Guerra 1939 40 06 29
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Francia fuera de la guerra La SI 29/06/40 p. 1-9

Francia fuera de la guerra
La SI 29/06/40 p. 1-9

1. La Francia eterna

            Es sacudido el árbol para su bien. Esta frase constituye uno de los pilares fundamentales de la filosofía del dolor alegre, o también, de la vida humana, causa y a la vez efecto del progreso.
            Constantemente hemos combatido en estas columnas la filosofía de la calma y de la paz a toda costa; de los individuos que no saben cincelar su vida a base del dolor y de los pueblos que no conciben que toda la dinámica espiritual se basa precisamente en un equilibrio inestable de los hombres, de los pueblos y de las cosas. y henos invitado al lector a agradecer a Dios el haber podido vivir en estos tiempos en que los vientos son tempestuosos, el “dolce far niente” una frase vana y los cimientos de un mundo malo e injusto se conmueven para su bien. Las tempestades son condición esencial para el barrido de cuanto podría obstaculizar la vida sana.
            Francia ha sido, en estas horas históricas, sacudida hasta sus raíces. Y ha de verlo con alegría de corazón aquel que, amando a ese país, lo veía descender a los abismos, conducido por una política que parasitariamente vivía de su sangre misma.
            En estas columnas acostumbramos a decir cosas raras, que chocan con el común sentir. Pero tenemos a favor de esas rarezas la experiencia de los sucesos venideros, que acostumbran darnos la razón. Es por esto que, en estos instantes, históricos como no los ha habido desde 1789, no tenemos el menor empacho en decir que la victoria fundamental de Francia mediante ese armisticio es más honda que la misma victoria alemana, si, mediante esa tempestad, logra el pueblo francés reducir a polvo la red inmoral de sus hombres de “affaires”.
            Constantemente hemos sostenido en estas columnas, a través de los años, que Francia ha de ser uno de los pilares esenciales para una Europa sana y justa; pero que ello no sería jamás, sino todo lo contrario, si la Francia eterna no sabía rascarse de su cuerpo vivo la lepra de esa red organizada que, en forma de Gobiernos y grupos tradicionales, venía desde lejos desviando la vida de la nación.
            El Mariscal Petain ha invitado a los franceses a dedicar un día a llorar sobre las ruinas del país. Hay de qué, ciertamente. Esas ruinas frutos de la incapacidad enciclopédica de unas bandas que, en todo instantes diciéndose necesarias, a causa de su técnica política, han mostrado la ignorancia más absoluta y la inmoralidad más honda. Ruinas, y montañas de ruinas. Millares de familias andantes por los caminos sin pan, la cabeza de los ancianos descansando sobre troncos tronchados por la metralla y las bocas ávidas de las guaguas mamando acíbar en los senos escuálidos de las mujeres hambrientas. Un ejército que se ha defendido con las uñas, sin armas ni municiones, sin administración ni conductores, miles de millones dedicados a gastos bélicos, durante veinte y dos años,  y esfumados en el fondo sin fondo de la especulación y el despilfarro. Una agricultura ejemplar, cada centímetro cultivado y cada planta cuidada, aplastada bajo la omnipotente máquina de guerra enemiga, sin nada sólido que la contuviese. Miles de millones oro trasladados al exterior, de los cuales “se hará” cualquiera no francés que los tenga a mano.  Una terrible persecución de ideas durante un año, fusilando a honorables autonomistas alsacianos católicos y reduciendo a nada a mil sindicatos obreros, con las ganas locas de una minoría de seguir estrujando la savia de la masa trabajadora. Y el buen nombre de Francia, con su ejército invencible y su tradicional renombre, reducido a escarnio por aquellos que no supieron realizar una décima parte de las heroicidades de esos soldados pacientes. Tiene razón el viejo Mariscal cuando cree que hay de qué llorar, y no se avergüenza, él mismo, de derramar lágrimas sobre esas montañas de ruinas y dolores.
            Pero, a la larga filosofando –y aún a la corta- tiene Francia mucho de qué alegrarse. Una sangría no siempre ha de ser lamentada. El cortar un absceso que envenenaba todo hace sufrir, pero hay motivos de celebración. Y ese armisticio, por doloroso que sea, será motivo de una victoria fundamental para la Francia eterna, aunque sea motivo de irremediable duelo para la Francia de los aprovechadores. No parecía ya posible, las cosas como habían sido combinadas y el gobierno francés de la guerra a las órdenes incondicionales del extranjero, hallar una manera