Mongolia y Japón 39

La Mongolia, Estado tampón. Mongolia y Japón La SI 03/06/39 p. 2

La Mongolia, Estado tampón. Mongolia y Japón
La SI 03/06/39 p. 2

            Han tenido lugar en las últimas horas sucesos que interesan al porvenir inmediato de la raza amarilla, y también a los blancos de la Rusia soviética. En las fronteras mongol-manchukúes han tenido lugar reñidos combates, en los cuales, si nos atenemos a noticias de Shanghai –por tanto, japonesas- han caído más de cien aeroplanos.
            La misteriosa raza mongol, intermedia entre la china y la turquestánica, ocupa una extensión considerable del centro del Asia, desde luego tres veces más grande que Francia y Alemania reunidas. Los antecedentes de esta raza mongólica son muy conocidos, desde las grandes invasiones de amarillos sobre la Europa de los siglos medios. Actualmente, políticamente hablando, hay dos Mongolia: la interior, que forma parte de la China, y, al norte de esta, la Mongolia exterior, independiente desde hace unos veinte años, bajo los auspicios de Moscú. De ahí la bifurcación del maximalismo en el mapa actual: el Soviet Ruso y el Soviet Mongol  
            Ese país, en gran parte estéril, está habitado por más de 20 millones de habitantes. Gente austera y frugal, vive a base de una economía primitiva, que la hace resistente a cualquier invasión: ellos pueden vivir y un ejército invasor no puede hacerlo.
            Sin embargo, el Japón tiene una triple ambición para uncir a su carro ese enorme país.
            Primero, el ideal racial. Aunque obscuramente, en todas esas andanzas japonesas por los diversos lados del Asia oriental hay una honda aspiración a una unión amarilla. Esa raza ha sido, en los modernos tiempos, triturada tras varios pueblos europeos. Una especie de instinto, a veces muy distinto de la voluntad, impele a separar a esos pueblos del brazo de la Europa blanca y unirlos en un haz amarillo. No se sabe cuáles serán los resultados de las gestas japonesas en el continente. Cualesquiera que ellas sean,  el efecto principal será, indudablemente, una mayor unión entre los diversos pueblos de ojos oblicuos y lengua monosilábica. ¿Por qué –dirá el Japón- no hay que atraer a nosotros a los amarillos del gran desierto, separándolos del Soviet ruso?
            Segundo, la razón económica. Mongolia es país estéril o casi. Pero se sabe bien –las exploraciones han menudeado en los últimos tiempos- que hay posibilidad de riego, aún de desvío de grandes ríos. En cuyo caso se convertiría esa Mongolia infeliz en un edén capaz de alimentar a doscientos millones de hombres. Y, ¿quién no sospecha cuando menos que en las andanzas del Japón el interrogante económico, representado por el estómago, ha de ejercer una influencia a veces decisiva?
            Tercero, la estrategia. Rusia es un enemigo poderoso. Sea cual sea la literatura militar japonesa acerca de las fuerza rusas, saben bien que esa Rusia maximalista nada tiene que ver con la Rusia podrida de los Zares. El Japón tendría mucho que hacer en una guerra. Es mejor descartarla. En cuyo caso, una cadena de Estados-parabrisas no estarían mal. Rusia quedaría alejada, de la China especialmente, por la Manchuria, ya erigida en Estado-fantasma, y la Mongolia exterior, que bien podría convertirse en otro Manchukúo.
            Durante los últimos cuatro años han tenido lugar en las fronteras occidentales de la Manchuria y las orientales de la Mongolia independiente numerosas escaramuzas. Rozamientos, seguramente, de estaciones fronterizas, siempre dispuestas, por virtud misma de su ubicación, geográfica y psicológica, a venir a las manos.
            Pero ahora, si los telegramas no mienten, ya no se trata de escaramuzas de puestos fronterizos. Cien aeroplanos de un solo lado son suficiente para que pueda decirse que se trata de algo más serio, que obliga a peguntar:
            ¿Será éste el comienzote una nueva fase nipo-asiática, en la cual la Mongolia independiente sería invadida?