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Para la juventud que estudia. La visión grandemente sugestionadora del incaismo Pastor Valencia Cabrera La SI 06/01/40 p. 10

Para la juventud que estudia
La visión grandemente sugestionadora del incaismo
Pastor Valencia Cabrera
La SI 06/01/40 p. 10

1. La razón de ser de una raza

            En todo país, en toda patria, en todas las latitudes y bajo todos los climas de la tierra, donde existe la noción, siquiera remotísima, de la existencia de una tribu, de una casta, de una nación, en suma, que tal vez fue poderosa un tiempo, existe también coetáneamente, un punto más o menos luminoso, verídico y, por tanto, histórico, derivado del orgullo ancestral que le nutrió, de la probable o, si queréis, probada influencia, del grande predominio, del poderío incontrastable que esa tribu, casta o nación, ejerció a la distancia de siglos, y aún milenarios, alrededor de su foco central de existencia.
            De ahí que, en la historia razonada de los pueblos, nunca se haya puesto de lado la consideración del motivo primario de su orgullo racial, de su abolengo de casta, de su procedencia anímica, de su familia filológica, de su origen étnico; pues la calidad de la tierra, la ley del atavismo, el origen del ancestro, la gallardía de la raza, el distintivo especial de la sangre, la riqueza del idioma, la herencia de las virtudes morales, cívicas, religiosas o guerreras, recibida de los mayores; el antiguo sentido de las ideas y costumbres, que ellos pusieron en boga, tienen una gran valor de vida, no solo real sino también trascendental, de merecida ponderación y de justísimo alabanza en la obra de comparación del historial de unos pueblos con otros.
            De ahí también viene, naturalmente, el culto tierno y conmovedor tributado a los antepasados, el culto sagrado a la tierra donde ellos nacieron, vivieron, lucharon y murieron; el cariño entrañable que nosotros mismos profesamos al pedazo de tierra donde se meció alegremente nuestra cuna y donde, seguramente, habremos de tener honrosa sepultura; es ahí donde –decimos- vemos refulgir con caracteres en cierto modo indeleble la noción elevadísima de la patria a que se pertenece, del tronco histórico de donde se procede, así en el orden de los conceptos, de las ideas generales, como en el sentido de la pura nacionalidad; surgiendo precisamente de esto con la grandeza, la infinitud y el aplomo que le son propiamente característicos en el tiempo, la personalidad prócer de las llamadas naciones históricas, al lado de aquellas otras que aún no alcanzaron a destacarse en el mundo con tan firmes y singulares relieves de proceridad y respeto.
            De ahí que, por último, hubiese escrito alguien con frase llena de pensamiento moderno:
            “Recordar las glorias del pasado no solo es deber de gratitud y justicia, sino también remozamiento del ideal en aras de un patriotismo bien intencionado”

2. El sentido ponderativo que nos guía cuando se habla de cosas pasadas

            Más cuando se habla de cosas incásicas, se pone siempre, en las palabras, una buena dosis de fuerza administrativa, se habla regularmente con mucha y caldeada ponderación; se eleva hasta las nubes y se alaba hasta lo superlativo del elogio todo aquello que, bien lo sabemos, tiene el salobre sabor o el enmielado gusto de las cosas propias del terruño natal; y ciertamente que,  ante la consideración de ciertos aspectos o facetas de la verdad moral, política o científica, que descubramos a nuestro paso meditativo, por entre las abandonadas ruinas del pasado nacional (testigos fehacientes, sin embargo, acaso de una edad más tranquila que la nuestra, que deslizó tal vez sin los excitantes nerviosos de la vida actual, demasiado afiebrada) un vivo rayo de orgullo  debiera brillar de súbito en nuestros semblantes; tal como al quebrar sus dorados rayos el sol por entre las empinadas cumbres de la sierra, o mejor todavía, por las albas y colosales superficies del Ande, ilumina con suavísima  luz de caricia paternal la bronceada y entristecida faz del indio.
            Nosotros, por lo visto, no estamos exentos de esa manía ponderativa; aunque de sobra comprendemos que no sólo hay que contemplar las cosas, la naturaleza, el ambiente mismo que