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Índice del Artículo
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El árbol, signo La SI 04/01/41 p. 13
Bergson La SI 18/01/41 p. 7
Autopsia de una palabra sonora Democracia (1) y (2)  La SI 18/01/41 p. 12 y 25/01/41 p. 19
Documentación MXVlll El Presidente Aguirre Cerda y la educación escolar chilena
La SI 01/03/41 p. 11; 08/03/41 p. 10
Autopsia de una palabra sonora. Democracia (23) La SI 21/06/41 p. 16
Bibliografía.  Piga, Arturo  Crisis y reconstrucción de la Segunda Enseñanza. Santiago  La SI 18/10/41 p. 10
Diplomáticas. Nieto Caballero La SI 08/11/41 p. 13

El árbol, signo
La SI 04/01/41 p. 13

            El hombre ante el árbol vivo ha pasado por tres etapas perfectamente definidas. El salvaje, el bárbaro, el civilizado.
            El salvaje vive en función material con el árbol vivo. Vive debajo del árbol. Vigila desde las ramas del árbol. Protege sus tribu tras una cortina de árboles. El rito nupcial salpica de sangre el árbol tribal. Sus leyendas se desarrollan alrededor del árbol. Y sus dioses inmortales habitan entre los árboles, lanzando desde ellos sus rayos, murmurando desde ellos dulces cosas. en la ecuación vital del hombre primero el factor árbol es medular; pero emular incógnito, total, misterioso, a la manera panteísta de los hombres iniciales.
            El civilizado vive en función espiritual con el árbol vivo, en las antípodas del anterior, siempre en el mismo eje funcional, aunque en el extremo contrario. Mima al árbol vivo. Cuídalo suavemente. Al árbol gigante, cuyas raíces hienden las rocas; cuyas ramas agitan en el cielo su gigantesca cabellera. Al árbol chico y suave y dulce, en cuyas ramas ágiles brota una soberana magnolia imperial o explota como mancha de sangre vital una rosa de cien hojas, la que se abría, en la Rodas nupcial, sobre los pechos ardientes de Venus Citerea. Cuida el árbol como hermano en Dios y en el Sentimiento. Sabe horadar el vacío con túneles de ramas vivas. alzar en la soledad de un páramo la robustez de un abeto. Ornar el arroyo con cabelleras de blondos sauces. Alzar cabe el camino un rosario de álamos orantes cielo arriba. Tender sobre la prosa de la calle polvorienta una verde cinta de poesía. Y, cuando el hogar reúne a los dispersos a la sombra de la Pascua, clavar en medio –signo y bandera- un árbol florido.
            Entre el salvaje y el civilizado –entre el árbol vivo como factor material esencial y el árbol vivo como factor esencial espiritual- el bárbaro. Este no comprende al árbol. Menos llega a sentirlo. Su vida prescinde del árbol. Un pegote de civilización inicial le permite prescindir del árbol vivo como necesidad material. Su escasa civilización le permite prescindir del árbol vivo como necesidad espiritual. Pasa ante el árbol como pasaría ante una vieja pirámide, ante los bronces de la Ilíada, ante el enigma de los labios de la Gioconda, ante el interrogante de fra Angélico un ángel ofreciendo a una virgen un lirio y un misterio: “vas a ser madre”. Prescinde del árbol, la basta capacidad del bárbaro. Y, al interponerse en su camino, le da un grueso hachazo como el patán que gritaba en el biógrafo a la orquesta que bordaba filigranas a la sombra de Debussy:
            - Música, maestro. Toque algo que valga la pena…
            Carlota Andrée, espíritu sutil e inquieto además, se ha metido en la cabeza civilizar a tanto bárbaro como se agazapa y embosca bajo ropa y cristalería civilizada. Hacer pasar el bárbaro a civilizado por el camino del árbol vivo. Hermosa y ardua tarea. Ultramisional. Porque el misionero se enfrenta con la humanidad sincera y sencilla del salvaje. Carlota Andrée –conciencia, organización y fuego- se enfrenta con la petulancia y la quincallería del bárbaro.

Bergson
La SI 18/01/41 p. 7

            Quince días atrás moría en Francia uno de los cerebros más profundos del mundo filosófico de los últimos cuarenta años. Enrique Bergson, el profesor de más renombre de ese Colegio de Francia que alberga constantemente en su seno –para oponerse al practicismo de la Soborna- una pléyade de inventores y escudriñadores.
            Bergson filósofo, tenía méritos extraordinarios para ser conocido. Sin embargo, dotado de un profundo sentido del idioma francés, y hablando con exquisito arte, había en estas dos cualidades instrumento valioso para que su fama se extendiera aún fuera de los círculos filosóficos, a lo que