Asia 46 12 28 a
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1946, Año de fango devenido Derecho La SI 28/12/46 p. 1-2

1946, Año de fango devenido Derecho
La SI 28/12/46 p. 1-2

            Estamos al atardecer de un año, cuando las sombras se extienden sobre el universo y un año más va a ser tragado por el tiempo voraz.
            Los atardeceres, cuando la paz de la hora entra en los corazones, tienen de sí un no sé qué de sereno y de suavemente soñador. Hay dos tipos de ponerse al día, y uno no sabe a cuál quedarse para mejor gozar de sus circunstancias.
            Hay el atardecer romántico, cuando el cielo se cubre de raros colores, que el pintor no puede copiar debidamente, y todas las paletas se confunden en un raro inmenso telón vivo, y en él batallan cordialmente todos los pinceles del cielo. Se encienden las nubes, barajando sabiamente todas las facetas de un incendio siempre variante, siempre chispeante rabiosamente. Batallan el rojo vivo con la suavidad de azul, el amarillento rabioso con el verde apenas apuntante. Y en la refriega del cielo toma parte el corazón, que late con fuerza y relampaguea de un modo raro, al unísono la tempestad de las nubes y la de los sentimientos.
            Hay, contrariamente, el atardecer clásico, en que los colores son desdibujados, lentamente desapareciendo con calma estructurada y suave. “todo es “piano” y serenidad arriba, inundando los corazones una calma adorable, fundiéndose a la vez, y disminuyendo, un pálido azul de paz, el crepúsculo celeste y los corazones que acaban en una como beatitud inconsciente que parece licuar el alma.
            Los crepúsculos vespertinos tienen, tanto en la historia literarias como en la de la pintura, una importancia, a la vez natural y psicológica, que solo por experiencia se puede ponderar. La naturaleza contagia el alma.
            Esa belleza de los crepúsculos vesperales abarca sabiamente todos los crepúsculos. Incluso el de la vida porque la vida llega al último instante romántica o clásicamente. O transidos de la belleza serena de un apagarse sabiamente, para florecer al otro lado; o los ojos abiertos al misterio, y el corazón batiendo, ante el próximo cambio de escena, hundiéndose la actualidad entre encendidos colores del futuro.
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            ¿Por qué será que pasa lo contrario cuando se llega al crepúsculo vespertino de un año? Diríase que todo da un vuelto, y que las cosas se pasan del todo al revés. El morir de un año viene a ser todo distinto del morir del día y de todo morir humano.
            Parece que el hombre se torna pesimista por naturaleza al juzgar un año; y todo induce a creer que así ha pasado siempre y que así juzgan todos, cualquiera que sea el temperamento de las gentes.
            En la literatura universal, y, sobre todo, en los Dietarios de la Edad Media, se pueden leer varios Juicios del Año, naturalmente que de diversos y muy lejanos años uno del otro. Todos parecen inspirados en la misma tónica pesimista, juzgando los doce meses pasados inmediatamente con colores grises, lamentándolo todo y haciendo primar lo sombrío, que nuca falta, sobre lo gozoso y lo gozable.
            En esos Dietarios de la Edad Media, los Juicios del Año corren parejas con los famosos Juicios de la Muerte y las tétricas profecías. Y se cargan las tintas de tal modo, que no parece sino que se cierne una amnesia total sobre los hechos loables, sobresaliendo no más, ante los ojos del crítico, los sucesos malos y las cosas mal aventuradas.
            He tenido en varias ocasiones Juicios del Año de nuestros días,. Que se acostumbran poner, especialmente en Europa, al principio de todos los Almanaques y Calendarios, que profusamente abundan todos los años. También en numerosas revistas y periódicos, que se despiden del año que muere como de un mal hombre cuya compañía dejamos con agrado. En todos ellos, sin excepción, la nota lúgubre campea pesimistamente, y por una doble vía: o bien en serio, conminando al Año mal aventurado con toda clase de improperios y maldiciones; o bien por la vía jocosa, pero