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Para la juventud que estudia. El origen fabuloso del Imperio incaico. Por Pastor Valencia Cabrera La SI 28/10/39 p. 9-10

Para la juventud que estudia. El origen fabuloso del Imperio incaico. Por Pastor Valencia Cabrera La SI 28/10/39 p. 9-10

1. Algo acerca de la psicología del paisaje. 
           
            Querer trazar con unas cuantas pinceladas –y con pincel hundido en las hondas substancias del pueblo incaico- el ancho panorama de la vida incaica, no es empresa fácil ni es cosa que está al alcance del vulgo de las letras; ya que para proceder así se necesitaría estar en posesión de una paleta policromada con todos los colores de que se revistió la realidad en la vida del Imperio de los Incas; y aún en tal caso se precisaría todavía que dichas pinceladas fuesen tan maestras, propias y originales, que no cupiese duda posible acerca de su significación americana, netamente quechua y quechua de un origen netamente precolonial. Sólo así, a nuestro juicio, tendríase la imagen, digamos mejor, la sensación, la fuerte emoción de que se está delante de una interpretación cabal de la vida incásica, a través de una posible reconstrucción de las instituciones, de las ideas y de la misma existencia patriarcal del Imperio de los hijos del Sol, tal como Foustel de Coulanges realizó en la investigación de las antigüedades romanas en su sabio libro la “Cité Antique”, y tal como Mommsem se hizo afanoso investigador andariego por entre las ruinas grandiosamente desorientadoras del pasado helénico.
            Cierto que delinear unas Pirámides en medio de un vasto campo, cuyos horizontes se pierden, a lo lejos, con el azul del cielo, es ya dar a la imaginación una idea clara de las características de un paisaje del antiguo Egipto; así como mostrar a la vista una colina de repliegues inconfundiblemente típicos, en cuya cumbre yacen las columnatas rotas del Partenón famoso, es evocar, desde luego, las maravillas del clasicismo helénico; y en consecuencia, tener si no una perfecta idea, por lo menos una muy clara idea de las cosas, de las ideas, de las vidas, en una palabra, de la civilización en que alcanzaron a florecer esos pueblos. ¿Con qué rasgos peculiares, con qué lineamientos típicos, con qué imagen castiza, pues, caracterizar substancialmente, fisonomizar integralmente al poderosísimo Imperio de Huayna Kapac? Solo la representación fidelísima de un Inca, erguido con mirada hierática y llevando en la mano, por cetro, un hacha, símbolo del trabajo intensivo a que se dedicaban sus doce millones de súbditos –esparcidos desde el nudo montañoso de Pasto en Colombia, por el norte, hasta las márgenes del río Bío Bío en Chile, por el sur; y desde las pampas argentinas, por el este, hasta las sonantes riberas del Pacífico, por el oeste –nos hablaría al espíritu indoamericano, de las cosas propias del Imperio del Tahuantisuyo; pero no la exposición, a la curiosidad extranjera, de un monolito, aun cuando sea desenterrado de los recintos del Tiahuanacu; porque eso nos llevaría a pensar en la época Tiahuanacu, que es acaso la época más remotísima de la Historia Americana.
            En cuestiones de variada apreciación, decía Balmes, retratar con holgura es retratar con verdad”, añadiendo en otra parte de sus obras: “Cuando veáis una clasificación demasiado precisa, como salida de un molde, tened por seguro que el clasificador o finge o se alucina”. Y eso es lo que urge evitar.

2. La representación alegórica de los mitos en la vida de los pueblos

            Con todo, el primer acontecimiento de la Historia del Alto Perú forma el hecho de la aparición  de Manco Kapac y de su mujer Mama Ocllo sobre unas islas del Lago Titicaca, presentándonos como dos tipos-productos de una generación espontánea originada por el beso áureo de los rayos del Sol  sobre las movidas aguas y la peña enclavada en medio de esas aguas. Pues nadie supo ni se sabe actualmente de dónde provenían; desde qué parte del planeta habían venido a reflejar sus siluetas sobre el vacío espejo del Lago Milenario. ¡Dulce imagen, sin embargo, de la vida de burdas mentiras que pasan a veces los pueblos, sin parar mientes nunca en el punto de un análisis severo de tales imágenes! Repiten, como loros, lo que oyen; y eso, al parecer, basta, para que tejan la malla inconsistente de su propia engañosa historia. En cambio ¡cuántos acontecimientos, cuántas cosas e ideas de fondo verazmente idiosincrásico y