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Japón domina el Pacífico. La guerra en el Asia Oriental La SI 27/12/41 p. 1-6

Japón domina el Pacífico. La guerra en el Asia Oriental
La SI 27/12/41 p. 1-6

            a) Eran los días históricos en que el Imperio Británico estaba por llegar al zenith, bajo la égida de la bella Victoria, emperatriz. El Imperio había nacido de la conquista y de la fuerza. Y era necesario –ahora mismo hace un siglo: 1841- completarlo con una nueva conquista material, que asegurase un enorme mercado. La conquista de Hong Kong y el mercado chino del opio.
            Esta última palabra es el INRI que corona el crimen más inaudito que haya podido cometer un pueblo –la minoría ávida de un pueblo- contra cientos millones de almas vivas.
            En la historia de las colonizaciones, es cosa corriente que un desalmado colonizador entre en tierras de ingenuos salvajes sosteniendo en la mano una simbólica botella de alcohol. Ese alcohol tiene finalidad comercial y otra finalidad groseramente infame: a cambio de él, los nativos entregan polvo de oro, pieles preciosas, plumas de calidad, cuantas cosas pueden mover la codicia del intruso. Pero ese alcohol tiene también la finalidad de emborrachar a esos nativos, degenerando su fortaleza, poniéndolos mansamente, traicioneramente, en las manos inescrupulosas del comerciante en oro y en almas vivas. Lo repugnante de ese procedimiento no quita que no sea casi general . viajad por las márgenes del Beni, del Colorado, del Níger, de cualquier otro río, hogar de sencillos pueblos desnudos. Y en todas partes encontraréis al criminal “civilizado” que está dispuesto a aniquilar a pueblos enteros, a cambio de poder mercar ventajosamente, tiñendo su negocio con harapos de cuerpos y asesinatos de almas.
            Pero ¿quién concebiría que emplearía este medio, no un ínfimo comerciante particular, sino la minoría gobernante de un país civilizado, que apela a todo para envenenar a un pueblo vigoroso y denso, y de este modo tenerlo sumiso en sus manos?
            1839. Comerciantes británicos que dominaban en el Asia meridional y oriental, substraída a colonizadores portugueses y holandeses, llegan al sud de la China con el veneno del opio. Los gobernantes chinos están atrasados. No tanto, que no comprendan que un imperioso deber les obliga a apartar a su pueblo de los peligros del opio, que lo iba sumiendo en la impotencia de los organismos minados por los tóxicos alcalóideos. Los británicos son amonestados. Son advertidos una y otra vez. Son, al fin, aprisionados, como infractores de leyes públicamente conocidas y corruptores del pueblo chino.
            Es lo que se buscaba en la City. Y el Gobierno británico, que codiciaba ardientemente el mercado y la soberanía de la  inmensa China, clama al cielo ante el inaudito atropello, de haber China castigado a aquellos indecorosos comerciantes.  Una escuadra es enviada al Extremo Oriente, para hacer respetar los derechos británicos a envenenar a la China con el opio.
            No mezclamos al pueblo británico en el problema. Gobernando constantemente por una minoría que él no elige –que forma la Cámara de los Lords por derecho de nacimiento- su pecado es solo haber tolerado esa dictadura hasta hoy día y que tolere que a esto se le llame democracia. Desde hace cuatrocientos años, el Gobierno británico está en manos de esa minoría que es, a la vez, dueña de la navegación nacional, de las fábricas, tierras y minas. Y esa minoría, que se había ya adueñado de las Indias, había plantado en esa tierra feraz de las razas que se mueren de hambre largas extensiones de amapolas, fabricando ellos mismos el opio.
            No se trataba, pues, solamente de un problema de Estado: la conquista de China y su embrutecimiento. Era, a la vez, un “affaire”. Aquella minoría que iniciaba en la India ese negocio se quedaba sin las millonadas de consumidores de su opio a causa de la decisión china. Y, ante ese interés de esa minoría  insaciable, la expedición guerrera era enviada, para someter por la fuerza a los chinos al envenenamiento nacional.
            El lector se admirará, más que de esto, de quién ordenaba esto. ¿Estaba al frente del Gobierno británico algún bandido, o, siquiera, algún anónimo caballero de industria? Estaba al frente del Gobierno de Londres Macaulay. El historiador británico, educado en Oxford, sobresaliente entre sus conciudadanos, serio comentador de la historia inglesa, pacato observador de la moral presbiteriana y entusiasta de los principios morales. La palabra de Dios estaba frecuentemente en su boca, y todas las noches despedía al día con una letanía de Salmos davidianos místicamente pronunciados.
            Macaulay coge el problema del opio por su cuenta. Y lo primero que hace es buscar el envoltorio. (Una de las habilidades más brillantes de los gobernantes ingleses es el don que les