una nueva alegría. Porque entre los que no ven claro y temen una guerra están, no solo los especuladores, sino también los espíritus blancos aborrecedores de las guerras. Tendrán estos una alegría, y los otros un desengaño.
            Las bases sobre las cuales va a ser resuelto este “terrible” incidente de Tiensin –escena regocijada dentro del nuevo acto del gran drama- nos la traen los corresponsales, aunque de manera fofa e imprecisa. Helas aquí, y las avanzamos antes de que sean reconocidas:
            1º Las potencias reconocerán, no solo las autoridades amigas de los japoneses (muchas veces, japonesas) de toda la China norteña, sino que aceptarán la moneda del nuevo Estado Norte-chino, desterrando la de la China independiente.
            2º Las potencias dejarán de proteger la moneda y las finanzas chinas comprando plata, realizando empréstitos o por cualquier otro medio.
            3º Las potencias aceptan para toda la China, y no solamente para la norteña, el registro de los buques neutrales, por parte de los japoneses, con el consiguiente derecho de confiscación de armamentos y vituallas.
            Lo primero quiere decir reconocimiento exterior de la China del Norte a las órdenes del Japón, o, para decirlo en menos palabras, la soberanía del Japón sobre la China del Norte.
            Lo segundo entraña el desarme casi completo de la China de Chiang Kai Chek, y, por lo mismo, la gradual terminación de una resistencia ordenada y constante.
            Lo tercero indica, además de lo anterior, el derecho del Japón a intervenir a sus anchas en los destinos de toda la China.

            b) Pero…
            Sí. Sin peros.
            Pero ¿y el Tratado de las 9 Potencias? Si usted tiene memoria y leía –seguramente que no- estas crónicas cuando se iniciaban (18 años atrás), podría recordar una pequeña crítica que armábamos ante aquel Tratado. Vamos a reconstruirla en dos docenas de líneas.
            El Tratado que firmaron nueve potencias (las mayores), fue llamado “de desarme”. En él se acordaban unos pocos artículos en que determinaban todos los firmantes armarse más. Al pie de la letra. De donde ha nacido la posibilidad de que el mundo se trague esas ruedas de molino de llamar desarme al armarse, vaya usted a saberlo. France diría que el mundo es cada día más idiota. Maurras diría que los políticos son cada día más bandidos y más comediantes. Un tercero aceptaría ambas cosas a la vez. Y uno se quedaría sin explicarse todavía ese fenómeno de que a la faz de los hombres 9 caballeros conocidos decidan reforzar sus armamentos y explicar muy frescamente al mundo:
            Como ustedes ven, acabamos de acordar un desarme…
            A pesar del Título, aquel Convenio hablaba muy pocos de armas. En cambio, se entretenía largo tiempo hablando de la China. Algunos ingenuos lo llamaron “Convenio defensor de la independencia china contra el Japón”. Nosotros lo llamamos (disintiendo, como de costumbre, de la turba multa de escritores) Convenio mediante el cual las potencias se reparten la China.
            En él se afirmaba con frases ampulosas la absoluta independencia del pueblo chino. Y las potencias se comprometían a arremeter juntas contra aquel que entrase en cualquier parte del territorio chino en son de guerra. Era esto la hoja de parra. Afirmaban enseguida la igualdad entre las potencias de intervenir en el comercio y producción china. Esto era el verdadero reparto.