Hispanoamericanismo 41 01 04
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El misterio de la Misión Willingdon La SI 04/01/41 p. 1-7
Bibliografía Mundo Español La SI 11/01/41 p. 11

El misterio de la Misión Willingdon
La SI 04/01/41 p. 1-7

1. Una misión honorable

            Un mes atrás llegaba a estas Américas una Misión Comercial británica. Acaba de llegar a Chile en estas horas, después de haber paseado y trabajado intensamente en Brasil, Uruguay y Argentina. Antes de salir la Misión de Gran Bretaña, hemos de confesar que estábamos dispuestos a no darle importancia alguna. Con más franqueza todavía: creíamos que se trataba de un nuevo núcleo de emboscados a la sombra de una figura respetable y de una etiqueta pomposa. Cuando uno sabe que en Estados Unidos hay actualmente algo más de 1.700 británicos agregados a la Embajada, Consulados y diversas Comisiones y que cuatro quintas partes de ellos no son más que emboscados de familias poderosas que sienten una vocación irresistible a servir sacrificadamente a su patria muy lejos de los bombardeos, se comprenderá que uno mal piense inmediatamente, y que, pródiga como es la minoría británica  que gobierna el país en invenciones camuflageadoras, sospeche que no se trata de otro refugio patriótico, que misericordiosamente ponga a cubierto de todo achicharramiento aviacional a un centenar de futuros milordes y a unas docenas de paniaguados políticos.
            Confesamos el error sufrido, aunque solo haya sido “in mente” y por sospecha bien cimentada. La Misión Comercial que acaudilla lord Willingdon es una Misión verdadera y no tiene relación alguna con el emboscamiento y los lindos paseos. La forman muy pocos individuos, aunque muy destacados. Están todos en edad alejada del servicio militar. Trabajan en verdad donde llegan. En suma: una Misión verdadera, a la cual hay que estudiar con atenta cura.
            Vamos a hacerlo. Y confesamos que con delectación espiritual, aunque alguien pueda pensar lo contrario. Gran Bretaña es un país magnífico. Su pueblo posee cualidades notables, una de ellas la suprema paciencia del que sabe marchar disciplinadamente –bajo apariencias de indisciplina- tras los pastores de la nación. Esos son detestables, ciertamente, pertinentes a una minoría cuyo poder  se va desvaneciendo paso a paso. Pero el pueblo británico es vigoroso bajo múltiples aspectos, y un cronista desapasionado ha de estar ansioso de poder hallar en la vida inglesa motivos de loanza y en su proceder signos de que, en la futuramente próxima estructuración  de un Nuevo Orden, ese pueblo ocupe dignamente su puesto.
            De ahí el gozo experimentado cuando uno se encara con una Misión verdaderamente Misión, y no con un hato de emboscados; con personas que traen verdaderamente un noble intento, y no con diplomáticos patrioteros, que peregrinan por el mundo entre fiestas y saraos, siempre dispuestos a cantar las glorias de su patria y a derramar lágrimas por los que, allá lejos, mueren heroicamente por el gran “home”
            La Misión Willingdon ha llegado a América a algo. Veamos de ir a caza de ese algo.
 
2. Misterio

            Si no cabe, alrededor esta Misión, la menor sospecha de emboscamiento, cabe, en cambio, la sospecha de finalidades que no aparecen en la superficie. Efectivamente. El misterio rodea a esa Misión, cuya finalidad es clara para los que se contentan pasearse ingenuamente sobre la superficie de los acontecimientos.
            Ante todo es delatadora de Misterio la repetición, demasiado constante, de la palabra “Trade”. Cuando se quiere hacer creer algo que no es, se repite el vocablo correspondiente. Ciertamente que la Misión tiene que pensar siempre en el Comercio, y una de las finalidades que pronto le supondremos estará relacionada íntimamente con los negocios comerciales.  Pero no puede ser el comercio la finalidad capital que traen esos hombres eminentes entre manos.
            Ante todo, la mayor parte de los delegados nada entienden de comercio, comenzando por su presidente. Ese lord Willingdon que la “aristocracia” huasa cree un empolvado snob o un almidonado descendiente  de los barones de las Doce Tablas, o cuando menos,  de los audaces corsarios y ladrones de mar ennoblecidos pos sus trapacerías en los reinados de Isabel y sus sucesores, no es más que un bravo hijo del pueblo, que ha sabido encaramarse a las alturas por