Asia 40 07 20

Estados Unidos de Asia Amarilla La SI 20/07/40 p. 4-6

Estados Unidos de Asia Amarilla
La SI 20/07/40 p. 4-6

            a) Crisis en el país de los crisantemos, los abanicos policromos y las ágiles geishas. Y en el Japón jamás hay crisis al estilo parlamentario, es decir, fruto de ambiciones personales o de partidos.
            La guerra china, que lleva ya cuatro años de duración, obedecía a motivos externamente sociales (acabar con la agitación social de masas que se movían demasiado); pero un motivo interno se agitaba dentro de esa terrible guerra, que ha causado ya más de dos millones de víctimas: iniciar el camino hacia una estructuración privativa del Asia amarilla, sincrónica con la estructuración europea, ambas a la vista de Espacio Vital
            Es interesante saber ver las motivaciones internas de esa guerra, para comprender toda su importancia, y algún día hemos de volver largamente sobre ello. Especialmente como, al empuje de los acontecimientos, una tesis que podía ser controvertida por muchos (invasión de China) va convirtiéndose insensiblemente, por obra de la realidad viva, en una tesis de estructuración racial, que es la suprema necesidad de nuestras horas y una de las características de la Edad nueva que está amaneciendo.
            Durante los dos últimos años ha tenido lugar un fenómeno intermedio que muchos no han sabido valorizar, por no haberse delineado nítidamente sobre la piel: una sutil inversión de actitudes en los tratos entre rusos y manchurianos (japoneses). La antigua manía de rozamientos, unas veces reales y otras provocados, ha ido borrándose poco a poco.  Una cada día más apaciguada comprensión ha ido mitigando desinteligencias. Y -¿para qué no decirlo?- existe bajo mano un Tratado entre los dos países (expreso o tácito, lo mismo da) en el sentido de que sus intereses superiores están enlazados y que en el futuro han de ayudarse más que estorbarse. Este Tratado lo habrán adivinado o no norteamericanos y británicos. Pero él existe tan claro como si fuese publicado.
            Es que Rusia necesita renunciar a toda expansión sin objetivo en el Oriente, para poder llegar a Constantinopla cuanto antes, mientras que el Japón necesita lanzarse sobre las rutas del sur, enganchando a su carro triunfal a todos los pueblos amarillos del Pacífico. Ante esas dos misiones raciales, ambos antes contrincantes han sabido en una misma copa manchuriana en señal de amistad. Lo cual indica capacidad para atenerse a las realidades.
            Mientras por un lado se realizaba esa transformación, otra tenía lugar en la organización partidarista japonesa, los cuatro grandes núcleos políticos comprendiendo cada día más  que era necesario estar seguros de que la hora crucial había llegado. Y que, a horas extraordinarias, correspondían procedimientos extraordinarios. De ahí  -todo de común acuerdo, se comprende disfrazado con disfraz de disidencias exteriores- la fundación del Partido Único por el príncipe Konoie, una de las mejores mentalidades del Japón nuevo; la disolución voluntaria de todos los demás partidos, incluso el de las federaciones obreras; el interés en hacer punto final en China, mediante una transacción que no hiciese peligrar el futuro de la raza amarilla por causa de algunos gobernantes chinos occidentalizados; los rozamientos entre el Japón y las colonias europeas en tierra amarilla (Indochina, Birmania, Hong- Kong); finalmente la dimisión del gobierno encabezado por el almirante Yonai, por exigencias –esta palabra es impropia- del ejército, del todo de acuerdo con los políticos de las distintas ramas. Por esto decía que esta crisis no era una crisis cualquiera, sino de aquellas que cuentan en la vida medular de un país.
            Los que extrañan cómo es posible que los cuatro grandes partidos japoneses se hayan voluntariamente disuelto, para ingresar todos en uno único, no comprenden las horas extraordinarias que estamos viviendo. A tiempos normales, procedimientos normales. Procedimientos anormales a tiempos anormales.
            Si se trata nada menos que de la unificación de la raza amarilla con mil millones de habitantes, organizándola en haz para que actúe como tal; si es cuestión de un Monroísmo asiático, exactamente igual al americano de Estados Unidos, con sus tres fases económica, política y militar; si el Asia ha de ser factor esencial en la nueva Edad que estamos iniciando, había que someterse a medidas extraordinarias para una tal extraordinariedad de acontecimientos. ¿Hay algo más interesante para cualquier amarillo, que hacinar orgánicamente a todos los pueblos de su raza, para encararlos con las otras razas, para una natural convivencia, sin mayores ni menores?
            Ante ese enorme interés racial ¿qué importancia tenía la persistencia de los partidos japoneses, aún estando ella dentro de los derechos fundamentales de los ciudadanos? Mejor hablado: ¿podría salvarse el porvenir del Japón, si, permaneciendo dentro de una organización normal partidarista, no oyese la voz de la raza y se empacase en problemas estrechamientos nacionales?
            En Gran Bretaña, por ejemplo, se ha formado en estas circunstancias extraordinarias un Gobierno Nacional, constituidos por representantes de todos los partidos. Con un error grave, que los representantes de un partido no pueden lógicamente desarrollar una misión, no ya nacional, sino racial. Es la equivocación de los gobiernos nacionales, los cuales, para serlo de verdad, habrían de estar formados por superpartidaristas, cuyos sentimientos y educación hubiesen sido siempre superiores a las diferencias de grupo.

            b) ¿Qué consecuencias puede traer ese estado de cosas en el Japón, todos unificados, olvidando sus diferencias y obedeciendo las órdenes superpartidarias de personalidades nuevas, que actúan como decía Romain Rolland (aunque él no acertó jamás a realizarlo en su patria) “au dessus de la melée”?
            Si las causas de esa crisis están en la zona racial, para encarar problemas ampliamente raciales, los frutos y efectos han de corresponder igualmente a esa zona del mundo amarillo. Pueden esperarse, por lo tanto, acontecimientos que se relacionan con el predominio de la raza amarilla en el mundo asiático oriental, con todas las lógicas consecuencias que esto quiere decir para los gobiernos blancos.
            Cuáles podrían ser estas consecuencias, no sería fácil adivinar en su totalidad. Pero sí que se puede determinar algunas, y bastará ello para comprender qué honda transformación se quiere indicar con ello.
            Primero, el alejamiento territorial de soberanías europeas y americanas de la zona amarilla, se comprende que dentro de mutuas ventajas y para mejoramiento de todos. Se comprende qué gravedad tiene esa finalidad, aunque teóricamente sea evidente. Es la tesis europea de que cada país debe ser dueño territorial de todo suelo que habite su raza. Es la tesis americana de no tolerar en el continente posesiones europeas.  Para razonar esos postulados generales en cuanto la raza amarilla los quiere también para sí, están los estadistas japoneses. Para hacer entrar en razón a los reacios, están los militares japoneses.
            Pensemos en Filipinas que cruzan actualmente por una terrible crisis económica, a causa de haber confiado  siempre ilógicamente en gentes de otras razas. Pronunciemos los nombres legendarios de Java y Sumatra, que los blancos han monopolizado para sí solamente, haciendo servir a 20 millones de amarillos para esclavos del blanco. Hablemos de Borneo, de la Indochina francesa, de Hong-Kong y el Singapoore británicos. Parecerían absurdos todos estos problemas en el sentido de poder ser resueltos. Pero no hay que olvidar que estamos en guerra y que Gran Bretaña camina la mano extendida pidiendo ayuda a todos –incluso monetaria- a sus propias colonias. Tiempos en que lo difícil se torna fácil y las cosas extraordinarias están a la orden del día.
            Segundo, la unidad comercial amarilla. Si la quiere Estados Unidos para su continente; si Europa ya la tiene casi conseguida ¡por qué no han de exigirla los pueblos amarillos? Cierto que esa unidad comercial representa decenas de miles de desocupados en Gran Bretaña, Estados Unidos y otros pueblos. Pero ¿serían responsables los amarillos de que los blancos se hallen, a causa de sus propios actos, en situaciones más que duras?
            Tercero, abstinencia política de otras razas sobre los regímenes amarillos. Monroe la reclamaba para su país y su continente, y Mr. Roosevelt ha agravado esa demanda hasta extremos radicales. Japón cree estar en el mismo derecho en su zona, so pena de carecer de valor las demandas norteamericanas.
           
            c) Un hecho viene a favorecer estas zonalizaciones mundiales por continentes y colores, además de aquella lógica que exige que toda particularidad étnica tenga su personalidad: el derrumbe de la Sociedad de Naciones, que estaba destinada a simular una especie de organización democrática mundial, aunque no representaba más que la hegemonía de dos pueblos sobre el mundo.
            Rumania ha notificado a la Liga su retiro. Venezuela ha hecho ya efectivo en estos días el suyo, anunciado dos años atrás. Dinamarca y otros pueblos están en el umbral de salida. Y sus oficinas allá están, en la asfixiante atmósfera ginebrina, escapando primeramente a Francia, cuando ésta era aún beligerante, y ahora rodeadas de pueblos que no quieren saber nada de ella, disolviéndose por el rechazo de los pueblos europeos.
            La Universidad  de Princeton, por iniciativa de la Institución Rockefeller, ha invitado a la parte técnica de la Sociedad de Naciones para que se traslade a su seno, a continuar sus labores extrapolíticas. Nosotros, desde estas columnas, alabamos en varias ocasiones estas labores. Y la alabanza habría sido incondicional si hubiese habido menos favoritismo en la designación de técnicos, generalmente postergados los mejores por no pertenecer a la zona de los pueblos incondicionales. Pero la Institución americana nombrada habría de pensar en el mantenimiento económico de esas oficinas técnicas que costaban a los pueblos millonadas de oro todos los años. demasiado oro para ser repartido entre incondicionales. ¿No se ha llegado a probar que un muy democrático político francés ahora a las órdenes de Gran Bretaña contra el parlamento de su patria, cobraba de la Sociedad de Naciones hasta mil francos por día, tratándose de una capacidad técnica absolutamente nula?
            Acaba de morir igualmente la Corte Internacional de Justicia de La Haya, que no se había hecho merecedora del título de Corte Suprema Internacional. sus miembros eran reclutados entre incondicionales de Gran Bretaña y Francia. Sus sentencias siempre miraban, como los mahometanos, hacia el Oriente: el Oriente londinense. Falló estrafalariamente muchas veces, en contradicción con la justicia más elemental. Y tenían tan poca fe en su fallo aún los que la fundaron, que Gran Bretaña, a la mañana siguiente de haber declarado la guerra a Alemania, comunicaba a la Corte que dejaba sin efecto el sometimiento a sus fallos  hasta nuevo aviso. Y sus quince jueces, que vivían vida regalada en ese bello palacio que levantara Carneggie en la mejor avenida de La Haya, han tenido ahora que alzar el vuelo entre dos filas de soldados alemanes, invitados a sesionar en país más adecuado al sentido de sus fallos preferenciales.
            Hace ya años que hemos dado la Liga de Naciones por muerta. Solo que nadie se atrevía a enterar su cadáver. Y así, lo mismo –y al revés- del cadáver del Cid, ella ganaba continuas derrotas aún después de muerta.
            Un obstáculo menos a la estructuración del mundo en zonas continentales. Lo cual hecho, nada obstaculizará para una verdadera Sociedad de Naciones, aunque no lo crean así los países totalitarios, en vista de la mala experiencia recibida

            d) ¿Qué puede esperarse inmediatamente de esa crisis japonesa?
            Los objetivos primeros serían la intensificación del bloqueo de las colonias europeas, con pretexto de aislar al Gobierno chino de Chiang Kai Schek: Indochina, Hong Khog, Java, son nombres que sonarán mucho próximamente, cuando la situación japonesa se haya estabilizado suficientemente.