Guerra 1939 41 08 09
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Guerra 1939 41 08 09
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El Pacífico y la guerra La SI 09/08/41 p. 1-4
Enorme resistencia rusa La SI 09/08/41 p. 4-6
Esfuerzo hacia la autarquía en América y Gran Bretaña. Hacia la autarquía La SI 09/08/41 p. 7-8
 

El Pacífico y la guerra
La SI 09/08/41 p. 1-4

 Hito delimitador en estos tiempos que nos marcan un cambio de Edad será considerado en la historia ese gesto, que parece definitivo, de Estados Unidos de intervenir activamente en los afanes de otros continentes, así como ese plantarle cara con que ha respondido el Japón a las potencias blancas entrometidas en el Asia. Hacía años, por no decir lustros, que se miraban de reojo Japón y Norte América. Se han necesitado treinta años para que el enojo de manifestase claramente, apareciendo los intereses respectivos en Asia como irreconciliables.
 Con ese episodio de semi-rompimiento entre esas dos grandes potencias, el Pacífico entra de sopetón en la arena donde dos Edades combaten a morir.

 a) El signo de este nuevo enredo, que quiere esconderse, pero que no lo logra, es el miedo por parte de las dos grandes potencias inglesas que imperializan sobre el Asia. En una crónica anterior notábamos como siempre Estados Unidos ha sentido miedo grave ante el Japón y su dinamismo, habiendo renegado de los ideales liberales para ver de resguardarse. En nombre de la libertad de trabajo y la hermandad de las razas, los japoneses eran excluidos de la inmigración a Norteamérica. En nombre de la Libertad de comercio, sus mercaderías eran combatidas con columnas arancelarias opresoras. En nombre del Monroísmo americano, Estados Unidos saltaba al Asia y allí negaba a los demás lo que recababa para sí en América. Y, siempre con el miedo en el corazón y por lo mismo las medias tintas.
 Es lo que se repite ahora. A las pocas horas de haber congelado los créditos japoneses en Estados Unidos y de haber puesto teóricamente en colapso todo su comercio, se daba permiso para que un gran buque japonés se abarrotase en California de aceite para aviones. Se daba permiso –se rogaba, que es algo más- para que dos buques japoneses cargados con sedas las desembarcas en San Francisco. Se daban órdenes semejantes a Australia, donde los japoneses son tratados bien, de la isla saliendo mercaderías. Las islas Holandesas continúan vendiendo petróleo y caucho a las grandes Compañías japonesas.
 “No cortaremos del todo nuestras relaciones con Tokio si no viene una nueva agresión”, declaraba un Ministro washingtoniano. Y, a la sombra de esta teoría que delata debilidad, tras haber despreciado a los nipones en público, se mira de acariciarlos en la sombra donde las cosas recónditas tienen lugar.
 Es que, cuando un pueblo se encuentra en aquella encrucijada en la cual no se vislumbra más que el ser o el no ser, no hay más remedio, si se trata de una raza que no quiere morir, que plantar cara, jugarse el todo por el todo y acumular medios para salir airosos del gran drama. Es entonces cuando, al decirles “les cortaremos todo nuestro petróleo”, un jefe de Gobierno contesta, “nos lo tomaremos por la fuerza en las Indias Holandesas”; cuando, al explicar un Ministro que se han enviado 40 aviones a Manila, responde el Vice Ministro de Marina japonés, “tenemos 4.000 hidroplanos y 500 buques, por si acaso”; cuando el instinto de vivir se yergue ante el obstáculo, dispuesto a todo.
 Es en realidad difícil y dudosa cosa (para un pueblo que no siente, en estos instantes, más que la necesidad de tener trabajo a cualquier precio para que veinte millones de brazos sepan qué hacer, y cuarenta millones de bocas puedan masticar alguna cosa), determinarse a una pelea sin la seguridad de salir airoso. Sus guerras imperialistas en América Central no son tales guerras, sino algo así como un elefante que pone el pie sobre la cabeza de un pequeño ser vivo. Su supuesta intervención personal en la guerra mundial fue una leyenda en la cual  podría afirmarse que  cuando menos en una milésima parte Estados Unidos tuvo parte en aquella gesta. No hay experiencia alguna, y nadie negará que ello es causa de miedo, especialmente cuando se sabe de qué manera los Ministros llegan a llamarse coroneles, y que en los cuarteles se discute más sobre el balón y el bifteck que sobre las teorías de von Bernhardi.
 Es que, por encima de todo, siempre traspira, por toso los poros de los sucesos norteamericanos esa maldita necesidad de vender y dar trabajo. ¿No les ha hecho caer esa razón en las renuncias más aparentes? Cuando Japón declaraba la guerra a China, era contra el Pacto Kellog, que había firmado antes que nadie Estados Unidos. Pero ¿qué le importaba a