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Para la juventud que estudia. El alma de las palabras Pastor Valencia Cabrera La SI 16/12/39 p. 7

Para la juventud que estudia
El alma de las palabras
Pastor Valencia Cabrera
La SI 16/12/39 p. 7

            ¿Quién duda que hay en el mundo palabras, cuyo grave significado, cuya dulce sonoridad, cuya resonancia histórica, un si es no es inefable, aún al pronunciarlas vagamente al oído, despiertan de súbito en el alma un mundo magnífico de sensaciones inesperadas, de emociones profundas, de conceptos raros, más o menos originales, de ideas fundamentalísimas a veces en la vida?
            ¿Quién ignora que en determinadas ocasiones basta una sola palabra, aun dicha al azar, para producir repentinamente los más variados afectos en el alma de quien la escucha, moviéndola a actos de amor, de odio, de venganza, de resignación, de dulcedumbre, de desesperanza, de heroísmo, de abnegación, de renunciamiento o de sacrificio supremos?
            ¿Quién negará que ciertas palabras, a semejanza del plomo homicida que lanza la metralla,  al caer en los campos de la dicción, esparcen en torno suyo la destrucción y la muerte de las cosas; o que, por el contrario, cargan un rico vivero de salud, de provecho y satisfacción propias, a la manera práctica con que se lleva a la boca un lindo fruto cogido en sazón?
            Pues todo eso forma, incuestionablemente, el alma poderosa, misteriosa y milenaria de las palabras, el secreto recóndito de su antiguo pero siempre nuevo contenido ideológico, así para hacer el bien como para causar el mal, valiéndose de los mil variadísimos e ingeniosos aspectos en que se puede obrar el bien y ejecutar el mal.
            Y es por eso, cabalmente, si se examina despacio el fondo de las cosas, que las naciones más centradas del universo, han recurrido a veces, como a única tabla de salvación, al prestigio innato de las palabras, para salvar del triste naufragio de las cosas pretéritas, al prestigio de su tradición e historia peculiares; haciendo, en un esfuerzo gigantesco de regeneración social, porque las palabras, sin mengua ni menoscabo alguno de su común origen, digan lo que en sí dicen, lo que siempre se ha querido que digan y que ya lo expresan en la realidad, pero no más allá de la realidad, claro y fiel espejo de la vida; bien que revistiéndolas para su difusión de las formas literarias más sencillas o elegantes, o mejor todavía, con la esplendidez de las formas clásicas.
            Y el prestigio aurisolar de lo antiguo, de lo noblemente  antiguo, de aquello que de veras se ha amado y conocido, incluye de modo necesario el prestigio egregio de las palabras, las cuales, por maravillosa virtud de su vitalidad constante, no envejecen ni mueren nunca, en lo que tienen de eterno en los conceptos, como desgraciadamente envejecen y mueren los hombres y los pueblos, aun los que figuraron formando los más famosos imperios de la historia.
            De ahí que, según apuntamos repetidamente, cuando háse presentado el caso de que la sociedad ha corrido peligro de destruirse por la acción demoledora de los elementos contrarios a su buena conservación y progreso, los pueblos han creído salvarse de ese peligro, acogiéndose, como a seguro refugio, al prestigio de las viejas frases incluidas en la evocación augusta de sus instituciones seculares. Y solo así, solo al dulce calor del verbo milenario de su historia y tradición propias, han podido reanimar sus cuerpos enflaquecidos y entumecidos en medio del frígido y cruel desamparo en que yacían, por efecto de las exóticas modas, que vinieron a desalojarlos totalmente del ambiente natural en que nacieron a la vida.
            ¿Quién no conoce, por intuición sensible o por estudio profundo de los estudios sociales, la perenne inmanencia y eterna vitalidad de que gozan las ideas en el mundo del arte o de la fantasía? Hasta en la zona anchísima y suprasensible de los afectos puramente individuales ¡qué terrible magia encierran ciertas palabras sabidas para nuestro atormentado y enamorado corazón! ¡Qué irresistible hechizo de siglos revisten para la juventud de todos los tiempos, para esa juventud de imaginación ardorosa y de indomable voluntad de superación, las mágicas frases de justicia, derecho y libertad!
            ¡El alma radiosa de las palabras se identifica con el alma de una raza, con el alma de una época, con el lustre una historia! ¿Pero qué mucho? El mundo entero gira, con pausado pero solemne movimiento, alrededor de las palabras bellas, de los enunciados pomposos, de los discursos grandilocuentes…