Italia 40
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Italia 40
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Italia en marcha. “Senatus Populusque Romanus” La SI 23/03/40 p. 9-10
El Rey – Emperador La SI 09/11/40 p. 7
Italia retorna al África La SI 09/11/40 p. 7
Las armas contra la auricacia La SI 09/11/40 p. 11

Italia en marcha. “Senatus Populusque Romanus”
La SI 23/03/40 p. 9-10

            Hay pueblos que han nacido de una vieja tribu sanguínea. Sus individuos estaban unidos por la sangre. Eran una gran familia. Y, si dentro de una familia, hay disensiones y peleas, todo acaba cuando la necesidad de la común defensa se presenta. Hermanos dan el brazo a los hermanos. Los hijos forman varonilmente al lado de los abuelos. Las mujeres saben de su enorme capacidad de servir. Y recuerdan el apólogo del viejo padre que invitaba a sus hijos a romper un haz de delicados juncos, para que comprendiesen que en la unión estrecha estaba la fuerza.
            Roma no estaba en estas circunstancias. Sobre las Siete Colinas cayeron gentes que nada tenían de consanguinidad. Unos procedían de un lado y otros de otro lado. Era más difícil, por lo mismo, marchar juntos, todos para cada uno y para todos. Y era necesario trabajar para que la unión que aquí no daba la sangre la diesen el instinto de defensa y las ganas de prosperar.
            Eran éstas, dos razones de primera fuerza. Instinto de mutua defensa, especialmente necesaria en aquellos ceros descubiertos, que no ofrecían defensas naturales, y que estaban rodeados de ciudades ansiosas de ensanchamiento y conquista. Ganas de vivir bien y prosperar, en una zona apestada de aguas pútridas, en la cual se necesitaban esfuerzos especiales para iniciar una comunidad que estuviese segura de que el hambre no les acosaría.
            Nada se sabe de cómo juraron esos hombres –que ni mujeres tenían y tuvieron que ir a robarlas-  estar siempre unidos, unos engarzados con los otros. Un día seguramente tétrico –sería el otoño romano, cuando los fríos comienzan, los frutos escasean y un sol dorado cae sobre las colinas famosas- se reunirían esos hombres en la cima de la mayor de esas colinas, probablemente después de algún descalabro. Y el más anciano de todos –o el más juicioso de todos; o el más forzudo- hablaría a sus compañeros recia y convencidamente. Tal vez también, como aquél anciano padre, llevaría varias varillas juncales y las daría a romper una a una a los asistentes. Luego, reuniendo un número igual que las rotas –cien- invitaría a todos a romper ese haz. Y sobre esa prueba de invencibilidad, mediante la unión y multiplicación de fuerzas, montaría una alocución, que terminaría así, más o menos:
            Todos, persuadidos de la necesidad, marcharemos unidos, bajo las órdenes de un jefe que nosotros mismos nos daremos. Así vamos al triunfo sobre nuestros vecinos. Todos voluntariamente juntos hasta dar la vida los unos por los otros. Y, si alguno no comprendiera y resistiera, este será obligado por la fuerza a formar y marchar unido también.
            Y levantando el haz de varillas sobre su cabeza, quedaba éste como símbolo de la comunidad y glorioso pendón de unión, sacrificio y hermandad.
            El Fascio –el Haz- quedaba creado.
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            La ciudad -en mayúscula, como escribía Virgilio: La Ciudad- Urbino podía menos de crecer y prosperar alrededor del haz. De una colonia de indeseables, arrojados a las fiebres de los pantanos romanos por las leyes de las primitivas ciudades, había surgido una ciudad enorme, no solo por la extensión de sus límites, cada día más ensanchados, sino, y principalmente, por la dinámica actividad de sus ciudadanos. Roma se iba imponiendo año tras año, hora tras hora, a todos sus vecinos. Ya conquista el Lacio.  Ya baja hasta el sol de Nápoles. Ya ha entrado en la fértil Liguria. Ya se lavan sus ciudades en las aguas verdes del Adriático. Ya sus buques recorren las azules aguas de Ostia. Ya comienzan las escaramuzas con Cartago. Ya son sometidos los aquitanos y los galos y los anglos. Ya el Haz pasea triunfal por todo el norte del África  Ya es España sometida a sangre y fuego. Ya caen Grecia, y Dalmacia, y Macedonia y la Dacia, y el Egipto, y la Palestina. Ya el Haz domina doquiera, para eterna muestra de la eficacia de la unión.
            Y unión cabal de fuerza, para los indeseables; de convicción y democracia, para los honestos ciudadanos. La autoridad, el Senado, opera reciamente imponiendo su voluntad, no porque sea la suya, sino porque es la del pueblo. Es decir, en tanto la autoridad es obedecible y puede ser impuesta, en cuanto representa la voluntad ciudadana. Porque el pueblo es soberano y la Autoridad debe saber interpretar sus necesidades y su querer por manera perfecta.