diplomáticas 41 10
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Diplomáticas. Nueva Diplomacia L1 La SI 04/10/41 p. 14
Vacío alrededor de Alejandro Álvarez La SI 04/10/41 p. 14
Diplomáticas. Nueva Diplomacia L11 La SI 11/10/41 p. 14
Zonas de influencia. La SI 11/10/41 p. 14
Espionaje. La SI 11/10/41 p. 14
Diplomáticas. Nueva Diplomacia L111 La SI 18/10/41 p. 10
Diplomáticas. Nueva Diplomacia L1V La SI 25/10/41 p. 10
Diplomáticas. Nueva Diplomacia LV (último) La SI 01/11/41 p. 14
El gran Mufti La SI 01/11/41 p. 14

Diplomáticas. Nueva Diplomacia L1
La SI 04/10/41 p. 14

            Una de las cuestiones más enrevesadas de los métodos diplomáticos se refiere a las costumbres morales de los que ejercen la profesión. Los puntos de vista son tan variados y los hechos tan contradictorios que valdría la pena de que alguien se animase a escribir un volumen sobre el problema. Resultaría tan hondo como atrayente. Y, por imposición misma de la materia, tendría sus ribetes sicalípticos.
            a) Hay que partir, desde luego, de que el personal ejerciente en la diplomacia no se ha distinguido, a través de la historia de su oficio, por la santidad de su vida, y no aludimos, al concretar esta frase, solo a la vida sexual. Sería una historia regocijada la que resultaría del desarrollo de este tema, desde el diplomático que se vende por un plato de lentejas y actúa contra su patria, hasta el que contempla los amaneceres en plena parranda.
            Es un tema muy conocido, tal vez exagerado, siempre, pero que valdría la pena de poner en orden lógico. La lógica y la historia exigen sus fueros tanto dentro de la pureza de costumbres como fuera de ella.
            Hay famosos diplomáticos que se han llevado la palma a este respecto, y han podido ser sujetos de novelas vividas, especialmente en lo que se refiere a sus “transacciones” económicas como a sus farras realizadas sin solución de continuidad. Y, en general hablando, se ha querido alistar en la lista de sinónimos venusinos la palabra “diplomático”, seguramente sin razón total, aunque sí con muchos síntomas de razón.
            b) Pero hay muchos que han querido llegar más allá. No solo no excusan las debilidades morales de los funcionarios de la profesión diplomática, sino que las colocan entre la lista de los mejores instrumentos para la consecución de su fines.
            Un diplomático americano decía en cierta ocasión, realmente muy grave: si he podido sacar en limpio, a favor de mi patria, esto que acabo de desentrañar, ha sido gracias a haber contado con la mujer del Ministro Tal, hermosa dama, aventurera además, y en este caso olvidadiza de su querido esposo.
            Esto es un ejemplo. Y no decimos un raro ejemplo. sabido es que aquella parte de espionaje que incumbe siempre a la diplomacia, está en relación directa con los buenos vinos, las voluminosas distracciones de dinero y las caricias debidamente prodigadas. Un beso dado “comme il faut” en París puede explotar como una bomba en Nueva York.
            c) Más no así, como así podría dejarse este problema tal como lo entiende la diplomacia vieja. El merece una palabra nueva.

Vacío alrededor de Alejandro Álvarez
La SI 04/10/41 p. 14

            En un número anterior dábamos cuenta de la llegada al país de uno de los más eminentes expertos en Derecho Internacional,  el Dr. Alejandro Álvarez, durante tantos años alejado de Chile.
            Alejandro Álvarez ha sido uno de los pocos chilenos que ha logrado abrirse campo en plena Europa en la zona del derecho. Uno de los pocos que ha escrito libros sobre problemas de derecho, considerados y traducidos a idiomas extranjeros.
            Al llegar a su patria Álvarez –posiblemente para respirar en sus últimos años el aire patrio- una cosa se ha notado inmediatamente: la prensa le ha hecho el vacío, ignorando tal vez -¿será posible?- la calidad de ese eminente hombre de ciencia, que otros países han sabido aprovechar y que ha estado a las órdenes también de la Sociedad de Naciones, dejando perfectamente puestos el nombre científico del país.
            Alejandro Álvarez hacía, semanas atrás, una serie de manifestaciones que, aunque solo fuese por quien las hacía, habían de hallar eco en las columnas de la prensa. Pero eran tan substanciales, y tan por encima de cuanto suele escribirse sobre el problema internacional, que venía a ser obligación precisa de la prensa seria el acogerlas, defenderlas, o, en su caso, ponerlas a discusión.