Guerra 1939 40 06 22
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El derrumbe La SI 22/06/40 p. 1-11

El derrumbe
La SI 22/06/40 p. 1-11

1. Los tres pilares de un ayer que se hunde

 Hay instantes en la vida en que la magnitud de lo que está aconteciendo nos invita a un tono menor. La gente que no vale acompaña los grandes sucesos, trágicos o gloriosos, con grandes ademanes, vocabularios detonantes, gestos extremos. Cuando uno está al cabo de que un gran suceso –favorable o dañino- nos tuerce la vida (sucediendo lo mismo, y en mayor hondura todavía, con los grandes sucesos colectivos) uno no puede menos de entrar en sí y poner su raciocinio y su corazón en contacto con las grandes líneas de la historia.
 Estos instantes de hechos extraordinariamente históricos, en que más de mil millones de hombres están interesados medularmente y la caravana humana está dando media vuelta, llevarán a las multitudes a los grandes gestos: en los países vencedores, a los sonoros vítores, cuando los pechos se hinchan al compás de cien mil campanas gloriosamente vocingleras; en los países vencidos, a los grandes punzantes desesperos, cuando sobre las riadas humanas planean las nubes negras de la tragedia. Movimientos opuestos –que así es la vida- aunque unidos por un común denominador de expansión cordial y frases extremadas.
 Más, hay quien tiene marcados otros caminos, vigilante ante la magnitud de los acontecimientos y consciente de que está asistiendo a una muerte y aun nacimiento a la vez. Entonces la boca calla, se hacen huecos de silencio entre los clamores contrarios de ambos bandos y se impone la reflexión.
 Es esto lo que toca a cuantos pasan los ojos por estas columnas, que no pueden confundirse con las multitudes espontáneas. Y encerrándose en silencio, andando de puntillas y expresándose en voz baja, hay que ponerse a pensar.
 Constantemente estamos advirtiendo que estamos en la esquina de dos Edades históricas, y que hay que convencerse de ello, no solo con mente despierta, sino con alegría de corazón. Se nos ha enseñado historia como si se tratase de algo objetivo, extraño al “yo” y de gentes distintas de uno mismo. Y hay que convencerse, no solo de que nosotros estamos haciendo historia, ni más ni menos que nuestros antepasados, sino también de que vivimos un kilómetro crucial de la historia. Y al decir “vivimos”, decimos algo más que “realizamos”. Lo estamos realizando con nuestra sangre misma, amasando el futuro con alma y vida, médula y osamenta.
 En el mundo actual, y por virtud de estos hechos de nuestros momentos, sucede realmente algo. Algo más que esas torpes cosas de que nos hablan los diarios, que acostumbran estar en la vanguardia misma de los inconcientes y cuyo poder de ponderación puede comprenderlo cualquiera con solo medir los milímetros de los títulos que tan pintoresca y visiblemente ponen sobre las noticias.
 Cuando uno se halla ante alguno del montón, inmediatamente cae bajo alguna clasificación estereotipada que tan bien sirve para medir el valor substancial de cada uno. Ellos se entretienen en meter bulla alrededor de los grandes sucesos y en clasificar a los demás, colocándolos candorosamente en éste o aquél grupo. Nosotros, sonriendo amablemente antes esas maneras-que no pueden ser otras para la multitud- hemos de saber elevarnos por encima de esa bulla y saber saborear esa incomparable suerte de poder vivir en unos días en que la humanidad tuerce su camino, cuando la bella fruta, ya madura, cae del árbol para el bien y el placer del hombre.
 …El día 5 comenzaba la Batalla de los 7 Ríos. El día 14 quedaba terminada. Conocemos su desarrollo, aunque no los hechos capitales que constituían el broche terminal: caída de París, de Versalles y de Verdún. No se dirá que no decimos algo al escribir estos tres nombres, ante los cuales el mundo está acostumbrado a inclinarse; ante los cuales debemos hoy inclinarnos otra vez, en son de escudriñamiento por los vericuetos, henchidos de enseñanzas, de su interior.