Guerra 1939 40 07 13
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La V1 Columna La SI 13/07/40 p. 1-5, 8

La V1 Columna
La SI 13/07/40 p. 1-5, 8

1. Res Nullius

 Con candor, a estas horas completamente anacrónico, lleva Washington las riendas diplomáticas. Estamos en horas de transición. Por lo mismo, de decadencia. Y la historia nos enseña que es en estos instantes cuando el refinamiento y el maquiavelismo son más agudos y el arte de la simulación más acentuado. Sin embargo, nunca se pudo decir con más razón que toda regla sufre excepciones. Lo es la cancillería norteamericana en cuantos problemas lleva en mano. Sus relaciones con los beligerantes aliados son muestra clara del pasado inmediato. Su actuación en el Extremo Oriente vis a vis de la diplomacia japonesa, es muestra evidente del presente. La Conferencia de La Habana será la muestra del futuro próximo. Hay que circunscribirse en estos instantes al problema del Lejano Oriente.
 Conocemos la decisión del Gobierno japonés de reclamar el cumplimiento de una Doctrina Monroe asiática. El Ministro Arita no tuvo que encontrar razones, ni siquiera inventar apariencias de razones. Le bastó acudir a los archivos de la Casa Blanca, traducir al japonés cuanto han discurseado los gobiernos norteamericanos sobre el Monroísmo, y enviarlo con las necesarias firmas y rúbricas al canciller estadounidense.
 Así lo realizaron los nipones, con aquella agudeza diplomática que ampliamente les es reconocida. Y sucedía algo de ser notado: que la Doctrina Monroe aparecía, al ser traducida al japonés, como un escándalo intolerable para los hombres ingenuos de Washington. ¿Cómo era posible que el Japón intentase siquiera expulsar del Extremo Oriente a los americanos y europeos; que reservase el comercio amarillo para sí; que recabara el Asia para los asiáticos? ¿No habíamos quedado en que la patria del hombre era el mundo y que la Puerta Abierta era la única moral y tolerable?
 Pero el escándalo iba amortiguándose a medida que los hombres de la Casa Blanca recobraban la memoria. De veras ¿no eran ellos mismos los que habían inventado esa Doctrina y que el Japón no hacía más que traducirla a esa endiablada lengua asiática? De veras. Ahora recordaban que esa Doctrina era puesta por ellos en las nubes de lo óptimo y que aún la intentaban ahora imponer a 22 pueblos americanos, para, en su nombre, recabar que Europa y el Asia no se metiesen ya en negocios americanos.
 Una de las mejores cualidades de Roosevelt como hombre –uno de las peores cualidades de Roosevelt como gobernante- es una enorme y blanca ingenuidad, que no le permite segundas intenciones, juegos de manos ni escamoteos de ideas. Todo lo tiene a flor de boca. Y cuando intenta una simulación, ésta no le sale. Se le ven a la legua las segundas intenciones.
 Cuando el discurso de Arita y la declaración oficial japonesa sobre una Doctrina de Monroe asiática llegaban a Washington, envueltos en fino papel de ironía, se reunían los tres ases de Casa Blanca, reforzados ahora por dos que parecen ases y son apenas sotas. Los tres ases son el Presidente, el canciller y ese erudito, dinámico y audaz Wallace, que dirige con cierta mano firme la agricultura norteamericana. Los dos pseudos ases son Knox y Stimson, tránsfugas republicanos que, después de haberlo hecho bastante mal en gobiernos anteriores, tienen la vana pretensión de hacerlo bien en circunstancias mucho más graves.
 El pentavirato examinaba la exigencia japonesa. No hubo necesidad de ponerse el índice en la sien para reconocer que se trataba de una legítima doctrina washingtoniana. Y no hallaban respuesta. Como no había respuesta, acordaron no darla, según aquel sabio hindú que aconsejaba que “cuando no halla pollo no te lo comas”. Y, puestos en la necesidad de decir una palabra al Japón, acordaban que el mismo Presidente dijese oficiosamente unas palabras reconociendo el Monroísmo. Es decir, cediendo.
 Y aquí surgía la ingenuidad presidencial nuevamente, hablando más de lo necesario. Porque, sin pretenderlo el que hablaba, era una bomba de dinamita internacional su afirmación de que “el problema de la Indochina interesa exclusivamente al Japón, y no a América”. Es decir, que, en concepto norteamericano, el Imperio del Sol Naciente podía hacer de esa extensa colonia francesa lo que le venga en ganas.