Asia 40 10 05
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Asia se cuadra. El Pacífico, la Raza Amarilla, EE.UU. y América hispana La SI 05/10/40 p. 1-7

Asia se cuadra
El Pacífico, la Raza Amarilla, EE.UU. y América hispana
La SI 05/10/40 p. 1-7

            a) Grandes letras en los títulos de los diarios. Agitación periodística de primera fuerza. Enorme movimiento en las esferas diplomáticas. Washington estupefacto. Y, lo que parece más raro, Mr. Roosevelt y Mr Hull callados.
            (Es éste un fenómeno raro de esta guerra: que la raza angla, que de siglos tiene la característica del callar y de las pocas palabras, hable ahora por los codos y constantemente, con el énfasis del encantador de serpientes que fía en el poder de su palabra sobre la astucia del anfibio. Dejo a la investigación de los estudiosos la causa de este fenómenos de inversión característica, cuyos efectos son fatales para el hablador. Porque llega un instante en que éste, obsesionado por su mismo cerebralismo, confunde la “razón” con el “creer que se tiene razón”  y el hablar con el accionar).
            Todo –decía- ha sido en estos días movimiento, sorpresas, raras cosas ante eso que los telegramas han llamado “sorpresivo Pacto”, firmado por Alemania, Italia y el Japón.
            Es aquí donde debemos hacer la primera observación. Ciertamente que no había la menor sospecha de que estaba tan próxima la firma del Pacto, cuyos preliminares Alemania, Italia y Japón han sabido disimular bajo las idas y venidas múltiples  de Serrano Suñer por todos los caminos alemanes. Pero este detalle aparte, serán nuestros lectores los que no se habrán sorprendido, mejor orientados que esos diplomáticos residentes en Washington, de los cuales nos cuenta el cable que se cayeron de espaldas ante tan “sorpresivo e inesperado” suceso.
            Nuestras columnas han venido sosteniendo, desde hace más de un año, algo que ahora viene a confirmarse nuevamente: que Alemania, Italia, Rusia y Japón tienen sus líneas trazadas  desde Septiembre del año pasado, con voluntad decidida. Y aún llegaríamos a decir, si pudiésemos dar detalles cuya prueba nos sería imposible exponer, que ese Pacto entre las cuatro grandes potencias, aún en detalles sobre reparto del mundo en cuanto a influencias respectivas, es ya viejo de un año.
            Que no lo hayan adivinado periodistas y diplomáticos, aún los que comprometen tantos intereses  desde una Cancillería, es natural. Hay gentes que llegarían a extrañar que las aguas busquen su nivel y que lo inestable se venga al suelo. Bastaría que supiesen acertadamente levantar la costra de las cosas y observar no más, para que pudiesen predecir lo que mañana sucederá, con enorme margen de acierto.
            Acostumbran decir los lógicos que hay que partir de una base firme para poder ver el mañana. Y habría que añadir que también en ciencias morales hay teoremas de los cuales los corolarios emanan tan fijamente como los geométricos, sin que ello dañe un ápice el juego, más o menos turbio, de un libre albedrío que no escapa de las leyes flexibles, pero firmes, de la lógica viva.
            “La Semana Internacional” ha venido anunciando, desde los comienzos mismos de la guerra, que era fijo, evidente e indisoluble un pacto cuatripotencial entre Alemania, Italia, Japón y Rusia, económico y bélico, defensivo y ofensivo. Que Rusia tomase el pelo a los del otro lado con manifestaciones muchas veces ambiguas, no era más que otra prueba a favor del maquiavelismo ruso y de la pobreza estratégica aliada. Que en el Japón gobernasen en aquellos meses hombres enemigos de entrar en una alianza con los totalitarios, era algo sin importancia alguna: los hombres que valen poco son juguete de las leyes naturales; y no viceversa. Que se opusiesen mil obstáculos a la realización de esa alianza de los cuatro grandes pueblos, era cosa carente de toda importancia decisiva: las dificultades surgen precisamente para ser vencidas, no para atajar la marcha natural de los acontecimientos.
            Esa terrible V1 Columna formada por la diplomacia aliada y los periodistas del mismo bando, que nunca llegaban a comprender la alianza germano-rusa -y ni aún la germano-nipona- llegando aún a dudar, en el colmo de la ineptitud estratégica, de la alianza germano-italiana, es una de las peores calamidades que hayan podido caer como mala sombra sobre los intereses británicos, y, en general, sobre la raza sajona. Ellos han ignorado –siguen ignorando en su impermeabilidad mental- que la firma solemne de los pactos no tiene importancia alguna, como no la tiene tampoco su articulación o su formulación verbal, por más que ese lenguaje suene a