Siam 33
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El caso de Siam, a la luz del despertar del Asia La SI 30/10/33  p. 4-5

El caso de Siam, a la luz del despertar del Asia
La SI 30/10/33  p. 4-5

            Una revolución extraordinariamente grave en el reino de Siam, nos han anunciado estos días los telegramas. Y, lo primero que acude es esto: ¿una revolución en Siam? ¿Qué entenderán por revolución esos aceitunados hijos de aquel lejano reino asiático? ¿Qué cosas pintorescas no constituirán esa Revolución?

            a) El primer error del occidental –un europeo, un americano- es éste: considerar el Asia como la tierra de lo pintoresco.
            Lo es, ciertamente, en cuanto a su geografía física, a su religión y a su filosofía de la vida. no lo es –y un error grave es suponer lo contrario- bajo el punto de vista de la calidad de sus hombres directores y de la marcha de sus movimientos económicos, sociales y políticos.
            Cierto que el horizonte chino no es el  horizonte europeo, ni el ambiente hindú, el ambiente sudamericano. La tropicalidad de las Indias con sus bosques gigantescos, sus ríos sagrados y sus elefantes enormes; la gea y la flora del Japón, con sus lagos románticos y sus jardines de crisantemos y policromos kimonos; los arenales inacabables y ardientes del desierto arábigo, arenas de fuego y vientos quemantes: toda la decoración que sirve de marco grandioso a la vida humana nos ofrece en ese Oriente magnífico una suma y perenne excentricidad, siempre que se consideren –punto de vista subjetivo- como centro del ideal a vivir, las normas de la vida occidental.
            Pero lo interesante es esto:  que en Asia -en esa Asia enorme de 900 millones de habitantes: Europa, América y Africa sumadas- cuanto se refiere, no a la decoración, sino a vida pública misma, sucede exactamente lo mismo que en Europa. Y el error de los occidentales, así como de las mentirosas geografías andantes en manos de los estudiantes, es suponer todo lo contrario.
            Quien lea algo sobre la vida diaria del Japón, hallará exactamente lo mismo que acontece en Francia  u otro país cualquiera de Europa; huelgas, exactamente iguales; quiebras, absolutamente las mismas; discursos parlamentarios o discursos callejeros, sin distinguirse de los usuales en Occidente; huelgas con vestido japonés y pliegos de peticiones escritos en caracteres especiales, pero en el fondo exactamente iguales a las de Europa.
            Quien se entere de lo que pasa entre chinos de Canton, de Shanghay o de otra ciudad china cualquiera, se convence inmediatamente de la identidad de fondo de aquellos trastornos comparados con los nuestros, las mismas protestas, aunque llevando coleta los protestadores; los mismos abusos de una economía abusadora, aunque concretados en chino; las mismas amenazas de los obreros y estudiantes, aunque enmarcadas dentro de marcos exóticos.
            La India está en las mismas circunstancias, y la Arabia, y la Siria, y Palestina,  y el Irac, y el Afghanistán; exactamente los mismos problemas políticos, sociales y económicos de Europa y América, aunque anden envueltos en un caftan  mahometano, vengan coreados por rugidos de tigres de Bengala o vayan precedidos por ceremonias del Shinto japonés o del Vichnuismo bramático. Se nos figura –nos dicen los libros- que, dentro de los marcos de una orientalidad exótica, no caben los problemas modernos. Y ese error nos instruye mal sobre cuanto sucede hoy en Asia.
            Podríamos decir igual acerca de los grandes conductores de hombres que en estos instantes acaudillan a aquellos pueblos. El japonés, general Iraki, no desmerece en nada de un Mussolini. Un Mustafá Kemal, conductor de la Nueva Turquía, no ha aparecido todavía en Europa. La actual Arabia está presidida por un verdadero Napoleón, estratega de primera fuerza, el Iben Saud del mediodía. Al mariscal Chiang Kai Sheck,  quisieran parecerse más de cuatro estadistas estériles e ineptos de las grandes potencias europeas y americanas. Un Ghandi, como conductor de masas no ha aparecido todavía entre el obrerismo occidental. Y bien puede decirse, sin temor de equivocarse, que los grandes estadistas del Asia actual exceden de valor integral a los estadistas de Occidente.