Asia 41 08 09
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El Pacífico y la guerra La SI 09/08/41 p. 1-4

El Pacífico y la guerra
La SI 09/08/41 p. 1-4

            Hito delimitador en estos tiempos que nos marcan un cambio de Edad será considerado en la historia ese gesto, que parece definitivo, de Estados Unidos de intervenir activamente en los afanes de otros continentes, así como ese plantarle cara con que ha respondido el Japón a las potencias blancas entrometidas en el Asia. Hacía años, por no decir lustros, que se miraban de reojo Japón y Norte América. Se han necesitado treinta años para que el enojo de manifestase claramente, apareciendo los intereses respectivos en Asia como irreconciliables.
            Con ese episodio de semi-rompimiento entre esas dos grandes potencias, el Pacífico entra de sopetón en la arena donde dos Edades combaten a morir.

            a) El signo de este nuevo enredo, que quiere esconderse, pero que no lo logra, es el miedo por parte de las dos grandes potencias inglesas que imperializan sobre el Asia. En una crónica anterior notábamos como siempre Estados Unidos ha sentido miedo grave ante el Japón y su dinamismo, habiendo renegado de los ideales liberales para ver de resguardarse. En nombre de la libertad de trabajo y la hermandad de las razas, los japoneses eran excluidos de la inmigración a Norteamérica. En nombre de la Libertad de comercio, sus mercaderías eran combatidas con columnas arancelarias opresoras. En nombre del Monroísmo americano, Estados Unidos saltaba al Asia y allí negaba a los demás lo que recababa para sí en América. Y, siempre con el miedo en el corazón y por lo mismo las medias tintas.
            Es lo que se repite ahora.
            (…)
            b) Para alejar del Pacífico una guerra, siempre a base imposible  de que el Japón entre en razón y se rinda a las potencias blancas, tanto los británicos como los norteamericanos –los australianos más que nadie- están apelando a todos los subterfugios de una retórica cuya fuerza escasa consiste precisamente en esto: ser esencialmente retórica. Porque todas sus fuerzas reunidas en ese mar saben ellos multiplicarla abundosamente a través del lente ampliador de una retórica hinchada de deseos.
            (…)
            En la guerra pasada ese mar Pacífico lo fue de verdad. Más, no por virtud de Gran Bretaña y su flota, y menos de Estados Unidos, que no tenía un galeón dispuesto, sino por esos japoneses que hoy –la oración por pasiva-los ponen en aprieto. La densa flota nipona navegaba aquel mar, todo él bajo su responsabilidad. Singapore era una balsa de aceite. Los australianos hacían el fantoche a doce mil kilómetros de los campos de batalla.  Y todo el poder real de Gran Bretaña –y todo el aparente poder de Estados Unidos- pudieron emplearse contra Alemania en solo el Atlántico. Les vigilaban el Mediterráneo los buques de guerra de Francia y de Italia.
            Los papeles son hoy día muy otros. Muchos han cambiado de mano. El amigo es hoy enemigo.  La flota británica no solo no cuenta con la francesa y la italiana, sino que las cuenta realmente una, posiblemente la otra, como acérrimas enemigas. Debía defender el Atlántico en la otra guerra en unión con la norteamericana: dos grandes flotas para ese solo mar. Ahora debe defender el Atlántico, el Mediterráneo, el Pacífico. En otras palabras: en la guerra anterior, la misma flota había de defender espacio tres veces menor ante enemigo tres veces menores… y sin ser entonces el avión el enemigo capital de esa flota.
            Ante un estado de fuerzas como el existente, se nos aparecen como pequeñas gotas de agua echadas en el mar las noticias que nos llegan en estos días desde los diversos puntos donde se ha iniciado la ofensiva de prensa contra el Japón: “Han llegado 25 bombarderos norteamericanos a Hawai”, “tenemos en Filipinas dos acorazados, un portaaviones, 5 cruceros y 20 submarinos”, “en Malaya hay 200.000 hombres de color, dispuestos a entrar en combate”.
           
            c) sin embargo, con miedo o sin miedo, todo parece llevar a la conclusión de que realmente el Pacífico ha entrado en la liza y que solo un milagro podría detener  la furia de Marte en el gran mar. Un gran escritor inglés del principio del siglo pasado aseguró que el Pacífico sería el mar del porvenir. Y no sería raro, siguiendo la tónica de todos los grandes