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Los filósofos y los poetas en la organización social del Imperio de los Incas  Pastor Valencia Cabrera La SI 09/09/39 p. 12; La SI 16/09/39 p. 23; La SI 23/09/39 p. 12

Los filósofos y los poetas en la organización social del Imperio de los Incas (1)
Pastor Valencia Cabrera
La SI 09/09/39 p. 12

            Supuesta la existencia del Imperio incaico con las instituciones que le son peculiarmente conocidas, nos proponemos desarrollar el tema que enuncia el encabezamiento de estas líneas, sin otra mira que la de hacer luz sobre aquel un si es no es grandioso pasado de esta América indígenal.

1.- ¡Cosa singular! Ni hombres cerebrales ni hombres sentimentales habían en el Imperio Incaico.

            Y esto no es lanzar una frase antojadiza o arbitraria a lo sumo, sino que, por el contrario, es la expresión exacta de la realidad, con la consiguiente diferenciación de conceptos según los tiempos y países; expresión que no excluye, por supuesto, la posibilidad de que existiesen hombres muy entendidos en diversas cuestiones y materias: el estudio y conocimiento abstracto de los quipus o memoriales del Imperio incaico, en que eran harto hábiles sobre todos los hombres del templo, a semejanza en esto a los egipcios, entre los cuales los sacerdotes eran los depositarios de la ciencia oficial;  las notables obras de ingeniería levantadas en el Perú, con la construcción de grandes canales y acueductos que remataban incluso en la cumbre de las montañas, para favorecer los cultivos en las regiones áridas o riscosas; la composición del calendario incásico, con la conveniente y exacta división del año religioso y agrícola en doce meses o quillas, y el señalamiento de las principales fiestas; algunas de las cuales duraban hasta quince días, como las del célebre Intiraimi; la sabia organización y establecimiento preciso de la jerarquía, así en el orden eclesiástico como en el militar, colocando a la cabeza de aquel al Willac Uma o cabeza que dirige, o mejor todavía, al Oráculo que habla la verdad, como se traduciría más propiamente en idioma castellano, y situando a la cabeza de éste al Inca Unu, esto es, al jefe principal o generalísimo del ejército, tal como en las organizaciones modernas de las fuerzas armadas, confirman apodícticamente todo lo que tenemos apuntado; esto considerado aparte, se entiende naturalmente, de la contextura de los organismos civiles del Estado, principiando por el establecimiento de la realeza y la nobleza incásicas, hasta las funciones de vigilancia y control rigurosísimos ejercidos por los curacas y jilacatas a través del dilatadísimo Imperio.
            Pues entregados en cuerpo y alma como estaban al trabajo manual, o por decirlo con mayor justeza, a los trabajos mecánicos, les faltaba materialmente tiempo para dedicarse a las altas especulaciones de la mente, que forman precisamente el objeto primordial del don del entendimiento humano. Si hoy mismo, por  obra del crudo materialismo del siglo, escasean grandemente los sabios metafísicos, o mejor dicho, no los hay fuera del campo de absoluta sobriedad, de grande disciplina y de rigurosa continencia que impone la Iglesia Católica a los fieles seguidores de las doctrinas de Cristo ¡figúrense en qué proporción alarmante escasearían tal clase de hombres en un medio de vida en que todo lo absorbía la pura materialidad de las cosas! Faltaban terriblemente, pues, el tiempo para la contemplación de las concepciones elevadas del espíritu, que entonces aparecía tiránicamente subyugado, supeditado por la materia bruta… De ahí que el mismo cálido sentimiento del Amor, entre los súbditos incas o incaicos, desposeído de ese ambiente de dulce y excelsa poesía, de suave misterio, de función si es no es hierática casi enteramente sagrada, entre los que bien se quieren, que le damos nosotros; vino a convertirse a la postre en un acto puramente fisiológico, carente en absoluto de aquellos claros matices de idealidad que cobra el amor en nuestros países de alma hispánica, que vale decir de alma heroica y caballeresca; característica que aún se conserva entre los indios, en la inmensa mayoría de los indios, no obstante nuestra consabida conquista… Aunque, para ser justos, cabe reconocerse previamente, que esta fría materialidad en las relaciones de los sexos, debióse principalmente al hecho de que los antiguos peruanos o viruanos recibían por esposa no a la mujer que les placiera escoger, sino a las que les daba la Autoridad… Sabido es, por lo demás, que el primer nombre que se captó de estas riquísimas regiones fue el de Virú, que se tradujo luego, en castellano, por el de Perú.